Capítulo 6 Capítulo 6

Lina.

El tic-tac del reloj en el piso veinticuatro parecía marcar los segundos de una cuenta regresiva invisible.

Intentaba concentrarme en los informes financieros sobre mi escritorio, pero la sombra de la amenaza de la mafia me pisaba los talones.

La puerta de nogal del despacho principal se abrió y Michael salió con una carpeta en las manos, revisando unos apuntes con su habitual concentración.

—Lina, cuando termine con esos balances, necesito que coordine... —empezó a decir, pero se detuvo al ver mi rostro pálido—. ¿Se encuentra bien? La nota muy tensa desde ayer.

—Estoy bien, señor Jonas. Solo... un poco de cansancio acumulado. Enseguida reviso los balances —mentí, esbozando una sonrisa frágil que apenas disimulaba mi pulso tembloroso.

Michael me analizó durante unos segundos con sus penetrantes ojos cafés, buscando algo en mi expresión, antes de asentir con seriedad y regresar a su oficina.

Apenas el cristal traslúcido se cerró tras él, el intercomunicador de la mesa parpadeó de forma sutil era la voz de Clara, la recepcionista de la planta baja.

—Señorita Lina, disculpe la molestia. —Su tono sonaba extrañado y nervioso—. Hay un paquete para usted abajo. Un hombre extraño lo dejó en el mostrador hace apenas dos minutos. Dijo que era estrictamente personal y urgente.

Un frío helado me recorrió la columna vertebral.

—Gracias, Clara. Baja enseguida por él —respondí con un hilo de voz, cortando la comunicación antes de que notara el pánico en mi garganta.

Miré hacia el despacho de Michael. Su silueta se proyectaba a través del cristal; seguía concentrado en sus documentos.

Aprovechando ese breve margen, me puse de pie con las piernas flaqueando y bajé a toda prisa por las escaleras de servicio hasta la planta baja.

Clara me entregó un sobre de manila pesado y áspero al tacto.

—El mensajero se marchó corriendo apenas lo soltó —susurró ella con incomodidad—. Tenía un aspecto bastante intimidante.

No me atreví a abrirlo allí mismo. Volví a subir corriendo, escondiendo el sobre dentro de mi bolso con una mezcla de náusea y terror absoluto. Apenas me senté en mi silla, con el corazón golpeándome las costillas, saqué el contenido con los dedos entumecidos.

De la solapa cayó una fotografía a color. Era mi ex, atado a una silla de madera en un almacén oscuro, con el rostro desfigurado por los golpes y cubierto de sangre. Debajo, unas letras recortadas de un periódico decían con frialdad: "Treinta y seis horas, Lina. Sigue jugando a la secretaria perfecta y el siguiente cuerpo que enviaremos será el de este imbécil al portal de Jonas Capital. Cincuenta mil en efectivo".

El aire se me atragantó en los pulmones, un mareo violento amenazó con derribarme allí mismo, pero me mordí los labios con fuerza hasta probar el sabor metálico de la sangre para obligarme a reaccionar.

Si Michael salía de su despacho en ese instante y veía la fotografía, descubriría todo: mis mentiras contractuales, mi pasado y la red de criminales que había arrastrado hasta las puertas de su empresa.

Con manos temblorosas, doblé la foto y el papel amenzante, guardándolos en el compartimento más oculto de mi bolso.

Me apliqué polvos en el rostro con desesperación para disimular la palidez de muerte y tragué saliva repetidas veces.

En ese momento, la puerta de nogal se abrió. Michael salió sosteniendo una taza de café vacía, dirigiéndose hacia mi escritorio.

—Lina, sobre los anexos de la tarde... —empezó a decir, deteniéndose a pocos centímetros de mí.

Me puse de pie de inmediato, enderezando la espalda con una rigidez fingida y bloqueando con mi propio cuerpo cualquier vista hacia el escritorio.

—Todo está bajo control, señor Jonas —interrumpí, intentando que mi voz sonara firme, aunque el pulso me temblara por completo—. Los informes estarán listos antes del mediodía. No tiene de qué preocuparse.

Michael me miró fijamente, con esa calma magnética que parecía leer a través de mis mentiras, pero se limitó a asentir con una leve sonrisa.

—Confío en usted, Lina. Pero recuerde que si algo la abruma, esta oficina tiene puertas abiertas —dijo antes de dar media vuelta.

Lo vi alejarse con el alma en un hilo.

Había logrado sortear el peligro por ahora, extremando las precauciones para proteger mi secreto, pero sabía que el reloj seguía corriendo y que el margen de maniobra se reducía a cenizas.

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