Capítulo 5 5
―No respondas por mí si preguntan por mi error.
Elian ajustó el puño de su camisa.
―Buenos días para ti también.
―Lo digo en serio.
―Yo también. Son las ocho y doce.
―Elian.
―Vega.
Lo miré.
―No necesito que me rescates.
―Nunca dije que lo hicieras.
―Ayer dijiste que si preguntaban...
―Dije que no tenías obligación de responder.
―No intervengas.
Su expresión cambió apenas.
―Bien.
―¿Bien?
―Acabas de pedirme algo claro.
―Y vas a respetarlo.
―Sí.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Había pasado media noche pensando en ese maldito todavía.
Todavía no había nada que explicar.
Todavía no nos habíamos besado.
Todavía no sabía si quería hacerlo.
Mentira.
Sabía.
El problema era querer.
Inés apareció acompañada de tres periodistas y un fotógrafo.
―Son quince minutos. Recorrido, concepto y preguntas.
Respiré hondo.
Elian se inclinó hacia mí.
―No aprietes la mandíbula.
―No la aprieto.
―Acabas de hacerlo.
―Observa otra cosa.
―Complicado.
El recorrido comenzó bien.
Hablé del vestido marfil, de las condiciones ambientales y del sistema de montaje.
Elian explicó las estaciones aromáticas sin convertirlas en espectáculo.
Era bueno frente a cámaras.
Demasiado.
No porque actuara.
Porque sabía exactamente cuándo sonreír, cuándo callar y cómo mirar a cada persona para hacerla sentir escuchada.
Entendí por qué funcionaba tan bien públicamente.
Y odié entenderlo.
Llegamos al abrigo azul.
Una periodista levantó la mano.
―Vega, ¿esta exposición representa tu regreso después de la polémica del vestido Valcárcel?
Ahí estaba.
Sentí todas las miradas.
―No considero que me haya ido.
―Pero perdió varios clientes.
―Sí.
―¿El museo tuvo dudas en contratarla?
Inés dio un paso.
Yo la detuve con la mano.
―Cometí un error durante una intervención. Lo asumí entonces y lo sigo asumiendo ahora.
La periodista insistió.
―¿Le preocupa repetirlo?
―Me preocuparía más creer que soy incapaz de equivocarme.
Silencio.
Elian no habló.
Había cumplido.
―¿Eso significa que trabaja con más miedo? ―preguntó ella.
―Significa que trabajo con más información.
El fotógrafo tomó otra imagen.
La periodista miró hacia Elian.
―¿Y usted se siente cómodo dejando la experiencia aromática en manos de alguien con ese antecedente?
Elian sonrió.
―La experiencia aromática está en mis manos.
―Me refiero al proyecto conjunto.
―Entonces la pregunta sería si confío profesionalmente en Vega.
Mi estómago se tensó.
―Sí.
Una palabra.
Nada heroico.
Nada innecesario.
La periodista volvió hacia mí.
―¿Y usted confía en él?
Miré a Elian.
No debería haber sido difícil.
―Profesionalmente, sí.
Su ceja subió.
El desgraciado sabía exactamente qué había omitido.
El fotógrafo levantó la cámara.
―Necesito una imagen de ambos junto al abrigo.
―¿Juntos cuánto? ―pregunté.
Elian me miró de lado.
―Prometo mantener los órganos internos en mi propio cuerpo.
―Qué tranquilizador.
Nos colocamos frente a la vitrina.
―Más cerca ―pidió el fotógrafo.
No me moví.
Elian tampoco.
―La foto parece de dos personas esperando un ascensor.
―Es bastante fiel ―dije.
El fotógrafo suspiró.
―Un poco más.
Elian bajó la voz.
―¿Puedo?
―¿Puedes qué?
―Poner la mano en tu espalda. Para que este hombre deje de sufrir.
Miré al fotógrafo, que efectivamente parecía reconsiderar su profesión.
―Solo para la foto.
La palma de Elian se apoyó sobre mi espalda, arriba de la cintura.
Caliente.
Firme.
Mi cuerpo se volvió ridículamente consciente de cinco dedos.
―Relájense ―pidió el fotógrafo.
―Díselo a ella ―murmuró Elian.
―Te escuché.
―Era la intención.
El flash explotó.
Otro.
―Perfecto. Ahora mírense.
―No ―dije.
―Sí ―dijo Elian.
Giré la cabeza y encontré sus ojos demasiado cerca.
El fotógrafo tomó la imagen antes de que pudiera apartarme.
―Esa es.
Elian retiró la mano inmediatamente.
La piel debajo de mi blusa siguió recordándola durante varios segundos.
La entrevista terminó diez minutos después.
Cuando se fueron, Inés exhaló.
―Sobrevivimos.
―Con dignidad parcial ―dijo Elian.
