Capítulo 2 Capítulo 1. Bajo presión.

Capítulo 1.

Bajo presión.

Cuatro años después.

Una caravana de autos pasa sin detenerse. Nadie se atreve a atravesarse, nadie se entromete; todos abren paso sumisamente a los glamuroso vehículos de la hacienda Monsalve. San Pedro Garza García se vende al mundo como una burbuja de riqueza y seguridad hipervigilada, una postal perfecta de mansiones y corporativos que nació en 1596 y floreció con el poder del Grupo Monterrey y que ahora es dominada por la gran familia Monsalve. Los líderes absolutos de la mafia, capos implacables que han tomado la ciudad y la hicieron suya. Tienen el poder de un gobierno entero; lo que ellos dicen se hace, nadie entra y nadie sale sin que su red de vigilancia lo sepa. Conocen a cada familia, cada rincón, cada secreto. Tienen el control total y nadie se atreve a cuestionarlo, ni siquiera las autoridades locales, pues todos están comprados o aterrados por el cártel, dirigido con pulso de hielo por el líder superior: Vicente Monsalve.

Un hombre de mediana edad, un despiadado sanguinario que ha tomado el control de todo a su paso, convirtiendo la vida de las personas en un régimen de esclavitud moderna. Bajo su voluntad o en contra de ella él hace lo que le plazca, y la gente, conformista y quebrada por el miedo o por recibir sus migajas, lo adora como a un dios oscuro. Nadie se atreve a desafiarlo ni a llevarle la contraria; aquí, él es el rey indiscutible. ¿Cómo lo sé con tanta certeza? Porque crecí rodeada de estas bestias. Mi padre, Gonzalo Parra, ha sido el líder de los hombres de seguridad de la familia Monsalve desde que tengo memoria. Nací inmersa en este círculo vicioso, muy cerca de ellos, y en mi inocencia creí que pertenecía a su mundo. Qué equivocada estaba. Me enamoré de quien jamás debí mirar, y mi padre pagó un alto precio por esa traición: vio cómo asesinaban a mi madre frente a sus ojos solo para perdonarme la vida a mí. Desde entonces, nos hemos convertido en enemigos bajo el mismo techo, y yo soy su prisionera eterna.

—¿Tú qué haces aquí? —pregunta mi padre, su voz resonando como un trueno lleno de furia contenida mientras me observa desde los escalones de la entrada.

—Dijiste que te trajera las pastillas de la tensión, por eso he venido —respondo con el corazón en la garganta, notando los autos de lujo estacionados en la imponente entrada de la hacienda mientras permanezco paralizada junto al umbral del portón.

—Tienes que irte. ¡Marlon, sácala de aquí ahora mismo!

—Vine porque me lo has pedido… ¿qué hice mal? —protesto con la voz temblorosa.

Marlon me toma del brazo con brusquedad, apartándome de la entrada con una fuerza descomunal que me arrastra hacia su cuerpo.

—Camina, cierra la boca y súbete a la camioneta. Te llevaré a casa —espeta con los dientes apretados.

Mi cuerpo se estremece por completo ante su mirada cargada de una tensión oscura. Sin atreverme a replicar, obedezco y me subo al vehículo. Él conduce de forma imprudente, acelerando a fondo al salir de la propiedad, y solo cuando nos alejamos lo suficiente reduce la velocidad. Minutos después, arribamos a nuestra casa; el corazón me late desbocado en el pecho como un tambor frenético. Al vernos entrar y notar cómo me sujeta con rudeza, su madre se alarma de inmediato.

—¿Qué… qué hizo? ¿Qué le hiciste mi niña? —intenta interponerse ella con torpeza.

—No debió ir a la hacienda. ¿Por qué no fuiste tú?

—Mi niño, traíamos las bolsas pesadas del mercado, no podía caminar bien con mi rodilla mala, por eso la mandé a ella… Por favor, suéltala, deja a la niña, Marlon.

—¡No se meta, cucha! ¡Esto es un asunto entre marido y mujer! —zanja él con desprecio.

Forcejeo inútilmente mientras me arrastra por el pasillo hasta adentrarnos en la habitación, donde me arroja sin miramientos sobre el colchón. El aire se vuelve denso y pesado, impregnado con el olor acre a su sudor y al humo de tabaco impregnado en su chaqueta. Mi esposo, Marlon García uno de los hombres de seguridad de mi padre, su mano derecha, su alumno, y el hombre elegido para ser mi esposo con la falsa promesa de que él podría protegerme, se ha convertido en realidad en mi carcelero y mi dueño.

Me quedo completamente rígida, guardando un silencio sepulcral mientras me apoyo sobre los codos. Siento el frío helado del colchón traspasar la tela de mi ropa, marcando un contraste brutal con el peso opresivo de sus manos que me aprisionan. Espero el golpe inevitable, conteniendo la respiración en medio de una tensión que corta la piel. Sin embargo, su actitud cambia de golpe: se precipita hacia mí, me toma entre sus brazos y me besa con una intensidad feroz, hambrienta y desesperada. Apenas logro corresponder a esa marea de emociones cuando, de pronto, me toma firmemente del cuello y me obliga a mirarlo directo a los ojos.

—Tú eres mía, ¿lo sabes, verdad? —susurra con una aspereza que cala hondo.

—Lo sé… —digo con voz ronca, mis manos temblando de pánico al tenerlo tan cerca.

Él alza la mano lentamente y mi instinto me hace encogerme, esperando el castigo. Sin embargo, lo que recibo es una caricia suave, extraña e inusual que hace muchísimo tiempo no me regalaba.

—Te amo tanto, Morrita… no tienes idea de cuánto —dice en un tono de súplica rota que, para mi propia sorpresa, me arranca lágrimas silenciosas.

—Lo sé… Lo siento, no debí ir sin avisar, perdóname… —respondo con un nudo en la garganta.

—Te perdono… —murmura él, transformando su expresión en una máscara de falsa dulzura—. Quiero que te alejes de la hacienda, no quiero que vuelvas por allá, ¿me escuchaste? No te quiero cerca ni siquiera a una cuadra, ¿me estás escuchando?

—Sí, lo haré… te lo juro, te lo prometo.— Murmuró temblando.

—Muy bien, muy bien… —afirma antes de devorarme los labios, dando inicio a un acto tan mecánico y desagradable.

Mi corazón da un vuelco cargado de una profunda zozobra. Me quedo completamente inmóvil, permitiendo que él cumpla su parte mientras cierro los ojos con fuerza. Una lágrima rebelde e involuntaria recorre mi mejilla, pero la limpio de inmediato con el dorso de la mano antes de que él pueda notarlo, aguantando en silencio hasta que finaliza, sede.

—Tengo que irme —dice besando suavemente mi cuello con una aparente ternura que no disimula su control—No quiero que salgas de la casa. Quédate aquí hasta que regrese.

Me besa la cien mientras se acomoda la ropa con presteza y sale de la habitación, cerrando la puerta con pestillo desde afuera. El clic metálico resuena como una sentencia en la quietud de la noche, atrapándome en el silencio de mis propios pensamientos mientras asumo el peso de esta condena de la que jamás podré escapar.

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