Capítulo 3 Capítulo 2. Atrapada.
Capítulo 2.
Atrapada.
Mi cuerpo entumecido se encoge de manera instintiva entre las sábanas ásperas, aferrándome al mal sabor que se instala en mi garganta después de cada acto impuesto. Mi mente viaja de forma inevitable hacia el pasado, desenterrando los hilos que me atan a mi esposo. Marlon y yo crecimos juntos. Él era el ahijado de mi padre, el hijo de un viejo amigo que había caído en medio de uno de aquellos cruentos enfrentamientos. En ese entonces, mi padre juró proteger al muchacho y lo trató como a un hijo más, mientras yo lo veía simplemente como a un hermano. Sin embargo, con el paso de los años, esa presencia se transformó en una sombra asfixiante. Marlon me seguía a todas partes, me vigilaba bajo la excusa de protegerme de todo y de todos, incluso de Lucían.
Durante la adolescencia, los límites comenzaron a desdibujarse de forma alarmante. A mí me costaba cada vez más escapar de su acecho constante, sintiendo que las intenciones del joven cruzaban la línea de la lealtad familiar hacia un terreno oscuro y posesivo. Mi padre, lejos de poner un freno, le otorgaba cada vez más poder sobre mí. La verdad estalló con crudeza una noche en la que, tras descubrir las maquinaciones de mi progenitor para vincular mi destino al de Marlon quien estaba consumido por un encaprichamiento enfermizo de convertirme en su esposa, corrí a buscar refugio en los brazos de Lucian.
Aquel recuerdo estalla en el presente con la misma violencia de entonces. Lucian, siempre imponente, de una naturaleza posesiva que desafiaba cualquier lógica, perdió el control por completo al saber que Marlon rondaba mi espacio. La idea de que otro hombre me codiciara encendía en Lucian una furia ciega. Por mi parte, intentaba por todos los medios hacerle entender a Marlon que no éramos el destino del otro, pero él estaba cegado, obsesionado con la idea de poseerme tal como mi padre se lo había sembrado en la cabeza.
Entonces ocurrió lo inimaginable. Una noche, mi padre le pidió a Marlon que se quedara a cuidar de mí en la casa. No había intenciones de quedarme a solas con él, pero el destino ya estaba escrito. Tras la cena, un entumecimiento extraño comenzó a recorrer mi organismo; mi cuerpo se estremeció con violencia y el mundo se volvió un lienzo borroso e inasible. Al despertar en medio de la oscuridad, los gritos y los golpes resonaban en cada rincón de la habitación. Al abrir los ojos, Lucian estaba allí, destrozando a golpes a Marlon en una pelea brutal, mientras yo yacía en la cama, completamente desnuda entre las sábanas, con la cabeza dando vueltas en un vacío absoluto de memoria. Mi madre gritaba alterada en el umbral, mi padre intentaba evitar una desgracia mayor, y el patriarca de los Monsalve, Vicente me observaba con un desdén helado desde la puerta, custodiado por hombres que apartaban a Lucian a la fuerza. Desde esa noche, el mundo tal como lo conocía se extinguió para siempre.
Las imágenes del pasado irrumpen con la fuerza de un torbellino, arrancándome lágrimas de dolor en la absoluta soledad de mi encierro actual. Tras aquella fatídica noche, después de meses de encierro, yo cargaba el cuerpo inerte de mi hijo, sintiendo el frío de su pequeña piel contra mi propio pecho, mientras la figura imponente del patriarca de los Monsalve me contemplaba desde la distancia antes de ser arrastrada a la fuerza hacia él.
—Mi sangre ha fallecido ante sus manos, ella debe morir —sentenció el patriarca con voz sepulcral.
Vicente desenfundó su arma y me apuntó directamente al pecho. El mundo entero se volvió de un gris ceniciento; lo había perdido a él y a mi pequeño, el único vínculo que me mantenía aferrada a la vida. Sin esperanzas, con el cuerpo de mi hijo sin vida en los brazos, estaba lista para aceptar el final. Ya no quedaba nada por qué luchar. Cerré los ojos y esperé el impacto, pero en ese instante, mi madre irrumpió corriendo y se precipitó para interponerse entre la bala y mi vida.
—¡Nooo! ¡Mi hija noooo…! —gritó mi madre, desplomándose pesadamente sobre mí, convirtiendo el aire en un testigo mudo de cómo la vida de alguien más se apagaba por mi culpa.
Antes de exhalar el último suspiro, mi madre suplicaba aferrada a mi ropa.
