Capítulo 7 Pasión, engaños y secretos

Mientras Adrián conversaba con su padre, no pudo contener por más tiempo la preocupación que sentía por su madre.

—Papá, ¿qué fue eso tan grave que le hiciste a mamá para que no quiera contestarte las llamadas ni los mensajes?

Roberto se quedó en silencio.

La pregunta que tanto había temido finalmente había llegado.

Miró a su hijo y sintió un nudo en la garganta. Durante unos segundos no supo qué decirle. No podía contarle toda la verdad. No podía decirle que había engañado a Elena precisamente con Sofía, su propia hermana.

No quería que Adrián lo odiara. Bajó la mirada y respiró profundamente.

Finalmente, decidió contarle una parte de la verdad.

—Engañé a tu madre.

Adrián lo miró fijamente, sin comprender.

—¿Qué?

—Estuve con otra mujer… una mujer más joven, las palabras salieron con dificultad;Adrián quedó completamente paralizado.

Abrió los ojos y se quedó con la boca entreabierta, sin saber qué responder.

Por unos segundos, simplemente retrocedió.

No podía creer lo que acababa de escuchar.

Su padre había engañado a su madre.

La mujer que había estado a su lado durante tantos años.

La mujer que siempre había sido un pilar para aquella familia.

Pero lo que más le dolía era recordar las palabras que su propio padre le había repetido desde que era niño: que a las mujeres había que respetarlas, valorarlas y protegerlas.

Y ahora estaba descubriendo que el hombre que le había enseñado todo aquello había hecho exactamente lo contrario.

Adrián negó lentamente con la cabeza.

—No puedo creer que hayas hecho esto, papá.

Roberto sintió que aquellas palabras lo golpeaban profundamente.

Se levantó de su silla y se acercó a su hijo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Sé que hice mal, Adrián permaneció en silencio.

—No lo pensé —continuó Roberto con la voz quebrada—. Fue una sola vez. Solo un momento de debilidad.

—¿Un momento de debilidad? —repitió Adrián, incrédulo—. ¿Y mamá qué?

Roberto bajó la cabeza.

Yo amo a tu madre. Jamás quise hacerle daño. Adrián lo miró con decepción, pero se lo hiciste.

Roberto cerró los ojos por un instante. Sabía que su hijo tenía razón.

—Lo sé.

Una lágrima recorrió su rostro,por eso necesito tu ayuda. Adrián no respondió.

—Necesito que me ayudes a que tu mamá me perdone —dijo Roberto—. Quiero recuperar su confianza. Quiero reconquistarla y demostrarle que estoy arrepentido.

Adrián permaneció frente a él, dividido entre el amor que sentía por su padre y la decepción que le provocaba lo que había hecho.

No sabía si podía perdonarlo.Mucho menos sabía si podía ayudarlo.

Pero había algo que sí tenía claro: su madre estaba sufriendo.

Y, por primera vez, Adrián comprendió que aquella traición podía cambiar para siempre a su familia.

Mientras tanto, Elena estacionó su automóvil en el parqueadero del edificio donde vivía Lucas.

Durante unos segundos permaneció dentro del vehículo, todavía con las manos sobre el volante. No sabía si debía bajar o regresar a casa.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Entonces, su celular vibró, era un mensaje de Lucas.

«Te estoy esperando.»

El corazón de Elena comenzó a latir con fuerza.

En el fondo de su corazón sabía que estaba enamorándose de él, pero se negaba a reconocerlo. No quería ponerle un nombre a aquello que estaba sintiendo.

Respiró profundamente y, finalmente, salió del automóvil.

Entró al edificio y se dirigió al ascensor. Cuando las puertas se cerraron, presionó el botón del piso quince.

Mientras el elevador subía, Elena sintió que el espacio se hacía cada vez más pequeño. Se miró en el espejo e intentó tranquilizarse.

Piso por piso; Su corazón latía cada vez más rápido.

Cuando las puertas finalmente se abrieron, salió y caminó por el pasillo hasta llegar a la habitación 320.

Se detuvo frente a la puerta.

Respiró profundamente.Y tocó el timbre,estaba nerviosa. La puerta se abrió.

Lucas apareció frente a ella sin camisa, sosteniendo una copa en una de sus manos.

Elena intentó mantener la calma, aunque por dentro su corazón parecía querer salirse de su pecho.

Sus ojos recorrieron su cuerpo por un instante antes de que ella apartara rápidamente la mirada.

—Entra —dijo Lucas con una sonrisa. Elena entró.

Lucas la condujo hasta el sofá, el mismo sofá donde habían compartido momentos de pasión y descontrol que ahora se empeñaba en olvidar.

¿Quieres un trago?

Elena dudó unos segundos.

Sí.

Lucas le sirvió una copa y se la entregó.

Ella tomó un pequeño sorbo y sintió cómo la bebida descendía lentamente por su garganta.

Entonces reunió el valor que había estado buscando desde que salió de casa.

—Lucas, tenemos que hablar.

Él la observó en silencio.

—Quiero terminar con todo esto —continuó Elena, con la voz entrecortada—. Lo que pasó entre nosotros fue una locura. Un momento de debilidad. No podemos seguir viéndonos.

Mientras hablaba, intentaba convencerse de sus propias palabras.

Pero sus ojos volvían a Lucas una y otra vez.

A su mirada.

A su cercanía.

A los recuerdos de aquellas noches que habían compartido.

Lucas dejó la copa a un lado y se acercó lentamente.

—Te ves hermosa con ese vestido —murmuró.

Elena tragó saliva. Lucas... Él se detuvo frente a ella.

