Capítulo 1 1

―Si acercas ese frasco a menos de un metro del vestido, te saco del museo.

El hombre del traje oscuro miró el atomizador en su mano.

―Buenos días para ti también.

―No estaba bromeando.

―Yo tampoco. Son las ocho y siete.

―Y ya estás infringiendo protocolo.

―Estoy sosteniendo un frasco cerrado.

―Que contiene alcohol, aceites aromáticos y una cantidad suficiente de malas decisiones.

Su boca se curvó.

―Entonces ya tenemos algo en común.

Respiré hondo.

Elian Rivas.

Treinta y cinco años.

Perfumerista.

Rostro de campañas donde siempre parecía estar a punto de desabrocharle la ropa a alguien.

Y, según el Museo Arístides, mi colaborador durante los próximos tres meses.

Qué idea tan estúpida.

Todavía no sabía que lo verdaderamente peligroso no estaba dentro del frasco.

―Vega Salvatierra ―dije.

―Sé quién eres.

Eso me molestó.

―Yo también sé quién eres tú.

―Eso sonó a amenaza.

―Era información.

Elian dejó el frasco sobre una mesa auxiliar, lejos del vestido.

Al menos obedecía.

Frente a nosotros descansaba una pieza de seda color marfil de 1924. El tejido había sobrevivido cien años, dos mudanzas, una inundación parcial y una propietaria con pésimo criterio para guardar ropa.

No pensaba permitir que muriera por culpa de un perfume.

―La fragancia no se aplicará sobre textiles ―dijo Elian.

―Eso espero.

―Ni cerca.

―Mejor.

―Ni en esta sala durante pruebas.

Lo miré.

―¿Ya conoces las restricciones?

―Las leí.

―¿Todas?

―Tres veces.

Eso no encajaba con la imagen que había construido de él.

Elian metió las manos en los bolsillos.

―Puedes parecer decepcionada.

―No lo estoy.

―Lo estás un poco.

―Estoy evaluando riesgos.

―¿Yo soy un riesgo?

―Todavía no lo sé.

―Qué romántico.

―No vine a ser romántica.

―Eso también lo había notado.

Antes de responder, Inés Montalbán entró con una carpeta bajo el brazo.

―Perfecto. Ya se conocieron.

―Nos estamos adorando ―dijo Elian.

―Está a dos comentarios de ser expulsado ―respondí.

Inés ni parpadeó.

―Excelente química laboral. Tenemos nueve semanas para montar Lo que permanece.

Le tendí la mano.

―Necesito confirmar zonas de exclusión.

―Aprobadas.

―Control ambiental.

―Estable.

―Materiales de montaje.

―En camino.

Elian levantó un dedo.

―Y yo necesito diez minutos con Vega para explicarle que no planeo rociar Chanel sobre un vestido histórico.

―No usarías Chanel ―dije.

Me miró.

―¿Eso fue conocimiento o insulto?

―Ambos.

Inés sonrió.

―Los dejo trabajar.

Cobarde.

Se marchó.

Elian caminó alrededor de la mesa sin acercarse demasiado.

―La idea no es perfumar objetos.

―Ya lo dijiste.

―Quiero crear estaciones olfativas independientes.

―Separadas de las vitrinas.

―Sí.

―Con ventilación propia.

―Sí.

―Sin difusión continua.

―Sí.

―Y materiales testeados.

―Vega.

―¿Qué?

―Puedo hacer mi trabajo sin asesinar el tuyo.

La frase me frenó.

―Eso está por verse.

Él apoyó las manos en la mesa.

Manos bonitas.

No era relevante.

Largas, limpias, con una cicatriz pequeña en el nudillo derecho.

Menos relevante todavía.

―¿Siempre eres así? ―preguntó.

―¿Así cómo?

―Como si cada persona nueva llegara con una cerilla encendida.

―Solo quienes cobran por fabricar sustancias volátiles.

―Ah. Entonces es personal.

―Profesional.

―Peor.

Abrí mi carpeta.

―Esta primera sala trabaja memoria doméstica. Hay cuatro piezas.

―Vestido, abrigo, pañuelo y guantes.

Levanté la vista.

―Te aprendiste el inventario.

―Te dije que leí todo.

―La mayoría solo mira las fotografías.

―La mayoría no tiene que construir un aroma sin contaminar una fibra centenaria.

Otra sorpresa.

No me gustaban las sorpresas.

Elian tomó una tira olfativa del estuche.

―Quiero mostrarte una base.

―Aquí no.

―Está seca.

―Aquí no.

―Ni siquiera huele ya.

―Aquí no.

Me sostuvo la mirada durante dos segundos.

Después guardó la tira.

―Bien.

Eso fue peor que si hubiera discutido.

―¿Qué?

―Nada.

―Has puesto cara de problema.

―Pensé que protestarías.

―Dijiste que no.

―Sí.

―Entonces no.

Algo incómodo se movió dentro de mí.

