Capítulo 6 Capitulo 6
La mesa del padre
Los hombres llegaron un jueves, a la hora en que el sol ya no daba en la verja.
Lola los vio desde la esquina, con la bolsa de la mercería todavía en la mano. Eran tres. No bajaron del coche negro. El motor seguía en marcha, un rumor bajo que se mezclaba con el de los naranjos, ya sin fruta. Uno de ellos, el del asiento del copiloto, tenía la ventanilla a medio bajar y miraba la casa como se mira un número que no cuadra. No fumaba. No hablaba. Solo miraba.
Ella no cruzó. Dio la vuelta por la calle de atrás, entró por la puerta de la cocina y dejó la bolsa sobre la mesa sin encender la luz. Su padre estaba en el comedor. Lo oyó antes de verlo: el roce de la libreta contra la madera, el vaso que no terminaba de posarse. Cuando asomó, lo encontró de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, como si necesitara el mueble para no caerse.
—Hay gente afuera —dijo ella.
Él no levantó la vista.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde que el plazo se acabó.
La frase quedó entre los dos, pequeña y exacta. Lola se quitó el abrigo. El diamante, bajo el cuello del suéter, le rozó la piel al moverse. Se sentó frente a él. La mesa estaba vacía de platos. Solo la libreta, abierta por una página donde las cifras se habían tachado tantas veces que el papel parecía herido, y un cenicero con tres colillas apagadas.
—¿Cuánto? —preguntó.
Su padre soltó una risa corta, sin aire.
—Ya no es cuánto. Es a quién.
Ella esperó. Había aprendido, en dos inviernos, que el silencio a veces arrancaba más que la pregunta. Él se pasó la mano por la boca. Tenía la barba de varios días y las uñas más cortas de lo que Lola recordaba, comidas hasta el borde.
—Bartolucci no quiere el dinero —dijo al fin—. Quiere cerrar la cuenta. Y la cuenta, Lola, ya no cabe en un sobre.
El nombre le subió a la garganta como sube el hierro cuando se huele de cerca. No parpadeó. Apoyó las manos en la mesa, planas, para que no se le notara el temblor que le había nacido en los dedos.
—¿Qué le has ofrecido?
—Nada. —La mentira le salió demasiado rápida. Se corrigió con un suspiro—. Tiempo. Le pedí tiempo. Me lo negó.
Afuera, el motor del coche seguía. Lola lo oía a través de la ventana entreabierta, constante, como un reloj que no necesita que nadie lo mire para seguir. Se levantó. Fue a la cocina. Llenó un vaso de agua y se lo bebió de pie, de espaldas a su padre, mirando el jardín oscuro. Los naranjos no tenían hojas. Parecían más altos así, más capaces de guardar secretos.
Cuando volvió, él había cerrado la libreta.
—Mañana vendrán a hablar —dijo—. No abras. No preguntes. Si llaman, di que no estoy.
—Estás.
—Para ellos, no.
Lola se sentó otra vez. El anillo, en el índice, golpeó suave contra la madera. Su padre lo miró. Por un segundo, algo parecido a la pena le cruzó la cara. Desapareció antes de que ella pudiera nombrarlo.
—¿Qué van a pedir? —insistió.
Él negó con la cabeza.
—No lo sé. O no quiero saberlo todavía. Come algo. Hay pan en la alacena.
No comió. Subió. Desde la ventana de su cuarto vio el coche todavía en la verja. Uno de los hombres había bajado. Fumaba ahora, de espaldas a la casa, la brasa del cigarrillo marcando el ritmo de su espera. No miraba hacia arriba. No necesitaba. La casa ya estaba contada.
Lola cerró la cortina. Abrió el armario. El vestido de encaje seguía allí, más rígido que nunca. Lo sacó. Lo extendió sobre la cama. La mancha del corpiño había perdido el brillo de la sangre fresca; ahora era una sombra marrón, casi educada. Pasó la palma por encima. El tul crujió bajo los dedos, seco. Debajo encontró el pañuelo y el anillo de Miguel Ángel. Se los puso en el regazo. El diamante, en el cuello, le pesaba más que de costumbre.
No lloró. El llanto se le había quedado en algún invierno anterior, convertido en otra cosa. Se quedó sentada en el borde de la cama, con los objetos del muerto sobre las rodillas, y escuchó el motor de abajo hasta que, cerca de la medianoche, se apagó. El silencio que quedó fue peor. Era el silencio de quien se va sabiendo que volverá.
