Capítulo 5 El olor de su piel

Llegué a casa diez minutos antes que Adrián. Corrí al baño de la planta baja, me quité la ropa y me metí bajo la ducha fría. El agua me golpeó la nuca y los hombros. Me enjaboné dos veces, con fuerza, como si pudiera borrar el olor de Lucas de la piel. Me sequé a toda prisa, me puse un pijama de algodón y un albornoz por encima. Me miré en el espejo: ojos cansados, labios todavía un poco hinchados, una leve marca en el cuello que cubrí con el pelo suelto.

El ruido de la llave en la cerradura me hizo subir las escaleras de dos en dos. Cuando Adrián entró, yo bajaba como si acabara de salir de la cocina.

—Hola, mamá.

Dejó la mochila junto al sofá y me dio un abrazo corto. Olió a cerveza y a la colonia que usaba desde los dieciocho. Yo me aferré a él un segundo, con la garganta apretada.

—¿Has cenado? —pregunté, forzando una voz normal.

—Sí. Con Lucas. Nos tomamos unas cervezas y hablamos un rato.

El nombre me atravesó el pecho. Asentí y fui a la cocina a prepararme un té que no quería. Adrián me siguió. Se sentó en la isla y apoyó los codos sobre el mármol.

—Papá me llamó otra vez —dijo—. Dice que te ha escrito y no le contestas. Que está preocupado.

Remové el sobre de té con más fuerza de la necesaria.

—Tu padre y yo estamos… teniendo problemas. No es algo que quiera hablar ahora.

Adrián guardó silencio unos segundos. Después habló más bajo:

—Lucas me dijo algo raro esta noche.

Me giré despacio, con la taza entre las manos.

—¿Qué cosa?

—Que a veces la gente comete errores cuando está dolida. Y que no siempre se puede juzgar desde fuera. Me miró raro mientras lo decía. Como si hablara de alguien en concreto.

Apreté la taza. El calor me quemó los dedos y no la solté.

—Tu amigo es joven. Habla de cosas que todavía no entiende del todo.

Adrián se encogió de hombros, pero no pareció convencido. Se levantó, fue a la nevera y sacó una botella de agua.

—Voy a ducharme y me acuesto. ¿Puedo quedarme en mi habitación de siempre?

—Claro, cariño. Como quieras.

Lo escuché subir las escaleras. El agua de la ducha empezó a correr. Yo me quedé en la cocina, de pie, con la taza olvidada. El móvil vibró sobre la encimera.

Mensaje de Lucas:

«Llegaste bien?»

Respondí casi sin pensar:

«Sí. Adrián está aquí. Se queda a dormir.»

La respuesta tardó menos de diez segundos:

«Joder. ¿Estás bien?»

«No.»

«¿Quieres que pase a buscarte?»

«Ni se te ocurra.»

Apagué la pantalla y la dejé boca abajo. Subí a mi habitación. Las maletas de Roberto seguían junto a la puerta. Me senté en el borde de la cama y me pasé las manos por la cara. Desde el pasillo se oía la ducha de Adrián. El sonido era doméstico, normal, y por eso mismo resultaba insoportable.

Cuando el agua se cortó, escuché la puerta del baño abrirse y los pasos de mi hijo hacia su habitación. Esperé cinco minutos. Después diez. El silencio de la casa se volvió completo. Me levanté, abrí la puerta de mi dormitorio con cuidado y miré hacia el pasillo. La luz de debajo de la puerta de Adrián estaba apagada.

Volví a la cama. Me metí debajo de las sábanas sin quitarme el albornoz. El móvil volvió a vibrar.

Lucas:

«No puedo dejar de pensar en ti. En cómo te sentías esta noche. En lo cerca que estuvimos de que nos pillara.»

Cerré los ojos. Las palabras me golpearon bajo el ombligo. Escribí con los dedos torpes:

«Para.»

«No quiero parar.»

«Adrián está a diez metros de mí.»

«Entonces no hables. Solo lee.»

El siguiente mensaje llegó casi de inmediato:

«Si estuviera ahí ahora mismo te bajaría el pijama despacio. Te pondría de rodillas en esa cama y te haría morder la almohada para que no te oiga tu hijo. Te tocaría hasta que temblaras. Y cuando estuvieras a punto de correrte, me detendría solo para oírte pedírmelo.»

El aire se me atascó en la garganta. Apreté las piernas con fuerza. El móvil se me resbaló un segundo entre los dedos. Desde el pasillo no se oía nada. Adrián dormía. O al menos fingía dormir.

Respondí, casi sin querer:

«Eres un hijo de puta.»

«Lo sé. ¿Quieres que pare?»

No contesté. Él tampoco escribió más durante un rato. Yo me quedé mirando el techo, con el cuerpo tenso y la respiración agitada. El deseo y la culpa se pelearon dentro de mí hasta que el cansancio pudo más.

Me dormí profundamente.

Desperté de golpe a las tres de la mañana. La casa seguía en silencio. El móvil tenía dos mensajes nuevos de Lucas, enviados hacía una hora:

«Perdona. Me pasé.»

«Pero no me arrepiento de lo que siento.»

Me senté en la cama. La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta. Me levanté despacio, abrí la puerta y miré hacia la habitación de Adrián. Seguía a oscuras. Bajé a la cocina descalza. Bebí agua del grifo directamente del caño. El frío me bajó por la garganta y me ayudó a ordenar un poco la cabeza.

Cuando subí otra vez, el móvil vibró en mi mano.

Llamada entrante. Lucas.

Dudé tres segundos. Después deslicé el dedo y contesté en voz bajísima, casi un susurro:

—¿Estás loco? Mi hijo está aquí.

—No puedo dormir —respondió él, también en voz baja—. Necesitaba oírte.

Me apoyé en el marco de la puerta del dormitorio. Desde allí podía ver la habitación de Adrián al fondo del pasillo.

—Esto es una locura —murmuré.

—Lo sé. Pero anoche, cuando te escondiste en el baño… yo estaba a punto de echarlo. Solo para poder quedarme contigo.

Cerré los ojos. Su voz me rozó el oído como si estuviera detrás de mí.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿Porque es verdad?

Hubo un ruido suave al fondo del pasillo. La puerta de Adrián se abrió un centímetro. La luz del baño se encendió. Me quedé helada. Apreté el móvil contra el pecho y me metí dentro de mi habitación, cerrando sin hacer ruido.

—Tengo que colgar —susurré.

—Elena…

Corté la llamada. Me senté en el suelo, con la espalda contra la puerta y el corazón latiéndome tan fuerte que estaba segura de que se oiría en toda la casa. Escuché los pasos de Adrián hacia el baño, el agua del grifo, después los pasos de vuelta. La puerta de su habitación se cerró otra vez.

Me quedé en el suelo varios minutos, con el móvil todavía apretado en la mano. La pantalla se iluminó con un último mensaje:

«Mañana. A la misma hora. En mi casa. Si no vienes, iré yo a la tuya.»

Bajé la cabeza hasta apoyar la frente en las rodillas. El albornoz se me había abierto un poco y el aire frío de la noche me rozó la piel. Afuera, un perro ladró a lo lejos. Dentro de la casa, mi hijo dormía a pocos metros. Y yo, a oscuras, con el olor de otro hombre todavía en la memoria, supe que la amenaza de Lucas no era una bravuconada.

Iba a cumplirla.

Y yo no estaba segura de querer impedírselo.

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