Capítulo 5 Capítulo 4. Reencuentro con el pasado.
Capítulo 4.
Reencuentro con el pasado.
No logro respirar con calma. Mi cuerpo se estremece de pies a cabeza mientras intento desesperadamente mantener el control, preguntándome una y mil veces cómo es posible que mi padre tenga ese exacto aroma impregnado en su ropa. Durante todos estos años, ese perfume europeo que el padre de Lucian compró para él en un viaje de negocios y que nadie más en este pueblo utilizaba se había disipado por completo. En los días más oscuros, cuando la soledad y el encierro me ahogaban, yo solía buscar su rastro invisible en cada rincón de mi memoria para encontrar un poco de paz, un refugio que alguna vez llenó mi alma. Y ahora, de repente, vuelve a mí en una fracción de segundos, en este instante de absoluta vulnerabilidad. ¿Cómo es posible que, tras años de haberle perdido el rastro por completo, hoy regrese para atormentarme?
La nostalgia me invade con tanta fuerza que no puedo resistirlo; caigo de rodillas sobre el suelo frío del pasillo, abrazada con desesperación al saco de mi padre. Es ese olor lo que me hace sentirlo tan cerca, y al mismo tiempo, es inevitable no sentirme mal, profundamente vulnerable. Después de nuestra historia, de todo lo que perdimos, mi pecho duele de forma densa y constante. Deslizo mis dedos temblorosos por la fina tela y, limpiándome las lágrimas a prisa, me pongo de pie justo en el momento en que escucho unos pasos firmes aproximarse.
—Mi saco, lo dejé… —dice mi padre deteniéndose en el umbral al verlo sujeto entre mis brazos. Su expresión cambia de golpe. Intento no cruzar mi mirada con la suya, evito sus ojos a toda costa y simplemente extiendo la prenda hacia él.
—Lo siento, iba a tenderlo para ti, lo… dejaré aquí —digo con un hilo de voz, mucho más débil de lo que yo misma esperaba.
Sin esperar respuesta, me retiro lentamente hacia la soledad de mi alcoba. Pero encerrarme aquí no disipa la angustia que me quema el pecho. No puedo pegar un ojo en toda la noche; la ansiedad ha vuelto como una amiga silenciosa y cruel que regresa cuando menos lo espero, impidiéndome pensar con claridad. Solo me limito a llorar en silencio, esperando con el alma rota a que esta sensación de ahogo finalmente pase.
Al llegar la mañana siguiente, camino con lentitud hacia el baño. Me aseo como cada lunes y me preparo para ir a trabajar. Mi vocación siempre ha sido la enseñanza; desde que era una niña soñaba con ser docente y compartir el mundo con los niños. Ese sueño se ha convertido en mi único y verdadero refugio desde hace dos años. Marlon, en un intento retorcido por complacerme y demostrar que era el hombre correcto, me consiguió este puesto en una escuela de prestigio situada a treinta minutos de aquí. Entro a las ocho de la mañana y salgo a las doce y media del mediodía. La paga es excelente, sí, pero eso es lo que menos me importa; dar clases se ha convertido en mi motor de vida. Tras haber sobrevivido a dos intentos de muerte, he encontrado una tabla de salvación en las aulas. Adoro a mis alumnos de preescolar, y la manera tan cálida en que me reciben es lo único que me mantiene cuerda, lo único que por momentos logra recordarme a mi pequeño hijo perdido.
—Date prisa, te llevaré a la escuela. Todavía hay tiempo antes de que entre a mi turno —ordena mi padre con absoluta severidad desde la puerta.
Siempre ha sido de esta manera. O me lleva Marlon o me lleva él; jamás se me permite ir sola a trabajar. Antes solía buscar cualquier pretexto absurdo para tomar el autobús que pasa a las afueras de la ciudad e intentar escapar. Todos los días, esos autobuses parten hacia la capital a las siete de la mañana y no regresan hasta el día siguiente. En dos ocasiones intenté huir, pero el conductor, conociendo de sobra a mi padre y el terror que su nombre inspira, lo llamaba de inmediato por teléfono. No hay forma de escapar de este infierno; hace mucho tiempo perdí la esperanza de lograrlo. Sin embargo, aunque ellos insisten en escoltarme cada día y la gente del pueblo actúa como espías informándole a mi padre cada paso que doy, el breve trayecto y las horas en la escuela representan mi único respiro, los únicos instantes donde puedo sentirme mínimamente libre antes de regresar al encierro.
El camino hacia la institución transcurre en un silencio denso. Voy con la mirada perdida, distraída observando el paisaje a través de la ventanilla hasta que finalmente llegamos a la prestigiosa escuela.
—Gracias por traerme —le informo en voz baja.
Él no emite respuesta alguna. Se limita a observarme en silencio, y no enciende el motor para irse hasta cerciorarse de que el pesado portón de la entrada se cierra por completo a mis espaldas.
—Buen día, maestra, le traje una manzana —dice uno de los pequeños con una sonrisa inocente apenas cruzo el umbral del aula.
—Oh, muchas gracias, cariño —respondo devolviéndole el gesto con ternura.
—Muy bien, buenos días, niños —digo frente al grupo.
—¡Buenos días, maestra! —responden todos al unísono, formando ese coro armonioso que tiene el poder mágico de llenar mi vacía vida de una efímera alegría.
La mañana transcurre sin mayores contratiempos. Como todos los días, a las doce y media del mediodía, termino de despachar al último alumno y comienzo a recoger mis cosas con parsimonia para iniciar el retorno.
—Adiós, Atenea —se despide una compañera.
—Que tengas buen día, profesora Albanela —le contesto.
—Buen día, querida.
Salgo al pasillo dispuesta a marcharme, pero de pronto, los hombres de seguridad de la hacienda Monsalve me cortan el paso, deteniéndome en seco. Mi corazón se estremece de golpe y doy un paso atrás con el pecho latiendo a un ritmo frenético. Ocultándome detrás del umbral del pasillo, asomo la mirada para enfocar la escena que se desarrolla frente a mí.
Un escalofrío devastador recorre mi espina dorsal; mis piernas ceden sin mi permiso y mi corazón da un vuelco trágico, violento y desgarrador. Siento que el aire se evapora por completo de mis pulmones mientras la respiración se me quiebra en un jadeo inútil. Intento asimilar que no se trata de una alucinación, de una de esas crueles jugadas con las que mi mente me ha torturado durante cuatro años de cautiverio. Pero no es una ilusión. Él está ahí. A pocos metros de mí, imponente, con el rostro endurecido por el paso del tiempo y el peso absoluto del poder: Lucian Monsalve. Mi primer amor. El dueño absoluto de mi alma, el hombre al que jamás he podido arrancar de mi corazón.
