CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

El cuarto daba vueltas, estaba seguro de eso. El cuadro en la pared parecía torcido, como si fuera a caer sobre mí.

Todos en el club se habían ido, y yo había estado solo en esa esquina durante la última hora, cuidando una botella de coñac.

Sabía que debía parar. Sabía que debía sentarme con mis p...

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