Capítulo 10 Capitulo 10

La verja

La casa no olía a encierro.

Eso fue lo primero que la enfureció.

Lola se quedó en el recibidor con la bolsa contra el pecho y el diamante frío en el cuello, esperando el golpe de una puerta que se cierra con llave, el roce de una reja, el silencio de los sitios donde se guarda a la gente. No llegó. El alto había cerrado la puerta de la calle con un cuidado casi doméstico, y ahora el aire olía a cera de suelo, a madera limpia y al naranjo que entraba por alguna ventana que ella todavía no veía. Había una mesa contra la pared, de patas delgadas, y sobre ella un jarrón de boca ancha con ramas secas que alguien había cortado con intención. No eran flores de funeral. Eran ramas. Alguien las había elegido.

El hombre del fondo no se había girado del todo.

Seguía de espaldas tres cuartos, la mano apoyada en el marco de la puerta que daba a la luz. El traje era oscuro, de corte exacto, sin brillo. El cabello, corto en la nuca, dejaba ver la línea de la piel. No parecía un capo. Parecía un hombre que había interrumpido algo —una mirada al jardín, una frase que no había terminado de pensar— y que no tenía prisa por retomarlo. Lola odió esa falta de prisa más que si la hubiera recibido con una orden.

El alto se detuvo a su lado, sin tocarla.

—La habitación está arriba —dijo—. Primera puerta a la derecha. Puede dejar la bolsa. El señor Bartolucci la verá cuando termine.

Terminar qué, no lo dijo. Se apartó. Sus pasos se perdieron hacia la izquierda, por un pasillo que olía a papel y a café frío. Lola se quedó sola con la espalda del hombre y con el jarrón de ramas secas.

No subió.

Dio un paso hacia el centro del recibidor. El suelo era de piedra clara, pulida, y sus zapatos no hicieron ruido. Desde allí veía, a través de la puerta entreabierta, un trozo de jardín interior: césped corto, una fuente pequeña que no tenía agua, y, al fondo, la copa de un naranjo. El olor le llegó más claro. Dulce. Terroso. Igual al de la casa de su padre en los meses en que la fruta todavía colgaba. Se le cerró la garganta. No era posible. O sí lo era, y por eso dolía más.

El hombre se movió.

No se volvió hacia ella. Solo desplazó el peso, como si hubiera oído el cambio en su respiración, y habló sin levantar la voz.

—Puede odiar el jardín si quiere. No se va a secar por eso.

La frase le llegó de espaldas. Baja. Sin ironía visible. Lola apretó la bolsa hasta que el cuchillo, a través de la tela, le marcó la palma.

—No he venido a odiar un jardín —dijo.

Él no contestó enseguida. Se apartó del marco. Por fin se giró.

No era el hombre del pañuelo. No tenía los ojos grises. Tenía los ojos oscuros, casi negros a esa distancia, y una cara que no intentaba ser amable ni cruel. Era una cara quieta. La mandíbula marcada, la boca cerrada, una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda que no parecía reciente. La miró como se mira algo que ya se ha medido muchas veces y que, aun así, se vuelve a medir. No sonrió. No se acercó.

—Entonces a qué ha venido —preguntó.

Lola sostuvo la mirada. El diamante le latía contra la piel.

—A cumplir lo que mi padre firmó. Tres años. Un techo. Un heredero. —Escupió la última palabra como si le supiera a hierro—. Y a recordar, cada día, quién mandó cerrarle los ojos a Miguel Ángel.

El nombre del muerto quedó en el aire del recibidor, entre el olor a naranjo y el olor a cera. Rubén no parpadeó. No se defendió. Solo asintió, una vez, como quien acepta un dato que ya conocía.

—La habitación está lista —dijo—. Si quiere gritar, hágalo arriba. Las paredes de abajo tienen gente que trabaja.

Se volvió. No le dio la espalda del todo. Caminó hacia el pasillo de la izquierda con la misma falta de prisa con la que había estado en el marco, y desapareció detrás de una puerta que no cerró del todo. El clic no llegó. Quedó entreabierta, como una invitación o como una falta de interés. Lola no supo cuál de las dos cosas la enfurecía más.

Subió.