A la mañana siguiente, los hombres no estaban. La verja amaneció con una marca de neumático fresca en el barro. Su padre había salido antes del alba. Dejó una nota en la mesa, escrita con letra desigual: No abras a nadie. Volveré tarde. Lola la leyó dos veces. La guardó en el bolsillo del delantal de la mercería y se fue a trabajar como si el día fuera cualquiera.
No lo fue. A media mañana, la dueña le pidió que atendiera el mostrador mientras ella iba al banco. Lola cortó cintas. Anotó pedidos. Sonrió cuando una clienta le contó que su hija se casaba en primavera. El anillo, en el índice, le rozaba la tijera cada vez que cerraba la mano. A la una, salió a comprar pan. Al volver, el coche negro estaba otra vez frente a la casa.
Esta vez había bajado uno. Alto, de abrigo oscuro, las manos en los bolsillos. No fumaba. Miraba la puerta como si ya conociera el camino. Lola se detuvo en la esquina opuesta. El corazón le latía en la garganta, contra el diamante. Contó hasta treinta. El hombre no se movió. Entonces ella cruzó, despacio, con la bolsa del pan contra el pecho, y entró por la cocina sin mirarlo.
Dentro, la casa olía a café frío. Su padre no había vuelto. Sobre la mesa del comedor había un sobre que no estaba por la mañana. Blanco. Sin nombre. Lola lo dejó donde estaba. Subió. Desde la ventana vio al hombre todavía en la verja. Había dado un paso hacia la puerta. Solo uno. Luego se detuvo, como si alguien, desde dentro del coche, le hubiera dicho que esperara.
El teléfono de la casa sonó a las cuatro.
Lola no contestó. Dejó que sonara hasta que se calló. Sonó otra vez a las cuatro y diez. A la tercera, bajó. Descolgó. No dijo nada.
—Señorita Valdés —dijo una voz de hombre, baja, sin prisa—. Su padre nos debe una conversación. Dígale que mañana, a las diez, en la casa. Que no falte.
Colgaron antes de que ella pudiera preguntar quién hablaba. El silencio del auricular le quedó en la oreja, frío. Lo colgó con cuidado. Se quedó de pie en el pasillo, con la mano todavía en el aparato, y oyó, afuera, el motor que arrancaba y se alejaba.
Cuando su padre volvió, ya era de noche. Traía el abrigo húmedo y los ojos más hundidos. Vio el sobre en la mesa. No lo abrió delante de ella. Lo guardó en el bolsillo interior, el mismo donde antes llevaba la libreta.
—Mañana vienen —dijo Lola.
Él asintió. Se sirvió un vaso de agua. Bebió despacio.
—No estarás aquí.
—Sí estaré.
—Lola.
—Si van a hablar de mí, quiero oírlo.
Su padre la miró por fin. Había algo en sus ojos que ella no le conocía: no era solo miedo. Era la resignación de quien ya ha firmado, en alguna parte, un papel que no puede deshacer. Se sentó. La silla crujió.
—No es de ti —mintió—. Es de números. De plazos. Tú no tienes nada que ver.
Ella no le creyó. Se quedó de pie, con las manos en el respaldo de la silla de enfrente, y lo miró hasta que él bajó la vista al vaso vacío.
—Si me mientes ahora —dijo, baja—, no voy a perdonártelo.
Él no contestó. Afuera, el viento movía las ramas desnudas de los naranjos. Lola subió. No cenó. Se acostó con el diamante puesto y el anillo en el índice, y escuchó, durante horas, los pasos de su padre en el comedor: de la mesa a la ventana, de la ventana a la mesa, como un hombre que mide una habitación que ya no le pertenece.
Cerca del amanecer, el coche volvió. Esta vez no se detuvo en la verja. Pasó despacio, una vez, y siguió. Lola lo vio desde la cama, a través de la cortina entreabierta. No se levantó. Cerró los ojos y repitió, en silencio, el nombre que la ciudad no quería pronunciar.
Mañana estarían dentro.
Y ella, por primera vez en dos inviernos, no pensaba esconderse en el puerto ni en la mercería. Pensaba sentarse a la mesa. Pensaba oír, por fin, qué era lo que su padre había ofrecido cuando el dinero dejó de alcanzar.