—No sabes cuánto quisiera quitártelo lentamente —dijo, mirándola a los ojos— y borrar ese labial de tus labios.

Elena bebió otro sorbo, intentando esconder el nerviosismo que la invadía.

Lucas se acercó un poco más.

Ella sabía que debía apartarse.

Sabía perfectamente que aquello era lo que había ido a evitar.

Pero el deseo que sentía por él era más fuerte de lo que quería admitir.

Durante unos segundos se quedaron mirándose.

Ninguno dijo una palabra.

Hasta que, finalmente, Lucas se inclinó hacia ella y sus labios se encontraron en un beso.

Elena se dejó llevar por completo. El calor de la piel de Lucas contra la suya era como un imán imposible de rechazar. Sus manos, firmes y cálidas, sujetaban las de ella por encima de su cabeza, inmovilizándola con una fuerza que no dolía, sino que la hacía temblar de anticipación.

Cada embestida de sus caderas era profunda, precisa, como si conociera exactamente el ritmo que la deshacía.

—No digas que quieres terminar —susurró Lucas contra su oído, su voz grave y ronca—. Tu cuerpo me está gritando lo contrario…

Elena arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta cuando él bajó la boca a su pecho y atrapó un pezón entre los labios, lamiéndolo con lentitud tortuosa mientras seguía moviéndose dentro de ella.

El roce de su pelvis contra el clítoris de Elena era constante, deliberado, empujándola cada vez más cerca del borde.

—Lucas… —logró articular ella, la voz rota—. No… no puedo…

Pero sus piernas se cerraron alrededor de su cintura, traicionándola, atrayéndolo más profundo. El sofá, la conversación, la decisión de terminar…

todo se disolvía en el calor húmedo que los envolvía. Solo existía el sonido de sus cuerpos chocando, el jadeo entrecortado de ambos y el crujido de la cama bajo el peso de su deseo.

Lucas soltó una de sus manos para bajarla entre sus cuerpos, rozando exactamente el punto que hacía que Elena se contrajera alrededor de él con fuerza.

—Mírame —ordenó en voz baja.

Ella abrió los ojos, encontrándose con la intensidad de la mirada de él. En ese instante, mientras él aceleraba el ritmo y la llenaba por completo, Elena sintió que se rompía. El orgasmo la atravesó en olas violentas, arrancándole un grito sofocado contra el hombro de Lucas.

Él no se detuvo; la sostuvo a través de cada espasmo, moviéndose con más fuerza hasta que su propio control se quebró y se derramó dentro de ella con un gemido gutural, enterrando el rostro en su cuello.

Por un momento solo se oyeron sus respiraciones agitadas. Lucas soltó sus muñecas y se dejó caer a un lado, pero sin separarse del todo, manteniendo una pierna sobre ella, el pecho aún pegado al suyo.

Elena cerró los ojos, el corazón todavía desbocado. El sabor de su labial mezclado con el de él permanecía en su boca. El vestido estaba tirado en el suelo, el brasier olvidado en alguna parte de la habitación. Y ella… ella seguía sin poder admitir en voz alta lo que su cuerpo acababa de gritar con claridad absoluta.

Lucas le acarició el cabello con una suavidad que contrastaba con la intensidad de hace unos segundos.

—Todavía estás temblando —murmuró, rozándole la mejilla con los labios—. Y no es solo por el orgasmo.

Elena no respondió. Solo giró el rostro hacia él, encontrando esos ojos que la conocían demasiado bien.

El miedo a lo que sentía seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con algo más peligroso: el alivio de haber cedido otra vez.

Lucas sonrió apenas, como si leyera cada pensamiento —Quédate esta noche —dijo, sin preguntar realmente—. Mañana… mañana hablamos de lo de “terminar”.

Elena tragó saliva. Sabía que debía levantarse, vestirse y marcharse. Sabía que cada vez que cedía se hundía más. Pero cuando él la atrajo de nuevo contra su pecho desnudo y le besó la frente con una ternura casi dolorosa, ella solo asentió en silencio.

Mientras tanto, Sofía estaba en su casa, sin poder creer lo que había sucedido entre Roberto y ella.

Sabía que había lastimado a su hermana y que lo que había hecho podía destruir su relación con Elena. No quería hacerle daño, pero había algo que ya no podía negar: estaba enamorada de Roberto.

No podía aceptar que todo terminara así. Tenía que hablar con él.

Aunque sabía que aquella conversación podía hacerle todavía más daño a su hermana, necesitaba verlo y entender qué había pasado entre ellos.

Sofía cerró los ojos y recordó los momentos que había compartido con Roberto en su oficina. Aquellas conversaciones, aquellas miradas y la cercanía que poco a poco había hecho que sus sentimientos crecieran hasta convertirse en algo que ya no podía controlar.

Ella se había enamorado de su esposo, y ahora no sabía cómo renunciar a él.

También quería hablar con Elena. Quería que su hermana le diera unos minutos para explicarle cómo habían sucedido las cosas.

No había sido algo planeado.

No había despertado un día pensando en traicionarla.

Simplemente había sucedido.

Pero, por más que intentara encontrar una explicación, Sofía sabía que nada podía cambiar el dolor que había causado.

Aun así, quería que Elena la escuchara.

Quería explicarle que sus sentimientos por Roberto eran reales, que se había enamorado de él y que nunca había querido que las cosas terminaran de aquella manera.

Sofía tomó su celular y miró fijamente la pantalla.

Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su hermana.

Y aunque tenía miedo de perderla para siempre, una parte de ella todavía esperaba que Elena pudiera entenderla.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo