Capítulo 2 El nombre

Me quedé paralizada en la cocina. El café seguía humeando. La camisa de él me llegaba a mitad de muslo y olía a su colonia. Adrián. Mi hijo. El mejor amigo de mi hijo.

El estómago se me encogió de golpe. Retrocedí hasta apoyar la espalda en la nevera. El frío del metal me atravesó la camisa. Cerré los ojos y respiré hondo, una, dos, tres veces. No podía quedarme. Si él volvía con Adrián… si mi hijo me veía así, en la casa de su mejor amigo, con el pelo revuelto y la marca de sus dedos todavía en la cintura…

Me moví rápido. Entré al dormitorio, recogí mi ropa del suelo y me vestí con manos torpes. La blusa estaba arrugada, la falda torcida. Me miré en el espejo del baño: labios hinchados, un chupetón tenue en el cuello que intenté cubrir con el pelo. Lavé la cara otra vez con agua fría hasta que la piel me ardió.

Salí del apartamento sin hacer ruido. Bajé las escaleras porque el ascensor me parecía demasiado lento y demasiado riesgoso. En la calle el sol de la mañana me golpeó en los ojos. Caminé sin dirección durante varias cuadras, con el móvil apretado en la mano. Cada vez que vibraba, el corazón me daba un vuelco.

Había tres mensajes de mi marido.

«Elena, por favor, háblame.»

«No es lo que parece.»

«Necesito explicarte.»

Y uno de mi hermana:

«Perdóname. Fue un error. Te lo juro.»

Borré los cuatro sin abrirlos del todo. Seguí caminando hasta que los pies me dolieron. Entré en una cafetería cualquiera, pedí un café americano y me senté en la mesa más alejada de la ventana. El camarero me miró dos veces, como si notara que algo no estaba bien. Yo fingí revisar el móvil.

Pensé en llamar a Adrián. Solo para oír su voz. Solo para asegurarme de que seguía siendo mi hijo de veintitrés años y no el puente hacia el hombre con el que me había acostado horas antes. Al final no lo hice. En su lugar abrí la galería de fotos y me quedé mirando una imagen de hace dos años: Adrián y su grupo de amigos en la playa. Él estaba en el centro, sonriendo. A su izquierda, el mismo chico de ojos verdes. Más joven, sí, pero inconfundible. Lucas. Así se llamaba. Adrián lo había mencionado cientos de veces. “Lucas consiguió un currazo.” “Lucas se compró un coche de locos.” “Lucas siempre tiene las mejores fiestas.”

Yo nunca había prestado atención real. Para mí era solo “el amigo de Adrián”. Ahora tenía nombre, cuerpo, sabor y el recuerdo exacto de cómo se había movido dentro de mí.

El café se enfrió sin que lo tocara. Me levanté, pagué y salí. Caminé hasta el aparcamiento donde había dejado mi coche la tarde anterior, cuando fui a la oficina de mi marido. El vehículo seguía allí. Me subí, cerré la puerta y me apoyé en el volante. El silencio dentro del habitáculo era ensordecedor.

El móvil vibró otra vez. Esta vez era una llamada entrante. El nombre en la pantalla me hizo apretar la mandíbula: Adrián.

Dudé tres segundos. Después deslicé el dedo.

—Mamá —dijo su voz al otro lado, preocupada—. Papá me ha llamado. Dice que no responde y que está muy raro. ¿Estás bien?

Tragué saliva. La mentira me salió casi natural.

—Sí, cariño. Solo… necesitaba desconectar un rato. No te preocupes.

—¿Dónde estás? Puedo ir a buscarte.

—No. Estoy bien. De verdad. Hablamos luego, ¿vale?

Colgué antes de que pudiera insistir. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Arranqué el coche y conduje sin rumbo fijo durante casi una hora. Al final terminé frente al edificio de Lucas. No sé cómo llegué ahí. Solo sé que aparqué al otro lado de la calle y me quedé mirando la entrada.

Estaba a punto de irme cuando lo vi salir. Llevaba una mochila al hombro y las mismas gafas de sol de la víspera. Caminaba con esa seguridad natural que ya me había notado. Detrás de él apareció Adrián. Mi hijo. Los dos reían de algo. Lucas le dio una palmada en la espalda y Adrián le devolvió el gesto. Se dirigieron hacia el deportivo negro.

Me hundí en el asiento. El corazón se me subió a la garganta. Los vi subir al coche. Lucas al volante, Adrián de copiloto. Arrancaron. El motor ronroneó y el auto negro desapareció por la esquina.

