Capítulo 2 2

―No vuelvas a decirme que quieres acercarte a mi piel.

Elian cerró el frasco con una calma irritante.

―Entonces no me hagas preguntas cuya respuesta no quieres escuchar.

―Era una pregunta profesional.

―Mi respuesta también.

―No hay nada profesional en mirar mi boca mientras hablas.

―Eso sí fue personal.

Lo fulminé con la mirada.

―Perfecto. Ya establecimos el límite.

―¿Cuál?

―No coqueteas conmigo durante las pruebas.

―Puedo trabajar con eso.

―Y no haces comentarios sobre mi pulso.

―Eso será más difícil.

―Elian.

―Bien. Sin pulso.

Guardé las tiras olfativas y me lavé la muñeca.

El aroma tardó en desaparecer.

Demasiado.

Cuando salí del laboratorio, todavía podía sentir aquella mezcla de madera húmeda y naranja amarga pegada a mi piel.

Peor aún, podía recordar exactamente cómo había sostenido mi muñeca.

Yo había trabajado con cirujanos, coleccionistas, diseñadores y restauradores con ego suficiente para llenar una nave industrial.

A las nueve, Celia Aranda apareció con dos cajas de material de conservación.

―¿Ese es Elian Rivas?

Miró hacia el laboratorio.

―Sí.

―En persona es peor.

―¿Peor?

―Más guapo.

―Celia.

―Estoy casada, no ciega.

Elian salió en ese momento.

―Gracias.

Celia se puso roja.

Yo cerré los ojos.

―¿Estabas escuchando?

―Tengo buen oído además de buen olfato.

―Qué desgracia tan completa.

―Vega, ¿puedo robarte cinco minutos?

―Depende.

―La fórmula cambió más de lo esperado. Necesito registrar evolución.

―Ya la lavé.

Su cara pareció genuinamente ofendida.

―¿La lavaste?

―Era una prueba, no un tatuaje.

―Necesitaba saber cómo evolucionaba durante dos horas.

―No me lo dijiste.

―Pensé que era evidente.

―Nada es evidente si no está escrito.

Elian se quedó quieto.

Celia miró entre ambos.

―Voy a desempacar lejos de aquí.

―Podemos repetir ―dijo él.

―Mañana.

―Hoy.

―Tengo trabajo.

―Yo también.

―Entonces trabaja con otra piel.

―Bruno aún no llega.

―No es mi problema.

―No, pero sí es tu exposición.

―Una prueba. Y me dices exactamente cuánto tiempo debe quedarse.

―Dos horas.

―Sin tocarme después.

―Necesito oler la evolución.

―Desde lejos.

―Eso contradice la física.

―Adáptate.

Su sonrisa regresó.

―Qué carácter.

―Qué paciencia la mía.

Volvimos al laboratorio.

Extendí la muñeca sin ceremonia.

Elian dejó caer una sola gota.

Esta vez no me sostuvo.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

―Listo ―dijo.

―¿Qué?

―Nada.

―Tienes cara de querer decir algo.

―Estoy respetando el límite.

―Milagro.

―Me está costando.

―Sobrevive.

Volví a la sala principal.

Durante la siguiente hora trabajé con Celia en el vestido marfil.

Una costura lateral necesitaba estabilización y una zona del forro presentaba tensión.

Fibra.

Peso.

Temperatura.

Decisiones medibles.

A los cuarenta minutos, Celia levantó la cabeza.

―Hueles bien.

Casi pinché la seda con la aguja.

―No digas eso.

―Solo dije que hueles bien.

―No importa.

―Ahora importa muchísimo.

―Celia.

―¿Es su perfume?

―Es una prueba.

Sonrió.

―Claro.

Elian apareció junto a la puerta.

―¿Puedo?

―¿Puedes qué?

―Acercarme a tu muñeca sin que presentes una denuncia.

Celia soltó una risita.

―Me voy por cinta de seda.

―Tenemos aquí.

―Necesitamos más.

Traición.

Me quité los guantes.

―Treinta segundos.

Elian entró.

―No necesito tanto.

―Presumido.

―Eficiente.

Extendí la mano.

Él se inclinó.

No tocó.

Su respiración rozó mi piel.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro.

Un escalofrío pequeño.

Elian levantó los ojos.

―Ni una palabra.

―Estoy siendo ejemplar.

―Sigue.

Volvió a oler.

―Cambió.

―¿Para bien?

―Sí.

―¿Qué aparece?

―Iris.

―No estaba en la fórmula.

―Está en una cantidad mínima. En papel desaparecía.

Se acercó otra vez.

―Y algo más.

―¿Qué?

―Sal.

―¿Sal?

―Tu piel la empuja.

―Mi piel no empuja nada.

―Tu piel tiene opiniones.

―No le des personalidad.

―Llegas tarde.

Retiré la mano.

―Ya está.

