Capítulo 1 El golpe

Yo no fui a la oficina de mi marido a buscar problemas. Solo necesitaba la firma de unos papeles del seguro del coche. Llegué sin avisar, subí en el ascensor y caminé por el pasillo vacío de la planta ejecutiva. La puerta de su despacho estaba entreabierta. Escuché risas. La voz de él y otra que conocía demasiado bien.

Empujé la puerta.

Los encontré juntos. Él sentado en el sillón grande de cuero, la camisa abierta. Mi hermana a horcajadas sobre él, la falda subida hasta la cintura, el pelo revuelto. Se giraron al mismo tiempo. La cara de él se puso blanca. La de ella se llenó de pánico.

—Elena… —balbuceó él.

No dije nada. El aire se me quedó trabado en la garganta. Di un paso atrás, después otro. El portafolios se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. Giré sobre mis talones y salí corriendo. Bajé las escaleras de dos en dos porque el ascensor tardaba demasiado. En la calle el sol de mediodía me golpeó en la cara. Cruzaba sin mirar. Solo quería alejarme.

El bocinazo me sacó del trance. Un auto negro, largo y brillante, frenó a centímetros de mí. El pecho me subía y bajaba con fuerza. Me quedé paralizada en medio de la calzada, con las manos temblando.

La puerta del conductor se abrió. Bajó un chico alto, de unos veintitantos, con gafas de sol y una expresión entre enfadada y preocupada. Se quitó las gafas. Tenía ojos verdes claros, mandíbula marcada y el pelo oscuro peinado hacia atrás. Llevaba una camisa blanca arremangada que dejaba ver los antebrazos fuertes.

—¿Estás bien? —preguntó, acercándose. Su voz era grave, segura—. Casi te atropello.

Yo lo miré sin poder articular palabra. Las lágrimas me quemaban los ojos pero no caían. Él frunció el ceño, me observó de arriba abajo y notó que temblaba.

—Ven —dijo, tomándome suavemente del codo—. Siéntate un momento.

Me guió hasta la acera. El auto era un deportivo negro de lujo; el motor seguía ronroneando. Él se agachó un poco para quedar a mi altura.

—¿Necesitas que llame a alguien?

Negué con la cabeza. La voz me salió rota.

—No… no llames a nadie.

Él asintió, sin insistir. Sacó una botella de agua del auto y me la ofreció. Bebí un sorbo. El agua me bajó por la garganta como si no hubiera bebido en días. Me limpié la boca con el dorso de la mano y levanté la vista. Él seguía mirándome. No con lástima. Con atención.

—Estás en shock —dijo—. No te voy a dejar sola así.

No sé cómo terminamos dentro del auto. Solo recuerdo que él abrió la puerta del copiloto, me hizo subir y arrancó sin preguntarme adónde iba. Condujo en silencio unos minutos. Yo miraba por la ventanilla sin ver nada. Las imágenes de mi hermana sobre mi marido se repetían una y otra vez.

Él aparcó frente a un edificio moderno de cristal. Bajó, rodeó el auto y abrió mi puerta.

—Vivo aquí arriba. Puedes lavarte la cara, beber algo y después te llevo donde quieras. Sin preguntas.

Subimos en el ascensor. El silencio era denso. Él no hablaba. Yo tampoco. Cuando entró en el apartamento, me hizo un gesto hacia el baño. Me miré en el espejo: ojos hinchados, maquillaje corrido, labios apretados. Me lavé la cara con agua fría. Al salir, él estaba en la cocina sirviendo dos vasos de whisky.

Me ofreció uno. Lo acepté. Bebimos en silencio. El alcohol me quemó la garganta y me aflojó un poco el pecho. Él se apoyó en la isla de mármol, observándome.

—Sea lo que sea —dijo al fin—, se te nota en la cara.

Me reí sin gracia.

—Acabo de ver a mi marido follándose a mi hermana en su oficina.

Él levantó una ceja, pero no hizo ningún comentario cursi. Solo asintió una vez, como si aceptara la información, y dio otro trago. Después dejó el vaso, se acercó y se detuvo frente a mí. Estaba demasiado cerca. Olió a colonia cara y a piel limpia.

—¿Quieres que te lleve a casa?

Negué. La casa era lo último que quería. Él me miró a los ojos unos segundos largos. Yo noté cómo se me aceleraba el pulso por una razón distinta al dolor. Levanté la mano y toqué el borde de su camisa. Él no se apartó. Al contrario: inclinó un poco la cabeza y esperó.

El primer beso fue torpe por mi parte. Él no. Me agarró la nuca con una mano firme y profundizó el contacto. Su otra mano bajó a mi cintura y me atrajo contra su cuerpo. Noté la dureza de él de inmediato. Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mi espalda tocó la pared. Sus labios bajaron a mi cuello. Yo eché la cabeza atrás y cerré los ojos. Por un momento el dolor se calló.

Nos movimos hacia el sofá. Él me desabrochó la blusa con dedos rápidos y seguros. Yo le arranqué la camisa casi a tirones. Su pecho era firme, definido, sin una grasa de más. Me tumbó sobre los cojines y se colocó entre mis piernas. Me besó el pecho, la panza, el interior de los muslos. Cuando me bajó la falda y las bragas, no hubo pausa. Su boca me encontró húmeda y yo arqueé la espalda con un gemido que me sorprendió a mí misma.

No fue tierno. Fue urgente, casi salvaje. Él se bajó el pantalón, se colocó un condón que sacó del bolsillo trasero y entró en mí de un solo empuje. Solté un grito corto. Él se detuvo un segundo, mirándome a los ojos, y después empezó a moverse con fuerza. Cada embestida me empujaba contra el sofá. Yo me aferré a sus hombros, clavándole las uñas. Él gemía bajo contra mi oído, me decía que apretara más, que no parara.

El orgasmo me llegó rápido y violento. Me sacudió de pies a cabeza. Él aceleró y se corrió poco después, enterrándose profundo y soltando un gruñido largo. Se quedó encima de mí unos segundos, respirando agitado, y después se retiró con cuidado.

Nos quedamos en silencio. Él se levantó, se deshizo del condón y volvió con una toalla. Me la pasó sin decir nada. Yo me vestí a medias, todavía temblando. Él se sentó a mi lado, pasó una mano por mi pelo y me miró de nuevo.

—Quédate esta noche —dijo—. No tienes que hablar si no quieres.

Asentí. No tenía fuerzas para más. Esa noche dormí en su cama, de espaldas a él, con el cuerpo todavía marcado por lo que acabábamos de hacer. Por primera vez en horas no pensé en mi marido ni en mi hermana.

A la mañana siguiente la luz entró por las cortinas. Me desperté sola en la cama. Oí ruidos en la cocina. Me levanté, me puse una de sus camisas y salí. Él estaba preparando café, en pantalones deportivos y sin camiseta. Se giró y me sonrió de lado.

—Buenos días.

Antes de que pudiera responder, el timbre del teléfono de él sonó. Lo miró, contestó y habló en voz baja. Después colgó y se pasó una mano por el pelo.

—Tengo que salir un rato. Mi mejor amigo me está esperando. Si quieres, te dejo las llaves y te quedas. O te llevo donde necesites.

—Tu mejor amigo… —repetí, todavía adormilada.

Él asintió mientras se ponía una camiseta.

—Sí. Se llama Adrián. Tiene veintitrés. Nos conocemos desde el instituto.

El nombre me golpeó en el pecho como un puñetazo. Adrián. Mi hijo. Mi hijo de veintitrés años.

Me quedé quieta en medio de la cocina, con la camisa de él colgándome del cuerpo y el café humeando sobre la mesa. Él no se dio cuenta de mi expresión. Solo se acercó, me besó en la sien y dijo:

—En media hora vuelvo. No te vayas sin desayunar.

Cerró la puerta detrás de él.

Yo me apoyé en la isla de mármol y cerré los ojos. Acababa de acostarme con el mejor amigo de mi hijo. Y él todavía no sabía quién era yo.

Siguiente capítulo