Capítulo 3 La casa vacía
Llegué a casa con las manos todavía temblando sobre el volante. Aparqué en el garaje, cerré el coche y me quedé sentada un momento escuchando el silencio. El pendiente de perla lo llevaba apretado en el puño. Cuando abrí la mano, la pequeña joya se había clavado en la piel dejándome una marca roja.
Entré. Las luces estaban apagadas. Las llaves de Roberto no estaban en el mueble de la entrada. El aire olía a cerrado y a la colonia que él usaba desde hacía años. Subí las escaleras despacio, como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento. En el dormitorio la cama seguía hecha. Nadie había dormido ahí la noche anterior.
Dejé el pendiente sobre la cómoda y me cambié de ropa. Me puse un pantalón de chándal y una camiseta vieja. Después bajé a la cocina y abrí la nevera sin hambre. Solo miré el interior. Cerré la puerta otra vez.
El móvil vibró sobre la mesa. Mensaje de Sofía, mi hermana:
«Elena, por favor. Necesito hablar contigo. Fue un error horrible. No sé qué me pasó.»
Lo bloqueé sin responder. Acto seguido apareció una llamada de Roberto. La dejé sonar hasta que se cortó. Tres segundos después llegó el mensaje:
«Estoy en un hotel. No voy a volver a casa hasta que me dejes explicarte. Te quiero. Siempre te he querido.»
Solté una risa corta y amarga. El sonido me sonó extraño en la cocina vacía. Me senté en una de las sillas y apoyé la frente en las manos. Las imágenes de la oficina regresaron: la falda de Sofía subida, las manos de Roberto en su cintura, la expresión de pánico en las dos caras cuando me vieron. Después, sin permiso, llegó el recuerdo de Lucas. La forma en que me había mirado en la cafetería. La frase que me lanzó cuando me iba.
«El pendiente no era la única razón por la que te escribí.»
Me levanté de golpe. Caminé hasta el salón, encendí la televisión y la apagué al segundo. No podía quedarme quieta. Volví a subir, abrí el armario y empecé a sacar ropa de Roberto. Camisas, pantalones, zapatos. Los tiré sobre la cama en un montón desordenado. No lloré. Solo movía los brazos con fuerza, como si cada prenda que sacaba me aligerara un poco el pecho.
Estaba en mitad de la tarea cuando el timbre sonó.
Me quedé inmóvil. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que lo sentí en la garganta. Bajé las escaleras despacio. A través de la mirilla no había nadie. Solo un sobre blanco en el felpudo. Abrí la puerta con cuidado, cogí el sobre y cerré de nuevo.
Dentro había una nota escrita a mano y una llave pequeña.
«Por si cambias de opinión. La llave es de mi apartamento. No voy a insistir, pero la dejo por si la necesitas. —L»
Me apoyé en la puerta cerrada. La llave pesaba más de lo que debería en la palma de la mano. La miré durante un rato largo. Después la guardé en el bolsillo del pantalón de chándal y subí otra vez.
Seguí sacando la ropa de Roberto. Cuando terminé, metí todo en dos maletas grandes y las dejé junto a la puerta del dormitorio. Me duché con agua muy caliente. El vapor empañó el espejo. Me quedé mirando mi reflejo borroso: los ojos cansados, la boca tensa, el cuello donde todavía se adivinaba la marca leve que Lucas me había dejado.
Salí de la ducha, me sequé y me puse otra vez la misma ropa cómoda. Bajé a la cocina y preparé un té que no bebí. El móvil volvió a vibrar. Esta vez era Adrián.
—Mamá, ¿puedo pasar un momento? Estoy cerca.
Dudé. La casa estaba hecha un desastre emocional y yo no estaba en condiciones de fingir normalidad.
—Claro —respondí al final—. Pasa.
Diez minutos después escuché la llave en la cerradura. Adrián entró con una mochila al hombro y esa expresión preocupada que ponía desde niño cuando algo no cuadraba.
—¿Estás bien de verdad? —preguntó, dejándose la mochila en el suelo—. Papá está raro. Dice que estáis teniendo problemas, pero no me cuenta nada.
Me encogí de hombros y forcé una sonrisa pequeña.
—Son cosas de adultos, cariño. No te preocupes.