Quizá esperaba arrogancia porque era más fácil trabajar con alguien predecible.

―Ven ―dije.

―¿Eso fue una invitación?

―Al laboratorio auxiliar.

―Casi me emociono.

Caminamos por el pasillo.

Elian iba a mi lado, demasiado alto y demasiado tranquilo.

―¿No usas perfume? ―pregunté.

―No mientras trabajo.

―¿Un perfumista sin perfume?

―Si huelo a algo, contamino mi nariz.

―Eso sí tiene sentido.

―Gracias. Guardaré este momento.

Abrí la puerta del laboratorio.

―No te acostumbres.

Dentro había acero, vidrio, papel y cero textiles históricos.

Mi territorio seguro.

Elian abrió su maletín.

Todo estaba ordenado con precisión irritante.

―Esperaba más caos.

―Qué prejuiciosa.

―Esperaba frascos por todas partes y una bufanda ridícula.

―La bufanda está en tintorería.

Me reí.

Fue involuntario.

Él levantó la cabeza.

―Eso sí que no me lo esperaba.

―¿Qué?

―Que te rieras.

―No exageres.

―Tienes bonita risa.

Cerré la expresión.

―No hagas eso.

―¿Qué?

―Coquetear.

―No estaba coqueteando.

―Claro.

―Si coqueteara, lo sabrías.

―Qué amenaza tan modesta.

Elian sacó tres tiras.

―Prueba uno.

Acercó la primera.

No estaba mal.

Cítrico al inicio, algo verde después.

―Demasiado limpio.

―Correcto.

Segunda.

Más cálida.

Madera, piel seca, algo floral.

―Demasiado bonita.

―Eso suena ofensivo.

―Lo es.

Tercera.

La olí.

Nada.

Fruncí el ceño.

―Está casi vacía.

―Porque falta piel.

―¿Perdón?

―La fórmula cambia con temperatura corporal.

―Entonces pruébala contigo.

―Ya lo hice.

―¿Y?

―No funciona.

―Qué pena.

―Necesito otra piel.

Lo miré.

Él sonreía demasiado poco para estar bromeando.

―No.

―No te he pedido nada.

―Ibas a hacerlo.

―Solo una gota en la muñeca.

―No soy material de laboratorio.

―Tampoco lo era yo ayer.

―Usa a Inés.

―Tiene migraña con almizcles.

―Bruno.

―Llega mañana.

―Entonces espera.

Elian apoyó ambos antebrazos en la mesa.

―Podría.

―Hazlo.

―Pero tú eres la única persona aquí que necesito convencer de que esto funciona.

―Eso no mejora tu argumento.

―No intento convencerte con mi encanto.

―Menos mal.

―Vega.

―¿Qué?

―Si dices que no, es no.

El tono cambió.

Sin broma.

Sin provocación.

Eso me desarmó más que cualquier sonrisa.

Miré el frasco.

―Una gota.

Elian no se movió.

―¿Segura?

―No hagas que me arrepienta.

Extendí la muñeca.

Él se acercó.

Destapó el frasco.

Una gota cayó sobre mi piel.

Nada más.

Pero sus dedos quedaron cerca.

Demasiado.

―No frotes ―murmuró.

―Sé cómo funciona un perfume.

―Quiero creerlo.

―Aléjate.

―Necesito olerlo.

―Eso suena peor de lo que debería.

Sonrió.

Se inclinó hacia mi muñeca.

Su nariz quedó a centímetros de mi piel.

Sentí su respiración.

El pulso me traicionó.

Elian lo notó.

Por supuesto.

―No digas nada.

―No iba a decir nada.

―Tu cara sí.

―Tu pulso también.

―Elian.

―Quieto.

Esperó unos segundos.

Volvió a acercarse.

Esta vez más despacio.

El aroma cambió.

Yo también lo percibí.

Madera húmeda.

Naranja amarga.

Algo suave, casi salado.

Elian dejó de sonreír.

―Eso no estaba ahí.

―¿Qué?

Tomó mi muñeca con cuidado.

No apretó.

Solo sostuvo.

Su pulgar quedó junto a mi vena.

―Tu piel abrió la nota de fondo.

―Suéltame.

Lo hizo de inmediato.

El frío ocupó el lugar de su mano.

Qué absurdo notarlo.

―Interesante ―dije.

―Mucho.

―Podemos repetir mañana.

―¿Podemos?

―Por trabajo.

―Claro.

Guardé el frasco.

―Y no vuelvas a mirarme así.

―¿Así cómo?

―Como si hubieras descubierto algo.

Elian sostuvo mi mirada.

―Lo descubrí.

―¿El perfume?

Negó lentamente.

―No, Vega.

―Entonces ¿qué?

Sus ojos bajaron a mi muñeca y luego a mi boca.

―Que el problema no va a ser encontrar qué aroma funciona sobre tu piel, sino cuánto voy a tardar en dejar de querer acercarme para comprobarlo.

Siguiente capítulo