Capítulo 4 Casi

Nos quedamos en el sofá más tiempo del que debíamos. La camiseta de Lucas me cubría hasta los muslos. Él estaba semi recostado, con una mano en mi espalda y la otra apoyada detrás de la cabeza. El silencio no era incómodo. Era denso, cargado de todo lo que no estábamos diciendo.

Yo trazaba líneas invisibles en su pecho con el dedo índice. Él respiraba despacio. De vez en cuando me miraba de reojo, como si todavía no se creyera del todo que yo estaba ahí.

—Tienes que irte —dijo al fin, sin moverse.

—Lo sé.

No me moví. Tampoco él. El reloj de la pared marcaba las diez y cuarto. Afuera la ciudad seguía viva. Dentro del apartamento solo se oía nuestra respiración.

El móvil de Lucas vibró sobre la mesa de centro. Los dos miramos la pantalla al mismo tiempo.

Adrián.

El nombre iluminó la oscuridad del salón. Lucas se tensó bajo mi mano. Yo aparté los dedos como si me hubiera quemado. Él cogió el teléfono y contestó con voz natural, casi perezosa.

—Dime.

Escuché la voz de mi hijo al otro lado, clara aunque lejana:

—¿Estás en casa? Estoy dos calles más abajo. Te traigo las cervezas que te debías. Abre en cinco.

Lucas cerró los ojos un segundo. Su mandíbula se apretó.

—Ahora no es buen momento.

—¿Por qué? ¿Tienes a alguien?

Hubo una pausa. Lucas me miró. Yo negué con la cabeza, asustada.

—Sí —respondió al fin—. Pero no es lo que crees. Pasa más tarde.

—Paso ahora, tío. Estoy en la puerta del edificio. Baja o abro yo, que todavía tengo la copia de la llave.

El corazón se me detuvo. Lucas se incorporó de golpe. Yo también. La camiseta se me subió y me la bajé a tirones. Él ya estaba de pie, buscándome la ropa con la mirada.

—Tienes treinta segundos —me dijo en voz baja, urgente—. El baño. Ahora.

Me vestí como pude. Vaqueros, camiseta, zapatos sin calcetines. El pendiente de perla lo había dejado en la mesita. No hubo tiempo de buscarlo. Lucas me empujó suavemente hacia el pasillo del baño mientras él recogía mi sujetador del suelo y lo escondía bajo un cojín del sofá.

Escuché la llave girar en la cerradura justo cuando cerraba la puerta del baño detrás de mí. Me apoyé en la pared de azulejos, conteniendo la respiración. El pecho me subía y bajaba demasiado fuerte. Me tapé la boca con las dos manos.

—¿Qué pasa, tío? —la voz de Adrián entró clara—. Pareces nervioso.

—Nada. Estaba a punto de ducharme.

—¿Y esa camiseta en el sofá? No es tuya.

Silencio. Yo cerré los ojos con fuerza. Lucas respondió con un tono forzado de calma:

—Dejé a alguien anoche. Se le olvidó.

—Joder, qué rápido. ¿Quién era?

—Nadie importante.

Las palabras me dolieron más de lo que esperaba. Me agaché junto a la bañera, haciendo el menor ruido posible. A través de la puerta entreabierta un centímetro oí pasos. Adrián se movía por el salón.

—Traje las cervezas. ¿Las dejo en la nevera?

—Sí. Y después vámonos. Tengo que hacer algo.

—¿Ahora? Son las diez y media.

—Sí. Ahora.

Hubo un ruido de nevera abriéndose y cerrándose. Después el sonido de una bolsa de plástico. Adrián habló otra vez, más cerca:

—Oye… esta mañana me preguntaste por mi madre. ¿Por qué?

Lucas tardó un segundo de más en responder.

—Curiosidad. La vi una vez en una foto tuya y me pareció… no sé. Familiar.

—Familiar —repitió Adrián, extrañado—. Bueno. Está pasando por un mal momento. Creo que mi padre la está jodiendo. No me cuenta nada, pero se le nota.

El silencio que siguió fue demasiado largo. Yo sentí lágrimas calientes subirme a los ojos y las contuve a fuerza de voluntad. Me mordí el interior del carrillo hasta saborear un poco de sangre.

—Vamos —dijo Lucas al fin—. Te acompaño abajo.

Escuché pasos alejándose. La puerta principal se abrió y se cerró. El clic de la cerradura resonó como un disparo. Esperé diez segundos. Veinte. Treinta. Después abrí la puerta del baño con cuidado.

El salón estaba vacío. Mi sujetador seguía escondido bajo el cojín. El pendiente de perla brillaba sobre la mesita. Lo cogí con dedos torpes y me lo puse. Salí del apartamento descalza, con los zapatos en la mano, y bajé las escaleras de servicio para no arriesgarme al ascensor.

En la calle el aire nocturno me golpeó la cara. Caminé dos manzanas antes de permitirme respirar con normalidad. Me senté en un banco de una plaza pequeña y me puse los zapatos. Las manos me temblaban tanto que tardé tres intentos en atar los cordones.

El móvil vibró.

Mensaje de Lucas:

«Se fue. Estás bien?»

No respondí de inmediato. Miré la pantalla hasta que se apagó sola. Después escribí:

«Casi nos pillan.»

La respuesta llegó en segundos:

«Lo sé. Y aun así quiero volver a verte.»

Me quedé mirando esas palabras. El corazón me latía desbocado, pero ya no solo por el miedo. Había otra cosa. Más peligrosa. Más adictiva.

Me levanté del banco y caminé hacia mi coche. Mientras arrancaba, el móvil volvió a vibrar. Esta vez no era Lucas.

Era Adrián.

«Mamá, ¿puedo dormirme en casa esta noche? No quiero estar solo. Papá está raro y yo también.»

Aparé en mitad de la calle. Un coche detrás de mí tocó la bocina. Yo apenas lo escuché. Miré el mensaje una y otra vez. Mi hijo quería dormir en casa. En la casa donde yo acababa de llegar con el olor de Lucas todavía en la piel y el recuerdo de casi ser descubierta por él mismo.

Respondí con dedos fríos:

«Claro, cariño. Ven.»

Arranqué otra vez. El motor sonó demasiado fuerte en el silencio de la noche. Mientras conducía hacia casa, una sola certeza se me clavó en el pecho:

Esto ya no tenía marcha atrás.

Y la próxima vez que casi nos pillaran…

podría ser la definitiva.

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