Capítulo 3 3

―Porque el suelo está torcido.

Elian miró hacia abajo.

―El suelo está perfectamente nivelado.

―Entonces fue la mesa.

―La mesa tampoco se movió.

―Qué insoportable eres.

―Y tú acabas de inventar arquitectura para no admitir que te acercaste.

Di un paso atrás.

―Problema resuelto.

―Eso no cambia que pasó.

―Sí lo cambia. Ahora hay distancia.

―Vega.

―Terminamos por hoy.

Guardé el frasco con más fuerza de la necesaria.

Elian me observó, pero no insistió.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

―Mañana llega Bruno ―dijo.

―Perfecto. Usa su piel.

―Eso pienso hacer.

La respuesta me pinchó donde no debía.

―Excelente.

―¿Estás celosa de un químico de treinta y seis años con alergia al polen?

―Estoy agradecida.

―Tu cara tiene una forma muy rara de agradecer.

―Buenas tardes, Elian.

―Buenas tardes, suelo torcido.

Salí del laboratorio antes de sonreír.

Paloma me llamó cuando entré al ascensor.

―Necesito contexto.

―¿De qué?

―Me rechazaste la llamada. Eso solo ocurre si estás trabajando, enfadada o con un hombre.

―Estaba trabajando enfadada con un hombre.

―Mi categoría favorita.

―No empieces.

―¿Es el perfumista?

Silencio.

―Es el perfumista.

―No hay nada.

―Claro.

―Lo conocí ayer.

―Eso nunca detuvo a la química.

―No uses esa palabra.

―¿Por qué?

―Porque él la usa.

Paloma soltó una carcajada.

―Ya estás perdida.

―Voy a colgar.

―Eso también confirma cosas.

Colgué.

A la mañana siguiente llegué a las siete y veinte.

Elian ya estaba allí.

También había otro hombre en el laboratorio, alto, con gafas y una caja de muestras.

―Bruno Sánchez ―se presentó―. El adulto responsable.

Elian levantó la vista.

―Lleva aquí cuarenta segundos y ya miente.

―Vega Salvatierra.

Bruno estrechó mi mano.

―He oído mucho sobre ti.

Miré a Elian.

―¿En dos días?

―Trabajo rápido.

―Eso me preocupa.

Bruno abrió la caja.

―Me dijo que tu piel empuja el iris y una nota salina que en papel casi desaparece.

Eso era suficientemente profesional como para aliviarme.

―También dijo que destruyo su paciencia.

Bruno me miró.

―Eso es menos difícil.

Elian le lanzó una tira olfativa.

―Prueba esto.

Durante media hora trabajamos con tres variantes de la fórmula.

Bruno usó su muñeca.

El resultado fue distinto al mío.

Más seco.

Menos cálido.

Elian anotó concentrado.

Sin una sola broma.

Verlo trabajar así era incómodo.

No porque hiciera nada especial.

Porque dejaba claro que yo había reducido demasiado rápido a un hombre complejo a la imagen que vendían sus campañas.

―Tu turno ―dijo Bruno.

―No.

Elian ni levantó la cabeza.

―No hace falta.

Lo miré.

―¿No?

―Hoy estamos comparando bases. Tu prueba puede esperar.

La ausencia de insistencia me molestó otra vez.

Qué comportamiento tan poco digno.

―Puedo hacerlo.

Elian levantó los ojos.

―Ayer dijiste que usaríamos a Bruno.

―Y lo hicimos.

―No tienes que demostrar nada.

―No estoy demostrando nada.

Bruno carraspeó.

―Voy por café.

―Cobarde ―dijo Elian.

―Superviviente.

Cuando salió, extendí la muñeca.

―Una gota.

Elian se acercó.

―¿Segura?

―Sí.

Aplicó la fórmula.

No me tocó.

Esperamos.

―Ahora ―dije.

Él acercó la nariz a mi muñeca.

Su respiración rozó mi piel.

Mi pulso aumentó.

―No lo menciones.

―No iba a hacerlo.

―Bien.

―Pero ahora tú lo mencionaste.

Retiré la mano.

―Resultado.

―Más ámbar. Menos iris.

―¿Sirve?

―Todavía no.

―Qué alentador.

Elian anotó algo.

―No me gusta esta versión.

―¿Por qué?

―Se vuelve demasiado dulce contigo.

―Eso suena personal.

―Tu piel no sabe respetar límites.

―Mira quién habla.

Sonrió.

La puerta se abrió de golpe.

Inés entró acompañada de Celia.

―Tenemos un problema en la sala uno.

Corrimos.

El sistema de humedad marcaba una subida abrupta.

Mi estómago se contrajo.

―¿Cuánto?

―Sesenta y ocho.

