Capítulo cuarenta y uno

Estaba ocupada desempolvando y limpiando la biblioteca cuando la puerta se abrió de golpe. Rachel se paró en el umbral, con las manos en las caderas y una profunda mueca de disgusto en su rostro. Nunca entendí por qué me desagradaba, pero, francamente, no tenía interés en averiguarlo. Parecía infant...

Inicia sesión y continúa leyendo