Capítulo 5 Capítulo 5

Lina.

El bolígrafo negro temblaba ligeramente entre mis dedos mientras repasaba los anexos el eco de la oficina pareció desvanecerse en cuanto la pesada puerta de nogal se abrió.

Michael apareció en el umbral con su impecable traje oscuro, irradiando esa presencia imponente que dominaba Wall Street.

—Lina, ¿tiene listos los anexos de la propuesta de Tokio? —preguntó con su característica voz de barítono.

Me puse de pie de inmediato, tendiéndole la carpeta de cuero con pulso firme.

—Sí, señor Jonas. Ajusté los márgenes de riesgo y las cláusulas de salvaguarda tal como pidieron los asesores japoneses.

Michael hojeó los folios con rapidez, deteniéndose frente a mi escritorio el aroma limpio de su loción inundó el espacio.

—Es un trabajo brillante, Lina su intuición contable nos dio ventaja en la negociación y los inversores quedaron impresionados —afirmó sin apartar la vista del papel—. Por eso quiero que sea usted quien presente los informes ante la junta esta tarde.

El aire se me atragantó en la garganta.

—¿Yo? Apenas llevo unos días aquí, señor Jonas. ¿Está seguro de que soy la indicada?

—Completamente —dio un paso más, acortando la distancia entre nosotros—. He visto a expertos temblar ante los asiáticos, pero usted mantuvo la calma, calmó a mi hija cuando nadie más podía y demostró una lealtad inquebrantable tiene mi respaldo por cierto, llámeme Michael cuando estemos a solas.

Vaya a almorzar, la noto demasiado tensa.

—Gracias... Michael —murmuré, bajando la mirada para ocultar el nudo que amenazaba con ahogarme.

Antes de que pudiera responder, el zumbido violento de mi teléfono sobre el escritorio cortó el aire como un latigazo.

Michael.

A través del cristal traslúcido, observé a Lina organizar los gráficos para la junta su profesionalismo era indiscutible, pero su rigidez corporal delataba un terror constante.

Minutos después, en la sala de juntas vacía tras el éxito rotundo con los inversores, la miré fijamente mientras recogía los documentos.

—Se lo dije, estuvo impecable —le comenté mientras me desabrochaba el primer botón de la camisa—. Los destrozamos en la negociación.

—Gracias, Michael —respondió intentando mantener la compostura.

Sus manos temblaban de forma violenta un papel se deslizó de sus dedos y cayó al suelo; ambos nos agachamos al mismo tiempo y nuestras manos chocaron sobre el folio satinado.

Al levantar la cara, la distancia entre nosotros desapareció por completo sus ojos cafés me miraban con un pánico que no supo ocultar.

—Lina, dígame la verdad —le exigí, sujetando suavemente su muñeca para evitar que huyera—. miras el teléfono cada cinco minutos como si esperara una catástrofe. ¿De qué o de quién está huyendo? Si tiene problemas económicos, si su familia necesita seguridad, la empresa puede cubrirlo, no está sola.

Ella retiró la mano con un sobresalto, retrocediendo hasta chocar contra el ventanal.

—¡No es nada de eso! —exclamó con la voz quebrada, al borde de las lágrimas—. Solo... la carga de cuidar a mi madre y al hijo de mi hermana me abruma.

Necesito este empleo, por favor, no me despida.

—Nadie va a despedirla, Lina —dije acercándome a escasos centímetros de su espalda, sintiendo el impulso irrefrenable de rodearla con mis brazos y protegerla—. Pero no dejaré que se destruya sola déjeme ayudarla.

Un segundo zumbido interrumpió el aire cargado de la habitación.

Lina palideció de golpe.

Sacó el aparato del bolso con torpeza; la pantalla brillaba con una amenaza muda.

Sin pronunciar una sola palabra más, se giró con el rostro desencajado y huyó de la sala de juntas a toda prisa

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