Elian se enderezó.

―Necesito una segunda zona.

―No.

―Vega.

―Dijiste muñeca.

―Para comparar temperatura.

―Usa tu cuello.

―Mi piel ya sabemos qué hace.

―Qué conveniente.

―Podemos usar antebrazo.

―Eso es menos sospechoso.

―Qué romántica.

―Qué insistente.

Le ofrecí el antebrazo.

Aplicó una gota.

Elian esperó.

―No la huelas todavía.

―No pensaba hacerlo.

―Bien.

―Aunque me gusta que seas tú quien ahora da instrucciones sobre cómo acercarme.

Lo miré.

―Acabas de perder el derecho a hablar.

Sonrió.

Celia regresó con una cinta que no necesitábamos.

―¿Interrumpo ciencia?

―Sí ―respondí.

―No ―dijo Elian.

―Definitivamente ciencia.

El resto de la mañana fue soportable hasta que Inés anunció una reunión con los patrocinadores.

―Quieren ver avance conceptual a las cuatro.

―Todavía no hay fórmula cerrada ―dijo Elian.

―No necesitan fórmula. Necesitan dirección.

Inés me miró.

―Y necesito que ambos expliquen por qué aroma y textil pueden coexistir sin riesgos.

―Eso puedo hacerlo.

Elian asintió.

―Yo también.

―Sin pelear.

Nos miró específicamente.

―Eso reduce posibilidades ―dijo él.

―Podemos intentarlo ―respondí.

Uno de los patrocinadores sugirió pulverizar fragancia sobre réplicas de los vestidos para que la experiencia fuera “más inmersiva”.

―No ―dije.

Elian habló al mismo tiempo.

―Ni hablar.

Nos miramos.

El hombre parpadeó.

―Solo era una idea.

Elian sonrió con educación.

―Y agradecemos que se quede en esa categoría.

Tuve que ocultar una sonrisa.

Después explicamos juntos el sistema de estaciones olfativas, distancia, ventilación y control.

Al salir, Elian caminó junto a mí.

―Admite que formamos buen equipo.

―No exageres.

―No nos matamos.

―Estándar bajo.

―Pero progresamos.

Mi teléfono sonó.

Paloma.

Rechacé la llamada.

―¿Novio? ―preguntó.

―No.

―¿Amante?

―No.

―¿Persona misteriosa?

―Mi mejor amiga.

―Qué decepción.

―¿Por qué preguntas?

―Curiosidad profesional.

―Eso no tiene nada de profesional.

―Tú empezaste usando esa excusa.

Llegamos al laboratorio.

Miró el reloj.

―Han pasado dos horas.

Yo había olvidado la segunda prueba.

―Bien.

Extendí el antebrazo.

Elian se acercó.

Esta vez su expresión cambió antes de decir nada.

―¿Qué?

―Aquí funciona distinto.

―¿Peor?

―Más oscuro.

Su nariz quedó cerca del pliegue de mi codo.

Sentí calor.

―Elian.

―Estoy trabajando.

―Tu mano está en mi cintura.

Los dos miramos.

La había puesto ahí sin que yo lo notara, probablemente para apartarme de una mesa al inclinarse.

La retiró de inmediato.

―Perdón.

―No pasa nada.

Pero sí pasaba. Mucho.

El lugar donde me había tocado seguía caliente.

―No volverá a ocurrir.

Aquello me molestó más de lo razonable.

―No dije que fuera un crimen.

―Dijiste que no te tocara.

―Durante la prueba.

Elian me observó.

―Vega, necesito reglas que no cambien cada cinco minutos.

―No cambian.

―Entonces dime cuál es esta.

Me crucé de brazos.

―No me toques sin avisar.

―Perfecto.

―Y no sonrías así.

―Esa regla es imposible.

―Problema tuyo.

Se acercó medio paso.

No me tocó.

―¿Puedo preguntarte algo?

―Depende.

―¿Siempre controlas todo porque te gusta o porque te da miedo que algo salga mal?

Mi cuerpo se endureció.

―No sabes nada de mí.

―Sé que revisaste tres veces la humedad de una sala cuyo sistema automático funciona perfectamente.

―Eso es hacer bien mi trabajo.

―También sé que cuando algo se sale del plan aprietas la mandíbula.

―Observas demasiado.

―Es mi trabajo.

―Tu trabajo es oler.

―También escuchar.

Recogí el frasco.

―Terminamos por hoy.

Elian no se movió.

―Vega.

―¿Qué?

―No voy a empujarte donde no quieras.

Lo miré.

―Bien.

―Pero tampoco voy a fingir que esto es solo química si sigues mirándome como si quisieras comprobar qué pasa cuando dejo de pedir permiso para acercarme.

―Eso nunca va a pasar.

Su mirada bajó a mi boca.

―Entonces explícame por qué acabas de dar un paso hacia mí cuando yo no me moví.

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