Capítulo 1 Conociéndote

—Kiara Jacksyn—

Camino por los pasillos de la universidad a toda prisa, tengo el tiempo exacto para llegar a Miran-full: es el centro de rehabilitación donde trabajo gracias a que los papás de Sacha «mi mejor amiga» me han conseguido ese trabajo. La universidad donde estoy no es que sea nada barata y solo tengo media beca, y pues la otra mitad me toca pagarla a mí de mi sueldo.

Salgo al parqueadero y no veo a nadie que me pueda llevar, así que salgo a ver si alcanzo el autobús, que la verdad no es que me guste tomarlo porque la gente se pasa de abusiva y quieren manosear a uno. No veo el autobús por ninguna parte y me pongo en marcha mientras tomo de mi malteada. La verdad esto de ser pobre no es para mí, pero fue la vida que me tocó y la acepto. Mi mamá me da lo necesario para vivir a mí y a mi hermana, el degenerado de mi padre nunca tuvo que ver con nosotras y ni siquiera lo veo desde que soy una niña.

Voy caminando de prisa y para mi mala suerte tropiezo con una piedra y dejo caer mi malteada, o más bien, se la tiro a alguien encima. Cuando levanto la mirada me encuentro con dos chicos castaños llenos de mi malteada, y el de la silla de ruedas me da una mirada de pocos amigos.

—¡Ay perdón! No me fijé que venían —me disculpo apresurada y trato de secarlos, el chico que al parecer no camina me sujeta de la muñeca para después soltarme con fuerza.

—¿Eres estúpida o qué? Mira cómo nos has dejado —masculla entre dientes y me mira como si fuera poca cosa para él.

—Fue un accidente —le digo sin importar su mal genio—. Ni siquiera vi que venían porque aparecieron como alma empena.

—No pasa nada —el chico que viene con él me da una sonrisa tranquilizadora—. Y no te preocupes por mi hermano, está de mal humor.

—Vámonos de aquí, no soporto estar mezclado con gente tan ignorante.

—No te pases, no tienes que ser grosero —lo regaña el chico—. Ella está pidiendo disculpas.

Yo queriendo conservar la decencia y no me ayudan en nada.

—¿Qué carajos te pasa conmigo, niñito estúpido? Que tengas dinero no te da derecho a humillarme.

—Contigo nada, solo no me cae bien la gente como tú —masculla con amargura—. Mírate, solo hay que verte esa pinta que llevas para darse cuenta de que eres una pobretona.

—Y a ti solo hay que verte la cara para saber que no tienes neuronas, estúpido —le termino de tirar la malteada y me voy muerta de la rabia. ¿Quién se cree ese niño estúpido para hablarme como si fuera su gata? Puedo ser pobre y todo lo que quiera, pero no me avergüenzo de serlo, porque tengo mis metas claras y sé que saldré adelante, tengo todo para triunfar.

Detesto a las personas como ese chico, y no tengo cargo de conciencia por tirarle el resto de la malteada encima, creo que lo que me duele es que perdí mi dinero y no pude disfrutarla como quería. Llego al centro Miran-full y busco mi bata en mi casillero, guardo mis cosas y salgo a buscar a Melisa. Por lo que me contó cuando la llamé hoy llega un nuevo paciente, no sé si ella se hará cargo u otra de las chicas. La encuentro hablando con la señora del aseo, saludo como siempre, nos dejan solas y me mira con media sonrisa.

—¿Y esa cara? —Melisa me sonríe—. ¿No me digas que terminaste con el petulante e insípido de tu novio? Haría una fiesta ya mismo.

—Nunca voy a entender por qué te cae tan mal Aron, sabes que es buen chico y que me quiere, y no, no hemos terminado —murmuro cansada—. Lo que sucede es que antes de llegar le dejé caer una malteada a unos chicos encima y uno de ellos me trató horrible.

—Por favor, eres la única que no se da cuenta de las malas intenciones de Aron, pero bueno, estás enamorada y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Estás joven y eres hermosa, ya verás que conseguirás algo mejor que eso que tienes como novio —me pone las manos en los hombros—. Te dolió más perder tu malteada que el insulto, ¿cierto?

—Por supuesto que sí.

Nos reímos.

—¿Qué me toca hacer hoy?

—Nicolás Steel, accidente automovilístico, perdió la movilidad de sus piernas. Le dijeron que no volvería a caminar y por eso sus padres lo han metido a este centro, les dieron muy buenas referencias, le darás terapia en la piscina, ya sabes cómo hacerlo —Melisa me va pasando el informe mientras caminamos por los pasillos—. Mira, es aquel chico de cabello castaño oscuro que está allá.

Miro hacia donde me señala y para mi sorpresa es el mismo chico que le tiré la malteada hace un rato.

—¿Es en serio? Melisa, ese chico me debe de estar odiando, es el de la malteada —me paso la mano por el cabello—. Cámbiame de paciente, no quiero terminar de dañar mi día.

—Querida amiga, estás de suerte porque no te daré otro paciente —me da un beso en la mejilla haciéndolo sonar—. Te amo.

—¡Y yo te odio, mala amiga! —le grito antes de perderla de vista.