―La tuya siempre es parcial.
Inés se marchó riéndose.
Me giré hacia él.
―Gracias.
―¿Por qué?
―Por no intervenir antes.
―Me lo pediste.
―Y por responder eso.
―También era verdad.
―Podías haber dicho algo más.
―También me pediste que no te rescatara.
―No necesitaba rescate.
―Lo sé.
La respuesta me desarmó.
―¿Siempre obedeces tan bien?
―Solo cuando la orden tiene sentido.
―Qué alivio.
―Aunque sigo pensando que estabas a dos preguntas de usar el trípode como arma.
―Lo pensé.
―Lo vi.
Me reí.
Elian sonrió.
―Ahí está.
―No empieces con mi risa.
―Llegas tarde. Ya me gusta.
―Problema tuyo.
―Muchos últimamente tienen tu nombre.
Mi pulso traicionero hizo lo suyo.
―Tenemos trabajo.
―Eso dices mucho cuando quieres cambiar de tema.
Fuimos al laboratorio.
Bruno había dejado seis nuevas bases etiquetadas.
Elian se puso serio al instante.
―Necesito tu nariz.
―Tengo una.
―Milagro anatómico.
―Y tú estabas comportándote bien.
Probamos las seis en papel.
Descartamos cuatro.
La quinta era demasiado floral.
La sexta tenía algo seco y limpio que funcionaba con la historia de Leonor.
―Esta ―dije.
Elian asintió.
―También.
―¿Sin discutir?
―Puedo inventar algo si lo necesitas.
―No.
―Entonces estamos creciendo.
Anoté la fórmula.
―Falta piel.
―Sí.
―Bruno vuelve a las tres.
―Sí.
Levanté la vista.
―No vas a pedírmelo.
―Dijiste que no querías que insistiera.
―No dije eso.
―Vega.
―Solo estoy preguntando.
―Y yo estoy aprendiendo a no convertir cada abertura en una invitación.
Eso me golpeó donde no esperaba.
―Puedes usar mi muñeca.
Elian me miró.
―¿Quieres?
―Sí.
―¿Por trabajo?
―¿Importa?
―Mucho.
La pregunta me dejó quieta.
―Por trabajo ―dije.
Algo se apagó apenas en su expresión.
―Perfecto.
Extendí la muñeca.
Aplicó una gota.
No me tocó.
Esperamos.
Cuando se inclinó para oler, mantuvo una distancia impecable.
Me irritó.
―Puedes acercarte más.
Se detuvo.
―¿Por trabajo?
―Elian.
―Necesito saberlo.
―Sí.
Se acercó.
Su respiración rozó mi piel.
El aroma cambió lentamente.
Madera seca.
Té negro.
Una nota tibia que no estaba en el papel.
―Funciona ―murmuró.
―¿Mejor?
―Mucho.
No se apartó.
―Ya puedes alejarte.
―Puedo.
Pero tardó un segundo.
Uno.
Suficiente.
Retiré la mano.
―¿Siempre haces eso?
―¿Qué?
―Esperar un segundo de más.
―Solo cuando quiero quedarme.
La frase me dejó sin aire.
―Eso fue coqueteo.
―Sí.
―Habíamos quedado en que durante el trabajo...
―La regla era no besarte.
―Y no deberías...
―¿Desearte?
Silencio.
Elian dejó el frasco.
―Eso no puedo apagarlo porque haya periodistas en el edificio.
―Pues contrólalo.
―Lo hago.
―No parece.
Se acercó medio paso.
―Vega, si no lo controlara, esta conversación sería muy distinta.
Mi espalda tocó la mesa.
―No uses eso para provocarme.
―No lo uso para nada.
―Entonces aléjate.
Lo hizo de inmediato.
Y otra vez odié el vacío.
―Mañana no necesito pruebas en piel ―dijo.
―Bien.
―Así te será más fácil.
―¿Qué cosa?
―Recordar que soy solo un compañero de trabajo.
La frase me molestó.
―No dije que fueras solo eso.
Elian se quedó inmóvil.
Maldije mi boca.
―¿Entonces qué soy?
―No sé.
―Respuesta peligrosa.
―Es honesta.
Él sonrió apenas.
―Eso sí me interesa.
Intenté pasar a su lado.
Elian no me bloqueó.
Pero cuando estuve junto a él, habló tan bajo que tuve que detenerme.
―Vega.
―¿Qué?
―Esta mañana dijiste que no necesitabas que te rescatara.
―No lo necesito.
―Ya lo sé.
―Entonces ¿por qué vuelves a eso?
Su mirada bajó a mi boca.
―Porque empiezo a sospechar que el verdadero problema no es que quieras que te rescate.
―¿Cuál es?
―Que quieres saber qué haría contigo si dejaras de necesitar que me portara bien.
