Capítulo 3 Capítulo 3
Lina.
El trayecto del miércoles por la mañana se convirtió en la prueba de resistencia más dolorosa de toda mi vida. No había pegado el ojo en toda la madrugada, consumida por la paranoia y vigilando la ventana de mi apartamento en Queens hasta que el sol tiñó de un gris plomizo los rascacielos de Manhattan.
Al cruzar el umbral de Jonas Capital, sentía que las piernas me temblaban bajo el traje sastre y que el nudo en mi garganta amenazaba con asfixiarme en cualquier momento.
El bullicio habitual de los corredores de bolsa y el repique de los teléfonos me parecían ecos distantes, amortiguados por el ensordecedor tic-tac de la cuenta regresiva de cuarenta y ocho horas que los extorsionadores habían puesto sobre la vida de mi hijo.
Me obligué a respirar hondo, acomodé la correa de mi bolso con manos trémulas y caminé hacia la gran puerta de madera de nogal, rogando al cielo que mi rostro no delatara el absoluto terror que me carcomía las entrañas.
Al entrar, la habitual serenidad que emanaba del despacho de Michael Jonas se había evaporado por completo. El aire fresco del piso veinticuatro estaba saturado por una tensión agobiante y, sobre todo, por un llanto desgarrador que cortaba el ambiente.
La pequeña Isabela, la bebé de apenas ocho meses de la que había escuchado rumores, lloraba con una fuerza desesperada que le enrojecía las mejillas.
Michael se veía completamente alterado, con la corbata floja, el cabello negro y ondulado desordenado y una expresión de desespero que jamás imaginé ver en el rostro de un hombre tan imperturbable.
Se mecía de un lado a otro con la niña en brazos, caminando en círculos alrededor de su imponente escritorio de madera maciza, pero sus esfuerzos eran inútiles y el llanto de la bebé solo incrementaba a cada segundo. Al verme entrar, me miró con los ojos cafés abiertos de par en par, exhausto, y con un hilo de voz me indicó que pasara de inmediato a su oficina privada para recibir las primeras instrucciones del día, aunque era evidente que la situación lo superaba por completo.
En medio de su desespero, el instinto de madre se apoderó de mí antes de que pudiera detenerlo. Olvidé por un segundo mis propias tragedias, la deuda y la paranoia que me asediaba, y me acerqué a él con paso firme pero delicado.
Con suavidad, le pedí que me permitiera sostener a Isabela. Michael, sin fuerzas para negarse, me la entregó con un suspiro de alivio. Al tomarla en mis brazos, la pegué a mi pecho y comencé a revisarla con minuciosidad.
Le arreglé su pequeño vestido rosa y, al deslizar mis dedos por la parte posterior de su cuello, noté que la etiqueta de plástico rígido del vestido estaba mal cortada, chuzando su delicada piel con cada movimiento.
Con rapidez, saqué unas tijeras pequeñas de mi bolso y corté la etiqueta causante del dolor. Acto seguido, revisé su pañal y noté que estaba excesivamente ajustado en los laterales, presionando sus muslos; lo reacomodé con paciencia, dándole el espacio que necesitaba para respirar con comodidad.
El llanto violento de la pequeña comenzó a disminuir, transformándose en un hipo apagado.
Fue en ese instante de relativa calma cuando Michael, apoyándose contra el borde de su escritorio de nogal, se pasó una mano por el rostro y me miró con una vulnerabilidad absoluta. Me confesó, con la voz ronca por el cansancio, que la pequeña llevaba horas sin querer probar el biberón y que el nutricionista pediátrico le había recomendado estrictamente la leche materna para fortalecer sus defensas, pero su madre los había abandonado y él ya no sabía qué hacer para alimentarla.
Lo miré fijamente, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco salvaje en el pecho y cómo la culpa por mis propias mentiras me quemaba por dentro. Tomé una decisión impulsiva, guiada por el dolor compartido de ver sufrir a una criatura inocente.
—Sé que es muy atrevido de mi parte, señor Jonas, pero yo lo puedo ayudar con esto —dije, sosteniendo su mirada serena.
Sin esperar su respuesta, me senté en el sillón de cuero marrón de la oficina, desabroché los primeros botones de mi camisa azul marino y me tapé con mi abrigo oscuro, creando un refugio seguro e invisible para los ojos ajenos. Con delicadeza, acerqué a Isabela a mi pecho, dejando que la bebé tomara mi leche de forma instintiva.
El silencio regresó al despacho, interrumpido solo por el sutil sonido de la niña alimentándose con avidez. Michael se quedó completamente inmóvil, contemplando la escena con una mezcla de asombro, profundo respeto y una gratitud que iluminó sus ojos cafés.
El aroma a café amargo de su escritorio parecía fundirse con la calidez del momento, creando una atmósfera tan íntima que me hizo olvidar temporalmente el peligro que acechaba en Queens.
Sin embargo, la paz duró poco. Michael, rompiendo el silencio con timidez, me preguntó con voz suave si yo también era madre.
El pánico me atenazó la garganta como una garra de hielo. La mentira contractual que le había ocultado en la entrevista estaba a punto de quedar expuesta ante la evidencia física de mi cuerpo. Casi en un grito, impulsada por el miedo ciego a perder el empleo que salvaría la vida de mi hijo, respondí con desesperación:
—¡No! No soy madre. Lo que pasa es que antes estaba embarazada y por eso es que todavía tengo leche en mis pechos. Solo que... perdi a mi hijo en un terrible accidente hace un tiempo, y por eso duré varios meses desempleada, tratando de recuperarme de semejante golpe.
Mis ojos cafés se llenaron de lágrimas reales al inventar aquella dolorosa historia, utilizando mi sufrimiento actual para cubrir el verdadero secreto.
Michael me miró con una compasión tan profunda que me partió el alma en mil pedazos.
Me dolía mentirle a un hombre que me trataba con tanta humanidad, pero la paranoia de la mafia no me dejaba otra opción.
Tenía que justificar el porqué sabía tanto de bebés y por qué tenía leche, así que me obligué a continuar con el relato ficticio antes de que hiciera más preguntas sobre mi vida privada.
—Y sé de niños porque mi hermana dio a luz hace poco y abandonó a su hijo sin mirar atrás —añadí, limpiándome una lágrima traicionera que resbalaba por mi mejilla—. Por eso yo me encargo por completo del niño Leo. Él vive con nosotras, y yo soy la responsable de sacarlo adelante junto a mi madre.
Michael asintió lentamente, procesando mis palabras con un respeto sagrado.
Se acercó un paso hacia mí, y por un segundo sentí que la distancia profesional entre el jefe frío de Wall Street y su nueva asistente se rompía para dar paso a una atracción inevitable y peligrosa, un lazo forjado en la intimidad de nuestras heridas compartidas.
El tiempo seguía corriendo en mi contra y la mafia continuaba esperando sus diez mil dólares, pero en ese despacho del piso veinticuatro, bajo el amparo de mi abrigo y con su hija Isabela alimentándose en mis brazos, comprendí que mi destino ya estaba sellado.