Me quedé quieta varios minutos, con las manos agarrotadas al volante. Después arranqué también. No los seguí. Conduje hasta casa. La casa que compartía con mi marido desde hacía dieciocho años.

Al abrir la puerta el silencio me recibió como una bofetada. No había nadie. Las llaves de él no estaban en el mueble de la entrada. Subí al dormitorio, me quité la ropa del día anterior y me metí en la ducha. El agua caliente me golpeó la nuca. Cerré los ojos y, sin querer, recordé las manos de Lucas en mi cintura, la forma en que me había mirado mientras se corría, el peso de su cuerpo sobre el mío.

Salí de la ducha, me puse un albornoz y me senté en el borde de la cama. El móvil vibró otra vez. Mensaje de un número desconocido:

«Eres tú la que se fue esta mañana sin decir nada. Dejaste el pendiente en mi baño. Si quieres recuperarlo, dime dónde nos vemos.»

El pendiente. El de perla pequeña que siempre llevaba. Se me debió caer mientras nos vestíamos a medias.

Respondí antes de pensarlo demasiado:

«No es buena idea.»

La respuesta llegó en segundos:

«Lo sé. Aun así quiero devolverte el pendiente. Solo eso.»

Me mordí el labio. Los dedos me temblaban sobre la pantalla. Al final escribí:

«Café. En dos horas. El de la esquina de tu edificio.»

Apagué el móvil, me vestí con vaqueros y una camiseta simple, y salí de casa sin mirar atrás. Mientras conducía, me repetía que solo iba a recuperar un pendiente. Nada más. Que tenía cuarenta años, un matrimonio roto y un hijo de veintitrés. Que Lucas tenía veinticuatro y era el mejor amigo de Adrián.

Pero cada vez que recordaba su boca en mi cuello, la voz de la razón se apagaba un poco más.

Aparqué a dos calles del edificio. Caminé el resto del trayecto. Él ya estaba sentado en una mesa exterior, con el pendiente de perla entre los dedos. Al verme levantarse, se quitó las gafas de sol. Los ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, lentos, sin disimulo.

—Pensé que no vendrías —dijo.

Me senté frente a él. El pendiente brilló un segundo bajo el sol antes de que él lo deslizara hacia mí por la mesa.

—Solo vine por esto.

Él asintió, pero la sonrisa de lado no desapareció.

—Claro.

El camarero se acercó. Pedí un agua. Él pidió un café. Cuando nos quedamos solos otra vez, él se inclinó un poco hacia adelante.

—Anoche no me dijiste tu nombre completo.

Titubeé.

—Elena.

—Elena —repitió, como probando el sonido—. Y yo soy Lucas.

Lo sé, pensé. Más de lo que te imaginas.

Él me sostuvo la mirada unos segundos más. Después se reclinó en la silla, cruzó los brazos y habló con voz más baja:

—No sé qué te pasó ayer. Y no te voy a preguntar si no quieres contarlo. Pero anoche… no fue solo sexo para mí. Y creo que para ti tampoco.

Aparté la vista hacia la calle. Un grupo de jóvenes pasaba riendo. Uno de ellos se parecía vagamente a Adrián. El nudo en el estómago regresó.

—Tengo cuarenta años, Lucas.

—Lo sé.

—Y tú tienes veinticuatro.

—También lo sé.

—Entonces entiendes por qué esto no puede…

—¿No puede qué? —me interrumpió, sin subir el tono—. ¿Repetirse?

Lo miré. Él no sonreía ahora. Solo me observaba con esa intensidad que me había hecho perder la cabeza la noche anterior.

El agua llegó. Yo no la toqué. Él tampoco miró su café. El silencio entre nosotros se llenó de todo lo que no estábamos diciendo. De la traición de mi marido. De mi hermana. De mi hijo. De la forma en que mi cuerpo todavía recordaba el suyo.

Al final fui yo quien habló primero.

—No vuelvas a escribirme.

Me levanté, cogí el pendiente y guardé la silla. Él no intentó detenerme. Solo dijo, cuando ya me alejaba:

—El pendiente no era la única razón por la que te escribí.

No me giré. Seguí caminando. Pero las palabras se me clavaron entre los omóplatos y no se fueron ni cuando llegué al coche, ni cuando arranqué, ni cuando el edificio de Lucas desapareció por el retrovisor.

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