La escalera era ancha, de madera oscura, con una alfombra estrecha en el centro que amortiguaba los pasos. En las paredes no había retratos. Había cuadros pequeños, de paisajes que no reconocía, y una lámpara de pantalla clara que alguien había encendido aunque todavía era de día. La primera puerta a la derecha estaba abierta. Dentro, la habitación olía a sábanas limpias y a la misma cera del recibidor. Había una cama grande, un armario de dos puertas, una mesa junto a la ventana y un sillón que no parecía de adorno. La ventana daba al jardín interior. Desde allí se veía el naranjo entero, y más allá, la fuente seca.

Lola dejó la bolsa sobre la cama. No la abrió. Se acercó a la ventana y apoyó la palma en el cristal. El jardín estaba cuidado. Demasiado cuidado. Alguien había podado las ramas bajas del naranjo. Alguien había rastrillado la grava de los caminos. No había sillas volcadas. No había pétalos pisados. No había nada que recordara una capilla.

Eso la enfureció más que la verja.

Una cárcel habría tenido barrotes visibles, un guardia en la puerta, el olor a encierro que ella había preparado durante dos inviernos. Esto tenía naranjos. Tenía luz. Tenía una cama con sábanas que olían a limpio y un sillón donde alguien podría sentarse a leer. Parecía una casa donde se podía vivir. Donde, quizá, alguien había pensado en ella antes de que ella cruzara el umbral. La idea le subió a la boca con sabor a bilis.

Se apartó de la ventana. Abrió la bolsa. Sacó el pañuelo con el anillo y el diamante —el diamante ya lo llevaba puesto— y lo guardó en el cajón de la mesilla. El cuchillo lo dejó envuelto, debajo de la muda de ropa. No lo sacó. Si lo sacaba ahora, tendría que decidir qué hacer con él, y todavía no estaba lista para decidir nada que no fuera odiar el olor a naranjo.

Se sentó en el borde de la cama. El colchón no crujió. Era bueno. Demasiado bueno. Se llevó las manos a la cara y respiró contra las palmas. El corazón le latía en la garganta, contra el diamante, y por un momento creyó que iba a gritar. No gritó. El grito se le quedó detrás de los dientes, igual que el día de la capilla, convertido en un temblor que le bajó a las rodillas y allí se quedó.

Abajo, en alguna parte de la casa, una puerta se cerró. No fue un portazo. Fue un cierre suave, de quien no necesita anunciar que se va. Lola levantó la cabeza. El silencio que quedó era el de una casa grande, con gente que se mueve en otras alas y que no tiene por qué subir. No era el silencio de una prisión. Era el silencio de un sitio donde ella era la única que había llegado con un cuchillo en la bolsa y un juramento en la boca.

Se levantó. Fue al armario. Lo abrió. Estaba vacío, salvo por unas perchas de madera y una caja de sábanas dobladas en el estante de arriba. No había ropa de mujer. No había nada que indicara que otra hubiera dormido allí antes. Eso también la enfureció. Habría preferido encontrar un rastro, un perfume ajeno, una prueba de que Rubén Bartolucci coleccionaba deudas con forma de cuerpo. Encontrar vacío era peor. El vacío sugería espera.

Cerró el armario. Volvió a la ventana. El naranjo no se había movido. Una hoja cayó, lenta, y se posó en la grava. Lola la miró hasta que los ojos le ardieron. Luego se apartó, se sentó en el sillón —demasiado cómodo— y sacó la libreta de la bolsa. La abrió por la última página escrita.

Dos inviernos. El puerto no habla. El juez firma. Padre tiene miedo. Yo no he olvidado el nombre.

Debajo, con letra más firme de lo que sentía, añadió:

Día uno. La casa no parece una cárcel. Hay naranjos. Eso es peor.

Cerró la libreta. La guardó. Se quedó en el sillón con las manos quietas sobre los brazos de madera y escuchó la casa. En alguna parte, lejos, alguien hablaba en voz baja. No distinguía las palabras. Distinguía el tono: el de quien da una orden sin alzar la voz. Rubén. O alguien que hablaba como él.

Lola cerró los ojos. El olor a naranjo seguía allí, fiel, entrando por la ventana que no había cerrado. Se prometió no acostumbrarse. Se prometió contar los días. Se prometió que, cuando el filo que llevaba en la bolsa encontrara el momento, no temblaría.

Abajo, la casa seguía sin parecer una prisión.

Y eso, más que la verja, más que el contrato, más que la voz baja del hombre que no se había acercado, era lo que le ardía en la boca como una deuda nueva.

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