Me acomodo mi larga cabellera rubia en un moño alto y tomo una bocanada de aire antes de ir. Camino a paso lento hasta que llego y el chico de la silla de ruedas se sorprende al verme, igual que me pasó a mí hace segundos, pero luego me da una mirada cargada de fastidio y hago lo mismo, aunque me intimide.

«Imbécil»

—Qué sorpresa, de nuevo tú —su hermano suelta una risita. Él se mira más agradable—. Estás muy joven para trabajar aquí, ¿no crees?

—La edad no mide la inteligencia —lo miro con seriedad—. Puedes dejarnos solos, haremos terapia y no puedes estar aquí.

—Como mandes, preciosa —se aleja de nosotros, no sin antes hacer un guiño de ojo.

Debería matarte aquí, lástima que hay cámaras.

—Quiero que me haga la terapia otra persona, si me tiraste una malteada encima no dudo que me hagas daño. No confío en ti —habla Nicolás.

—No hay nadie más, así que te toca aguantarme. Y, por favor, cállate —tomo la silla de ruedas para llevarlo a los vestidores.

—No pensarás desvestirme tú, ¿o si?

—No veo miserias —murmuro en un tono hostil y lo dejo solo para que lo ayuden a ponerse algo cómodo.

Me pongo mi traje de baño todo completo sin dejar nada a la vista y espero varios minutos en la piscina hasta que traen a Nicolás. Con ayuda de los enfermeros lo ponen en mis brazos quedando boca arriba, su peso es leve gracias al agua, así que no tengo que hacer fuerza. Trato de que se agarre de las barandas para que vaya recuperando fuerza, pero es inútil, no puede hacerlo y más de una vez quedamos con nuestros rostros muy juntos. Lo cierto es que está muy guapo, pero es tan odioso que podría partirle la cara. Tiene buen cuerpo, su cabello un poco largo castaño oscuro, cejas pobladas, labios finos y ojos cafés muy oscuros. Sigo con la terapia y Nicolás no tarda en quejarse: nada le gusta y me estresa la gente tan delicada como él.

—Trataré de ayudarte a que te pongas en pie, debes agarrarte de los tubos, ¿ok? —le digo con seriedad.

—No puedo hacerlo, no tengo fuerza en mis piernas.

—Solo no se puede hacer lo que no se intenta —le indico que agarre los tubos y lo hace con mi ayuda, trato que se sostenga. Termina por hacerlo y le doy una sonrisa—. Viste que sí podías hacerlo.

No me dice nada y terminamos con la terapia. Trato de colocarlo en la orilla para sostenerlo, pero su peso se hace presente y terminamos por caer al agua los dos. Lo saco del agua como puedo. Está colorado y sé que esto me puede costar el trabajo, todos se acercan y Nicolás me mira con sus ojos rojos.

—¡Eres una estúpida! Casi me dejas ahogar —me grita con furia—. ¿Acaso no sabes hacer bien tu trabajo? Eres tan inútil.

—Fue un accidente —le digo por segunda vez en el día.

—Todo es un accidente, ¿no sabes qué más decir? Qué vas a saber si eres tan ignorante.

—Ignorante tu madre, a mí me respetas —salgo del agua y los chicos sacan a Nicolás—. ¿Crees que por tener dinero puedes hacernos menos? Pues te equivocaste porque conmigo no podrás.

—Kiara, ya fue suficiente —Melisa me mira—. Vístete y nos vemos en mi oficina, este no es el mejor comportamiento.

Le doy una mirada llena de rabia, y me voy a quitar el traje de baño para ir a su oficina. Melisa es mi amiga, pero también es una supervisora y sé que me dará un sermón de padre y señor nuestro para después decirme que debo dejar de trabajar porque seguro el estúpido de Nicolás se quejará y hará que me despidan del trabajo. Es que apenas lo conozco y siento que lo odio.

Estoy por salir y veo a Aron, me le tiro encima para besarlo, pero me aparta.

—Sabes que no me gusta que me abraces con el cabello húmedo, me parece de mal gusto —me da un casto beso—. ¿Para qué tienes celular si nunca contestas? Te hice como mil llamadas.

—Sabes que no puedo contestar cuando estoy en el trabajo. ¿Adónde me llevarás?

—Con esas fachas a ningún lado, vine para ir a mi casa, pero veo que no podrás.

—¿Fachas? —me doy la vuelta, mirándome—. ¿Te parece que no estoy bien vestida para ir a tu casa? Perdón pues, nunca te dije que te metieras conmigo sabiendo que soy pobre y tú de clase alta.

—Estás de un genio, vamos, te llevaré a casa.

Me abraza.

—No puedo irme, tuve problemas aquí y debo ir a la oficina de Melisa, si quieres me esperas.

—Tu trabajo como siempre quitándote el tiempo, te espero afuera, odio estos lugares.

—Ok, nos vemos en unos minutos —le doy un beso corto y camino rumbo a la oficina de Melisa.

La verdad no me gusta cuando Aron se pone en ese plan conmigo, pero no puedo negar que lo quiero, llevamos ya un año juntos y cuando lo necesito ahí está conmigo, bueno, no siempre, pero está. Miro en el camino a Nicolás y me da una sonrisa hipócrita, le saco el dedo del medio y sigo como si nada. Quiero matarlo, por su culpa estoy a punto de perder mi trabajo que es lo único que me ayuda a pagar la universidad.

«Me has caído tan mal, Nicolás Steel».

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