Capítulo 9 Capítulo 9
Lina
—¡Mierda, no! —jadeé, sacando el móvil con los dedos completamente congelados por el pavor.
El zumbido sordo dentro de la tela de mi bolso había sido un latigazo directo a mis nervios con las manos temblándome sin control, deslicé la pantalla a duras penas el mensaje de texto de ese número desconocido brillaba en la penumbra como una condena de muerte instantánea:
«Estamos abajo, en la entrada principal baja con el dinero en efectivo ahora mismo o subimos por ti al despacho.»
—No, no, no puede ser... —murmuré, apoyando la espalda contra la pared y golpeando el concreto con la palma de la mano las piernas me temblaban tanto que sentía que colapsaría en cualquier segundo—. Ya tengo los quince mil dólares... ¿Por qué demonios están aquí? ¡Se supone que la entrega era en el muelle al terminar la jornada!
El pánico me quemaba el pecho como un trago de ácido.
Apenas media hora antes había bajado a escondidas al cajero automático de la planta baja para retirar el capital que Michael me había aprobado con esa generosidad ciega, majestuosa y protectora los fajos de billetes de cien dólares estaban ahí, apretados dentro de un sobre blanco en el fondo de mi bolso pero a esos animales de la mafia no les importaba el horario corporativo, ni los protocolos de Wall Street; querían sangre, querían cobrar sus cuentas de inmediato y querían estrujarme hasta sacarme el último centavo.
Corrí hacia el pasillo de los ascensores principales presioné el botón de bajada una y otra vez con desesperación, como si la vida se me fuera en ello —y en verdad así era—.
—¡Vamos, avanza, muévete de una maldita vez! —gimoteaba entre dientes, apretando los puños mientras las puertas de metal pulido finalmente se abrían de par en par.
Me metí a la cabina vacía, sintiendo cómo el descenso acelerado me revolvía las entrañas en una masa de náuseas y hiel provocada por el puro pánico.
Cada piso que descendía el marcador digital era un metro más cerca del infierno al llegar al majestuoso vestíbulo de la planta baja de Jonas Capital, me frené de golpe y me oculté frenéticamente tras una de las imponentes columnas de mármol.
Asomé los ojos con verdadero terror.
A través de los cristales gigantescos que daban hacia la avenida principal, lo vi.
El mismo simio de la chaqueta de cuero oscura desgastada que habia visto en la penumbra del callejón de carga estaba ahí parado desafiante junto a los torniquetes de seguridad de la entrada, gesticulaba de forma salvaje y discutía a gritos contra el guardia de turno.
—¡Que me dejes pasar, imbécil! —bramaba el cobrador con una voz ronca y cavernosa que resonaba con violencia en todo el vestíbulo corporativo—. ¡Te digo que vengo a entregar unos documentos urgentes para la secretaria ejecutiva del piso veinticuatro! ¡Llámala ahora mismo o déjame subir a buscarla a su escritorio! ¡No tengo todo el maldito día para perderlo con tus protocolos estrictos de mierda!
—¡Señor, guarde la compostura y baje la voz o llamo inmediatamente a la policía! —respondía el guardia de seguridad, plantado con absoluta firmeza frente al acceso, bloqueándole el paso con el cuerpo—. ¡Sin una identificación válida y una cita registrada en el sistema de la firma, usted no pone un solo pie en las oficinas principales! ¡Retírese de la entrada ahora mismo!
—¡Maldita sea! —escupió el tipo, dando un golpe seco y violento contra el metal del torniquete que hizo eco en el piso.
—Dios mío... Dios mío... —musité, ahogando un sollozo con la palma de la mano.
El suelo se abría bajo mis pies.
Si ese criminal lograba burlar la seguridad y subir al piso veinticuatro, todo mi mundo se desplomaría en pedazos la imagen de Michael descubriendo mi red de mentiras, viendo la fotografía sangrienta de Johan desfigurado a golpes y comprendiendo que su "empleada necesitada" era una mentirosa que lo había manipulado... El solo pensar en ver desprecio y asco en sus profundos ojos cafés me dolía mucho más que cualquier amenaza de muerte física.
—Tengo que salir de aquí... Tengo que esconderme... —balbuceé, dando un paso atrás.
Giré en redondo y corrí hacia el pasillo lateral empujé la pesada puerta de emergencia y me adentré en las escaleras de servicio.
Concreto frío.
Iluminación opaca.
Empecé a subir los escalones de tres en tres, tropezando con los tacones, ahogándome por la falta de aire y sintiendo cómo el corazón me reventaba las costillas en un vuelco salvaje de pura adrenalina.
—¡Aire! ¡Por favor, necesito aire! —lloriqueaba en la penumbra, intentando sofocar mis propios gemidos con las manos sudorosas.
Me desplomé exhausta en el descansillo del piso catorce, con las piernas hechas gelatina y la espalda pegada a la fría pared de ladrillo visto.
¡Cric-crack!
El crujido metálico de la puerta de la planta trece abriéndose un piso más abajo me heló la sangre en las venas unos pasos pesados, lentos y rítmicos comenzaron a subir la escalera de hormigón.
—Lina... —la voz ronca del cobrador ecoaba en el hueco oscuro, cargada de una amenaza nauseabunda que me erizó los vellos de los brazos—. Sé perfectamente que estás escondida por aquí, ratita escurridiza. ¿Crees que eres muy lista jugándole a la secretaria elegante en Wall Street? Esos quince mil dólares que te soltó tu jefecito millonario son apenas una mísera propina para que el pequeño Leo siga respirando un día más allá en su cuna.
¿Dónde está el resto? Si no sales ahora mismo con el sobre blanco en la mano, subo al despacho principal y le cuento toda la verdad a Michael Jonas en su propia cara.
A ver si te sigue mirando con esa carita de ángel.
—No... no... cállate... por favor cállate... —suplicaba yo en un hilo de voz imperceptible, hiperventilando en la oscuridad, tapándome la boca con las palmas empapadas de sudor frío para no emitir ni el más mínimo sollozo.
¡Bzzzt! ¡Bzzzt!
En ese preciso instante, el teléfono móvil dentro de mi bolso comenzó a vibrar de nuevo.
Un zumbido constante y violento que amenazaba con retumbar en el silencio de la estructura de concreto.
—No... no ahora... ¡no me hagas esto! —gimoteé entre dientes, metiendo la mano a ciegas para sacar el aparato a los tirones.
La pantalla iluminó mi rostro en medio de la penumbra con un nombre que me partió el alma en mil pedazos.
Era él.