―Hace veinte minutos estaba en cincuenta y uno.

Fui directa al vestido marfil.

No había condensación.

La seda seguía estable.

―Celia, revisa vitrina. Inés, llama a mantenimiento. Nadie abre nada.

Elian se quedó detrás.

―¿Qué hago?

―Nada.

―Puedo ayudar.

―No con esto.

Lo dije demasiado brusco.

Su cara cambió.

―Entendido.

Se apartó.

Revisamos sensores.

Cinco minutos después, mantenimiento encontró el fallo.

Sensor defectuoso.

La humedad real de la sala era cincuenta y dos.

Nada había estado en peligro.

Debería haber sentido alivio.

En cambio, me temblaban las manos.

Celia lo notó.

―Vega.

―Estoy bien.

―Fue una falsa alarma.

―Ya lo sé.

―Entonces respira.

―Estoy respirando.

Elian seguía a varios metros.

No se acercó.

Aquello me irritó y agradecí al mismo tiempo.

Me quité los guantes.

―Voy al laboratorio.

Caminé demasiado rápido.

Cerré la puerta.

Apoyé las manos sobre la mesa.

Una pieza podía dañarse en minutos.

Un error pequeño bastaba.

Yo lo sabía mejor que nadie.

La puerta se abrió apenas.

―¿Puedo entrar?

Elian.

―Sí.

Entró y dejó la puerta abierta.

No se acercó.

―No pasó nada.

―Lo sé.

―El vestido está bien.

―Lo sé.

―Tú no.

Lo miré.

―Estoy perfectamente.

―Te tiemblan las manos.

Las escondí.

―Adrenalina.

―Vega.

―No necesito que me analices.

―No te analizo. Te estoy mirando.

―Pues deja de hacerlo.

―Si me lo pides en serio, sí.

No respondí.

Elian se quedó donde estaba.

―¿Fue por el vestido que dañaste?

Sentí el golpe.

―¿Quién te contó?

―Nadie. Está publicado en una entrevista tuya.

―No dañé un vestido entero.

―No dije eso.

―Alteré una sección del tejido durante un tratamiento. Asumí el error.

―Lo sé.

―Entonces no necesito lástima.

―Tampoco te la estoy dando.

Me enfadé porque su tono era demasiado tranquilo.

―No sabes lo que fue.

―No.

―Perdí clientes.

―Lo imagino.

―Dejé de confiar en mis decisiones.

―Eso sí lo sé.

―¿Cómo?

Señaló mis manos.

―Porque revisas incluso lo que ya comprobaste.

Me quedé callada.

Elian dio un paso.

Se detuvo.

―¿Puedo acercarme?

La pregunta me desarmó.

―Sí.

Avanzó hasta quedar frente a mí.

No tocó.

―Un sensor falló hoy. No tú.

―Pude no haberlo detectado.

―Pero lo detectaste.

―Porque reviso todo.

―Entonces quizá esa obsesión también te mantiene buena en lo que haces.

―No la conviertas en virtud.

―No. Solo digo que no todo miedo te vuelve incompetente.

Tragué saliva.

―Eres mejor hablando cuando no coqueteas.

―No te acostumbres.

Me reí.

Muy poco.

Suficiente.

Elian miró mi boca.

―Eso otra vez.

―¿Qué?

―Tu risa.

―No hagas un evento.

―Es difícil cuando aparece tan poco.

Le di un empujón leve en el pecho.

Error.

Su cuerpo estaba caliente.

Él miró mi mano.

Yo también.

No la retiré enseguida.

―Vega.

―¿Qué?

―Si quieres que me aparte, lo hago.

―No dije eso.

―Tampoco dijiste que me quedara.

Levanté la vista.

―Qué complicado haces todo.

―Tú conviertes cada centímetro en contrato.

―Me gustan las condiciones claras.

―Entonces hagamos una.

―¿Cuál?

Elian bajó la voz.

―No voy a besarte mientras trabajemos.

El corazón me dio un golpe absurdo.

―No estaba esperando que lo hicieras.

―Bien.

―Perfecto.

―Perfecto.

Retiré la mano de su pecho.

―Entonces ya está.

―Sí.

Dio un paso atrás.

El vacío entre nosotros fue inmediato.

Odié notarlo.

Me crucé de brazos para ocultar que mis dedos todavía recordaban la firmeza de su pecho. Era ridículo. Había tocado materiales mucho más delicados sin perder precisión. Elian, al parecer, era el único objeto de la sala capaz de desordenarme.

―¿Y por qué esa regla? ―pregunté.

Elian me miró con una sonrisa casi inexistente.

―Porque si no la pongo ahora, Vega, voy a terminar rompiéndola antes de que tú decidas si quieres que lo haga.

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