Capítulo 4 Capítulo 3. Cruel recuerdo.
Capítulo 3.
Cruel recuerdo.
El silencio sepulcral de mi habitación se convierte en el único testigo de mis días, un refugio clandestino donde la espera es, ante todo, un ejercicio de supervivencia. El encierro me ha concedido este espacio para volcar mis pensamientos en las páginas de mi diario, un desahogo íntimo que mantengo oculto, sabiendo que Marlon no regresará hasta pasada la medianoche. Respiro hondo, con el corazón encogido por una anticipación que me revuelve las entrañas, mientras aguardo en rigurosa paciencia su llegada y escucho el sordo deslizamiento de la bandeja con la cena que la madre de Marlon desliza por debajo de la puerta, tratándome exactamente como lo que soy: una prisionera en mi propio hogar.
—Come, querida, que se enfría —se escucha su voz al otro lado.
—Gracias, doña Lucía —respondo con un hilo de voz.
Me levanto con calma, me acerco a la puerta, tomo los platos y ceno en absoluto silencio. Mis pensamientos invaden cada rincón de mi cuerpo; es inevitable no pensar en él, en cómo estará y qué será de su vida. Lágrimas inesperadas, calientes y amargas, recorren mis mejillas. Llevo años albergando este sentimiento profundo en el pecho, este dolor punzante, el recuerdo imborrable de su mirada, de su rabia, de su dolor, de la impotencia cruda que destilaba al ver mi cuerpo marcado, la cruel y silenciosa demostración de que me había entregado a otro, de que ya estaba sucia, manchada. No pronunció ni una sola palabra, pero esa mirada me lo decía absolutamente todo. Y su abuelo, Vicente, no dudó ni un solo segundo en aprovechar el momento para despreciarme con crueldad: «Vamos, hijo, no gastes tiempo y energía en una mujer tan vulgar, no vale la pena». En ese instante me costaba respirar, pensar, hablar, y desde entonces lo perdí todo.
Mi comida queda intacta en el plato, anegada en lágrimas. Los recuerdos se han convertido en mi castigo perpetuo, la tortura silenciosa que desgasta mi cuerpo desde adentro. No puedo evitarlo; la tristeza que inunda mi alma no se disipa ni se calma jamás. Es una condena de la que no hay escape. Una vez lo tuve todo, creí erróneamente que el mundo me pertenecía, pero me equivoqué de la forma más trágica. A veces nos aferramos a la vida viviendo como si nada malo fuera a pasar, y cuando menos te lo esperas, el destino te golpea con fuerza y todo aquello en lo que creías se desvanece en cuestión de segundos. Ahora ya no espero nada, no anhelo absolutamente nada; solo dejo que los días fluyan, porque sé muy bien que estoy condenada a la infelicidad eterna.
De repente, el sonido metálico de la perilla de la puerta empieza a girar. Es mucho más temprano de lo que esperaba. El pánico me sacude; me muevo con desesperación, recojo rápidamente los platos, corro a esconder mi diario bajo la madera suelta y trato de mantener la calma mientras me limpio las lágrimas a toda prisa. Cuando veo la puerta abrirse, la figura de mi padre aparece ante mí. Su mirada es fría, distante y desolada; recorre la habitación ordenada y luego desvía los ojos hacia el suelo, donde permanecen los platos con la comida intacta. Vuelve a enfocarme a mí, suspirando de forma pesada, con un cansancio denso y oscuro reflejado en sus pupilas.
—Esta noche Marlon no vendrá, tiene asuntos que atender en la hacienda. Sal a servirme —ordena con voz seca.
—Sí, padre —respondo de inmediato.
Me muevo con lentitud, sintiendo las piernas débiles. Con las manos temblorosas, tomo los platos y salgo tras él. Mi padre se sienta a la mesa en completo silencio. Me observa, me analiza de arriba abajo con esa severidad calculadora hasta que logro colocarme frente a él, acomodando los utensilios. De pronto, su mano se estira y toma la mía. Mi cuerpo entero se estremece con violencia; no puedo evitar temblar bajo su contacto. Lo miro fijo, con las pestañas aleteando sin control, presa del miedo.
—¿Hice algo mal? ¿Quieres que caliente la comida de nuevo? —pregunto con la voz completamente quebrada, mirando al hombre que alguna vez fue mi héroe indiscutible y que hoy se ha transformado en mi carcelero y enemigo.
Desde pequeña siempre admiré a mi padre. Lo recordaba como un hombre poderoso, calculador, controlado e inteligente que había alcanzado la posición que ostentaba entre los Monsalve porque se había sacrificado más que nadie. Fue herido de gravedad al salvar la vida del hijo del jefe, cargándolo a cuestas fuera de la balacera hasta la hacienda, dándole al señor Vicente una última oportunidad para despedirse de su primogénito. Desde ese día, mi padre ascendió y se ganó un lugar de respeto inquebrantable. Mi madre y yo lo adorábamos; era un hombre alegre que, al volver de sus misiones, jugaba con nosotras sin descanso. Él adoraba a mi madre y, aunque yo no había nacido como el varón que él tanto anhelaba para su legado, decía que veía a mi madre reflejada en mí.