Él frunció el ceño, exactamente igual que cuando era pequeño y no le creía del todo. Se acercó y me dio un abrazo corto. Olió a su colonia habitual y a aire de la calle. Me aferré a él un segundo más de lo normal.
—Lucas me preguntó si estabas bien —dijo de pronto, mientras se separaba—. Le dije que sí, pero se quedó mirándome raro.
El nombre me golpeó el pecho. Intenté que no se me notara en la cara.
—¿Lucas?
—Sí. Mi amigo. Esta mañana estábamos juntos y de repente me preguntó por ti. Como si… no sé. Como si te conociera de algo.
Me giré hacia la nevera para abrirla y esconder la expresión. Saqué una botella de agua aunque no tenía sed.
—Será casualidad —murmuré.
Adrián se encogió de hombros.
—Supongo. Bueno, solo pasaba a verte. Si necesitas cualquier cosa, llámame. ¿Vale?
Asentí. Él me besó en la mejilla, cogió la mochila y se fue. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en la silla más cercana. Las piernas no me sostenían.
Lucas le había preguntado por mí. A mi hijo. Esa misma mañana.
Saqué la llave del bolsillo y la dejé sobre la mesa. Brillaba bajo la luz de la cocina. La miré durante minutos. Después cogí el móvil y escribí un mensaje que borré tres veces antes de enviarlo:
«No debiste darle la llave a nadie.»
La respuesta llegó casi al instante:
«No se la di a nadie. Te la dejé a ti. ¿Vas a usarla?»
No contesté. Apagué la pantalla y me quedé mirando la llave. El reloj de la cocina marcaba las ocho de la tarde. La casa seguía en silencio. Las maletas de Roberto esperaban arriba. El pendiente de perla seguía en la cómoda.
Al final me levanté, cogí las llaves del coche y salí. No pensé en el trayecto. Solo conduje. Cuando aparqué frente al edificio de Lucas, el cielo ya se estaba oscureciendo. Subí en el ascensor con el corazón latiéndome en los oídos. La llave giró en la cerradura con un clic suave.
El apartamento estaba en penumbra. Solo una lámpara encendida en el salón. Lucas estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. Se giró al oírme entrar. No sonrió. Solo me miró.
—Pensé que no vendrías —dijo, igual que en la cafetería.
Cerré la puerta a mis espaldas. La llave seguía en mi mano.
—Solo vine a devolvértela.
Él asintió despacio. Después se acercó. Se detuvo a un paso de mí. Su mirada bajó a mi boca y subió otra vez a mis ojos.
—Entonces devuélvela —susurró.
No moví la mano. Él tampoco. El silencio se estiró entre nosotros, cargado y denso. Yo notaba el calor de su cuerpo aunque no nos tocábamos. Él inclinó un poco la cabeza, esperando.
Al final fui yo quien dio el paso. La llave cayó al suelo con un ruido metálico. Sus manos me agarraron la cintura al mismo tiempo que mi boca buscaba la suya. El beso fue inmediato, profundo, casi furioso. Él me empujó contra la puerta. Yo le clavé los dedos en la espalda. La camiseta se le subió entre mis manos y toqué piel caliente.
No hablamos. No hizo falta. Nos movimos hacia el sofá a tientas, tirando de ropa, respirando agitados. Cuando él me tumbó y se colocó entre mis piernas, yo ya no pensaba en Roberto, ni en Sofía, ni en Adrián. Solo en la forma en que me miraba y en el peso exacto de su cuerpo sobre el mío.
Esta vez no hubo prisa. Él me besó despacio el cuello, el pecho, el vientre. Me hizo arquear la espalda con la boca antes de entrar en mí. Y cuando lo hizo, lo hizo profundo y controlado, mirándome a los ojos todo el tiempo. Yo me aferré a sus hombros y dejé que el placer me borrara la cabeza por un rato.
Después nos quedamos enredados en el sofá, sudorosos y en silencio. Él trazaba círculos lentos en mi espalda con los dedos. Yo escuchaba su corazón contra mi oreja.
—Esto se va a complicar —murmuré contra su piel.
Él no negó nada. Solo apretó un poco más el brazo alrededor de mi cintura y respondió en voz baja:
—Ya lo está.