—Sálvale la vida, prométemelo, Gonzalo… prométeme que llevarás a nuestra hija a casa, prométemelo.
—Oveb, no… ella tiene que pagar por sus acciones… —respondió mi padre con la voz quebrada.
—¡Prométemelo, Gonzalo! Lleva a nuestra hija a casa, no olvides lo que hablamos, te lo suplico… —rogaba mi madre en un estertor agónico, suplicando por una existencia que ya no valía la pena ser vivida.
La muerte de mi madre selló mi condena perpetua. Esa misma noche, tras el deceso, mi padre se postró de rodillas ante el poder implacable de los Monsalve, implorando clemencia y jurando hacerse cargo de mí, recordándole al tirano que ya me habían arrebatado todo.
—Me ha quitado lo que más amaba, mi señor. Le ruego que cumpla sus últimos deseos y le perdone la vida a mi hija. Por los años de lealtad y servicio, se lo suplico. Ya ha perdido a un hijo, ha perdido a su madre… permítame llevar a mi esposa a casa y a mi hija de vuelta. Le juro que ella no volverá a causarle problemas, me aseguraré de que jamás vuelva a cruzarse en su camino. La comprometeré con Marlon, y él me ayudará a mantenerla lejos de usted para siempre.
La mirada de Vicente de los Monsalve era tan fría como el hielo, incapaz de albergar compasión. Sin embargo, al observarme, notó mi poca lucidez; entendió que ya no representaba una amenaza, pues el único peligro real para sus planes había sido arrancado de mi vientre. Aquella noche me mataron en vida, seguros de que yo jamás volvería a tener el valor de interferir en sus designios.
—Llévensela de mi vista. Sáquenla de aquí —ordenó con desprecio el patriarca.
Sus hombres me arrastraron fuera de la hacienda, tirándome al suelo como si mi cuerpo no tuviera valor alguno, mientras yo me aferraba con desesperación al cadáver de mi bebé en medio de la oscuridad. Desde esa noche, quedé formalmente comprometida con Marlon.
Tras los funerales, la casa de mi padre se llenó de una alegría hipócrita mientras yo me consumía por dentro. Mi boda careció de toda celebración grandiosa. Marlon intentaba darlo todo, esforzándose por demostrarme que era el indicado, que el destino nos había querido juntos desde el principio. Pero yo estaba muerta en vida; cada noche deseaba con todas mis fuerzas reunirme con mi madre y mi hijo, aferrada a un hilo invisible de esperanza que me unía al más allá.
Sin embargo, Marlon siempre estaba allí, vigilante, intentando demostrar una lealtad enfermiza que al menos se mantuvo firme durante los primeros dos años. Con el tiempo, la paciencia de Marlon se agotó ante la muralla de frialdad y mis constantes rechazos. La frustración mutó en una furia incontrolable. Cada negativa de mi parte se convirtió en una amenaza latente; la violencia escaló hasta los golpes, y cada episodio venía acompañado de una rosa o un regalo cínico como disculpa absurda. Pronto las justificaciones desaparecieron: cada rechazo se tornó en un castigo sistemático, y cada noche se repetía el tormento de sus intentos por hacerme suya a la fuerza.
Durante los primeros meses forcejeaba, gritaba, lloraba y suplicaba, pero comprendí muy pronto que nada de aquello importaba. Marlon no se detenía ante nada, y mi propio padre, lejos de interponerse, avalaba cada uno de sus actos bajo el pretexto de someterla. Luego sobrevino una obsesión aún más aterradora: Marlon anhelaba un hijo que sellara su dominio absoluto. Pero yo me juré a mí misma resistir hasta el último aliento. Desde hace años, ingiero pastillas anticonceptivas que escondo en el fondo de un cajón bajo la cama, ocultas tras una tabla de madera suelta. Son los mismos comprimidos que Lucian solía comprarme en el pasado y que yo continúo consiguiendo a través de una antigua conocida de la escuela, aprovechando los escasos tiempos de libertad que me dan.
Marlon sigue mis pasos a todas partes, me niega la salida a solas y vigila minuciosamente cada movimiento. Es él quien me conduce a las consultas médicas obligatorias, y aunque los especialistas insisten en que clínicamente me encuentro sana para concebir, la esterilidad de sus intentos frustra al Marlon hasta sacarlo de quicio, aumentando la tensión invisible que impregna las paredes de mi encierro, ante sus constantes acusaciones: “¿Por qué a él si le diste un hijo y a mi no? ¿Por qué?” aquellas palabras son mi condena desde entonces, permanezco bajo está prisión que me condena.
