Capítulo 4 4
―No necesito una regla para evitar besarte.
Elian apoyó una cadera contra la mesa del laboratorio.
―Perfecto. Entonces tenemos una regla innecesaria y los dos podremos dormir tranquilos.
―Yo ya dormía tranquila.
―Eso explica las ojeras.
―Sal de mi laboratorio.
―También es mi laboratorio durante nueve semanas.
―Qué error administrativo.
Sonrió.
Recogí los frascos.
La regla debería haberme tranquilizado.
No besos mientras trabajáramos.
Sencillo.
El problema era que desde que la había dicho, mi cerebro solo calculaba cuándo dejábamos exactamente de trabajar.
―Tenemos reunión con Inés en veinte minutos ―dije.
―Lo sé.
―Entonces ve preparando tus muestras.
―Ya están preparadas.
Miré su mesa.
Todo estaba listo.
Era irritante que además fuera competente.
―¿Qué? ―preguntó.
―Nada.
―Has vuelto a mirarme como si te decepcionara que sepa hacer mi trabajo.
―Estoy corrigiendo prejuicios.
―Eso suena doloroso.
―Lo es.
La reunión se celebró en una pequeña sala junto al archivo.
Inés extendió los planos de la exposición.
―Necesitamos definir hoy la experiencia de la segunda sala. La pieza central será el abrigo azul.
Conocía aquella prenda.
Había pertenecido a una mujer llamada Leonor Vidal, que lo conservó durante veintitrés años después de separarse de su marido.
―La historia habla de memoria sin reconciliación ―expliqué―. Ella no quiere recuperar a su exmarido. Conservó el abrigo porque fue el primer objeto caro que compró con su propio dinero después de dejarlo.
Elian levantó la vista.
―Entonces no necesitamos un aroma romántico.
―Exacto.
Inés sonrió.
―Miren qué bonito. Ya se entienden.
―No exageres ―dije.
―Estoy emocionada. Ayer parecían dos gatos dentro de una caja.
Elian se inclinó hacia mí.
―Habría ganado.
―Te habría rociado con agua.
―Eso suena menos amenazante de lo que crees.
Le di una patada leve debajo de la mesa.
Inés fingió no verlo.
―Leonor vendrá esta tarde. Quiero que ambos hablen con ella antes de cerrar concepto.
―Bien.
―Y otra cosa. Mañana tendremos prensa.
Mi estómago se tensó.
―¿Prensa?
―Solo cultural. Quieren documentar el proceso de montaje.
―No quiero entrevistas sobre mi antiguo error.
Inés bajó el tono.
―No tienen derecho a exigírtelas.
―Eso nunca impide que pregunten.
Elian dejó de bromear.
―Si preguntan, no respondes.
Lo miré.
―Sé manejar periodistas.
―No dije que no supieras.
―Sonó así.
―Entonces sonó mal.
La facilidad con que rectificó me desarmó.
Por la tarde llegó Leonor.
Tenía cincuenta y tantos, cabello corto y una mirada despierta.
―Sigue teniendo ese botón horrible.
Sonreí.
―¿Quiere conservarlo?
―Claro. Lo cosí yo después de una pelea.
Elian preguntó:
―¿Por qué después de una pelea?
Leonor se rio.
―Porque mi marido dijo que yo no sabía arreglar nada. Se arrancó el botón al cerrar la puerta. Lo cosí torcido por pura rabia.
―Entonces el botón se queda ―dije.
―Gracias.
Elian anotó algo.
―¿Qué recuerda cuando piensa en ese abrigo?
Leonor tardó en responder.
―Frío. Tabaco en la calle. Café barato. Y libertad.
Elian dejó de escribir.
―¿Libertad?
―Lo compré tres días después de irme de casa.
Eso cambiaba la idea.
―¿No lo asocia con su matrimonio? ―pregunté.
―No. Lo asocio con la primera semana después.
Sentí una punzada extraña.
Elian me miró.
―Entonces necesito algo seco, limpio, nada dulce.
―Y nada demasiado confortable ―añadí.
―Exacto.
Leonor sonrió.
―Ahora sí parecen un equipo.
No respondimos.
Cuando se fue, volvimos al laboratorio.
Elian preparó una modificación de la fórmula.
―Quiero probar esto en piel.
―Bruno está abajo.
―Bruno tiene una reunión.
―Celia.
―Está embalando.
Lo miré.
―Qué conveniente.
―Puedo esperar.
―No.
―¿No qué?
―Hazla conmigo.
Elian se quedó quieto.
―¿Seguro?
―Una prueba.
―Vega.
―No conviertas esto en un evento.
Extendí la muñeca.
Él negó.
―No sirve ahí.
―¿Dónde?
―Necesito una zona más cálida.
