Capítulo noventa y ocho

Gabriel

—¡Dios mío!—exclamó Kim—. ¿Está bien?

—No está bien. Voy a visitarla—. Apagué mi portátil, lo guardé en su funda, metí el teléfono en el bolsillo y me dirigí hacia la puerta.

—Por favor, dile que pasaré a verla después del trabajo.

—Lo haré—dije con una inclinación de cabeza y salí.

En ...

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