Desde muy pequeña, mi parecido con ella era innegable. Poseía una melena visiblemente más abundante y espesa, con una cascada de ondas suaves de un profundo color castaño oscuro que se extendía notablemente más debajo de mi cintura. Mis cejas, perfectamente definidas y arqueadas, enmarcaban unos ojos de una cautivadora forma almendrada y ligeramente achinada, dotados de un tono miel cálido y luminosos destellos ámbar, realzados por pestañas largas y pobladas que acentuaban una profundidad abrumadora en mi mirada. Mi rostro exhibía una tez tersa y de un tono cálido, iluminada sutilmente por un rubor natural, acompañada de una nariz delicadamente perfilada y unos labios carnosos, de contornos definidos y un tono sumamente seductor. Con una estatura de 1,65 metros, proyectaba una belleza magnética, sofisticada y de una presencia estética innegable. Mi cuerpo se distinguía por formas profundamente femeninas y voluptuosas: senos naturales de gran volumen, una cintura pequeña y bien definida que daba paso a unas curvas sumamente pronunciadas, y piernas notablemente largas y esbeltas, todo coronado por un buen trasero.
Aquella belleza natural, unida a la ilusión de ser idéntica a la mujer que él amaba, me hacía creer que mi padre realmente me adoraba. Pero me equivocaba. Me toleraba porque amaba a mi madre y quería verla feliz, a pesar de que ella jamás le dio el heredero varón que tanto deseaba. Él solía repetir que las niñas eran un imán constante de problemas y exigía que mi madre me educara con mano dura. Al final, lo defraudé, arruinando la escasa esperanza que albergaba en mí. Hoy en día, ese hermoso reflejo que alguna vez le recordaba a mi madre está completamente manchado, marcado por la debilidad, el sufrimiento y la desnutrición. Sus ojos se detienen un instante en mis brazos delgados, y su expresión se endurece todavía más.
—Toma un plato y siéntate. Sírvete de comer —ordena tajante, sin levantar la vista.
—No tengo… —comienzo a decir, pero al ver cómo su mirada por fin se alza para clavarse en la mía, un destello helado recorre mi espina dorsal, provocando un escalofrío que me paraliza.
Sin atreverme a replicar, obedezco en silencio. Tomo un plato, me sirvo una porción pequeña y me siento frente a él con cada músculo de mi cuerpo tenso como una cuerda de acero. Comemos despacio, envueltos en un silencio denso, casi irrespirable, hasta que la figura de la señora Lucía irrumpe en el comedor.
—Oh, señor Gonzalo, si me hubiera avisado no sabía que estaba aquí, yo misma le habría servido… —dice con tono servicial.
Mi padre continúa comiendo sin levantar la vista ni dignarse a mirarla.
—No es necesario que usted me sirva. Para eso está Atenea —responde con desdén.
Lucía se calla de inmediato, avergonzada. Desde que mi padre decidió entregarme en matrimonio a Marlon, ella ha tenido que soportar la incómoda convivencia bajo el mismo techo. Es evidente que Lucía intenta captar la atención de mi padre en más de una ocasión, pero él está completamente blindado, cerrado a cualquier posibilidad de afecto o reemplazo.
—Señor… quería preguntarle si había alguna posibilidad de que la niña me acompañe mañana al regresar de la escuela para llevarme al hospital. No me he estado sintiendo nada bien… —suelta Lucía con timidez.
Las palabras quedan suspendidas en el aire. Mi padre detiene sus movimientos, levanta lentamente la vista y, como si un mecanismo frío se activara en su mente, la fija con absoluta severidad.
—Va a tener que ir sola. Atenea, terminando las clases, debe regresar a la casa de inmediato. No la quiero vagando en la calle. ¿Me has entendido?
—Sí, padre, lo entiendo —respondo sumisa, bajando la mirada.
Veo cómo se levanta de la mesa, dejando su plato a medias, y se retira sin añadir una sola palabra más. Doña Lucía me mira con nerviosismo y culpa, sin saber cómo manejar la tensión.
—Con su permiso, niña, me retiro a descansar. Buenas noches…
—Buenas noches, doña Lucía —contesto con voz apagada.
En cuanto me quedo completamente sola, me pongo de pie. Recojo los platos, los lavo con movimientos mecánicos y me encamino hacia mi habitación. Al entrar, me acerco a colgar el saco de mi padre en el perchero; sin embargo, al rozar la tela, un olor profundamente familiar golpea mis fosas nasales con la fuerza de un puñetazo, dejándome sin aliento. Un dolor sordo y extraño invade mi pecho de golpe; un zumbido agudo me paraliza las piernas y mi respiración se vuelve errática, desesperada.
Ese olor… ese perfume.
Mis piernas tiemblan sin poder sostenerme y el mundo empieza a dar vueltas a mi alrededor. Es un aroma que no había sentido en años, una fragancia que se clava en mis sentidos con una intensidad brutal que me descoloca por completo. Con las manos temblando de forma incontrolable, levanto el saco y lo pego desesperadamente a mi nariz, absorbiendo con avidez ese rastro inconfundible que ya no es producto de mi imaginación atormentada. Es él. Es el perfume que usaba Lucian.