Su mirada fue a mi cuello.
―No.
―Entonces esperamos a Bruno.
―¿Qué zona exactamente?
―Debajo de la oreja.
―Eso está demasiado cerca de mi cara.
―La anatomía suele ser complicada.
―No hagas chistes.
―Estoy intentando evitar que salgas corriendo.
―No voy a correr.
―Bien.
Elian tomó el frasco.
―Necesito permiso claro.
Tragué saliva.
―Puedes poner una gota.
―¿Y acercarme para oler?
La pregunta me hizo mirar su boca.
―Sí.
Se acercó despacio.
Me aparté el cabello.
Su mirada siguió el movimiento.
―No mires.
―Necesito ver dónde aplico.
―La piel está ahí.
―Información muy útil.
Sentí la gota fría debajo de la oreja.
Después sus dedos se retiraron.
Ni un roce extra.
Elian esperó.
―¿Ya?
―Treinta segundos.
―Son demasiados.
―Respira.
―No me digas que respire.
―Entonces asfíxiate con dignidad.
Me reí.
Grave error.
Elian sonrió.
―Eso.
―¿Qué?
―Nada.
―Dilo.
―Me gusta cuando olvidas que se supone que debes estar a la defensiva conmigo.
La risa desapareció.
―No estoy a la defensiva.
―Claro.
―¿Ya pasaron treinta segundos?
Miró el reloj.
―Veintidós.
―Te odio.
―Ocho segundos no suelen generar odio tan rápido.
―Tú eres eficiente.
―Ya.
Se inclinó.
No me tocó.
Su cara quedó junto a mi cuello.
Sentí su respiración en la piel húmeda por la fórmula.
Se me cerraron los dedos alrededor del borde de la mesa.
Elian inhaló lentamente.
Después otra vez.
―¿Qué? ―pregunté.
No respondió enseguida.
―Cambió.
―¿Cómo?
Su voz salió más baja.
―Café.
―Leonor lo mencionó.
―Sí. Pero yo no puse café.
―Entonces ¿de dónde sale?
―De la interacción entre notas tostadas y tu piel.
Volvió a acercarse.
Esta vez mi respiración se quebró.
Elian se detuvo inmediatamente.
―¿Quieres que pare?
La pregunta me golpeó.
Podía decir sí.
No lo hice.
―No.
Sus ojos encontraron los míos.
―¿Segura?
―Sí.
Se acercó una tercera vez.
Mi cuerpo atendía al espacio entre su boca y mi cuello.
No me tocó.
Ni siquiera por accidente.
Eso lo volvió peor.
―Funciona ―murmuró.
―¿La fórmula?
―La fórmula también.
Me giré hacia él.
Demasiado rápido.
Quedamos frente a frente.
Muy cerca.
―Acabas de romper tu propia regla.
―No te besé.
―Pero estás pensando hacerlo.
―Eso no estaba prohibido.
―Debería.
―Ponlo por escrito.
―Elian.
―Vega.
Silencio.
Mi mirada bajó a su boca.
Lo vi notarlo.
―No digas nada.
―No hace falta.
Di medio paso atrás.
Mi espalda chocó con la mesa.
Elian no avanzó.
―Esto es una mala idea.
―Probablemente.
―Trabajamos juntos.
―Sí.
―Y necesito recuperar mi carrera sin escándalos.
Su expresión cambió.
―Yo no soy un escándalo.
―Tu imagen pública sí.
Elian se quedó inmóvil.
Me arrepentí al instante.
―No quería decir...
―Sí querías.
―Me refería a cómo podría verse.
―Lo sé.
Guardó el frasco.
El espacio se volvió frío.
―Elian.
―Tranquila. La regla sigue en pie.
―No era eso.
―Entonces ¿qué?
No supe explicarlo.
No conocía suficiente de él para separar la imagen del hombre.
Pero me importaba haberlo herido.
―No quiero que pienses que te considero poco serio.
―Me considerabas exactamente eso hace tres días.
―Y estaba equivocada.
Elian levantó la vista.
―¿Sobre todo?
―No sé.
―Respuesta honesta.
―Estoy intentando mejorar.
Su boca se curvó apenas.
―Eso también me gusta.
―No vuelvas a empezar.
―No empecé.
Se acercó solo para recoger una tira detrás de mí.
Su brazo rozó el mío.
Un contacto mínimo.
―Mañana prensa ―dijo.
―Lo sé.
―Si preguntan por tu error, no tienes que responder.
―Y si preguntan por nosotros, tampoco hay nada que responder.
Elian me sostuvo la mirada.
―Todavía.
―No uses esa palabra.
―¿Cuál?
―Todavía.
Su sonrisa fue lenta.
―Entonces deja de darme razones para pensar que algún día voy a necesitarla.
