Capítulo 1 Sipnosis

El sonido rítmico de las gotas cayendo sobre el azulejo de la bañera se convertía en un eco distante, desgastado por la penumbra del cuarto de baño. El agua tibia rodeaba mi cuerpo, pero por dentro era un incendio voraz lo que me devoraba. Cerré los ojos, intentando respirar con normalidad, pero el aire se sentía espeso, saturado por el vapor y por la presencia de un fantasma que no me dejaba en paz.

En esa penumbra mental, podía sentir con aterrorizadora claridad sus labios rozando mi cuello. La aspereza de su barba sobre mi piel, la firmeza de sus manos grandes y acostumbradas al rigor de la marina, descendiendo lentamente por mis brazos. El calor de su cuerpo demasiado cerca avivaba un fuego que sabía con desesperada certeza que debía apagar. Mis sentidos entraron en un peligroso descontrol: la piel se me erizaba a cada roce imaginario y el pulso se me desbocaba en la garganta. Era una locura. Todo esto era una maldita locura.

—Esto está mal —logré susurrar a la nada, apretando los puños contra el borde de la porcelana.

Escuché su voz en la memoria de mis sentidos, ordenándome silencio con un tenue "shh" que me caló hasta los huesos. Jamás en toda mi vida me había sentido tan intensamente deseada, tan al borde del abismo.

—Santiago... —gemí su nombre en un hilo de voz, vencida por la fantasía.

Su recuerdo avanzó con osadía, imaginando la quemadura de sus labios rozando mi oreja mientras la atmósfera del lugar se tornaba sofocante, irrespirable.

—Esto no...

¡Toc, toc!

Unos golpes secos en la puerta de madera interrumpieron bruscamente mis palabras.

Abrí los ojos de golpe, sobresaltada y con la respiración agitada. A mi alrededor, la dura realidad me golpeó como un cubo de agua helada: estaba completamente sola en la estancia sumida en vapor. Sin embargo, mi cuerpo aún latía con una tensión dolorosa y traicionera, eco irrefutable de una fantasía demasiado vívida.

—¿Cariño? —la voz de Diego resonó tranquilamente al otro lado de la puerta—. ¿Todo bien ahí dentro? Llevas bastante tiempo.

El calor escarlata se apoderó de mis mejillas al instante. Tragué saliva, sintiendo el corazón martillarme en el pecho. No podía abrirle la puerta en ese estado. Él era Diego, mi esposo. El hombre metódico, cariñoso y respetado profesor universitario con quien había construido una vida tranquila y estructurada.

¿Cómo se se suponía que le explicara la manera tan absurdamente excitada en la que me encontraba? ¿Cómo mirarlo a los ojos cuando en mi mente aún ardía la imagen del uniforme, la presencia imponente y la fuerza indomable de su propio hermano?

—Sí, mi amor... Ya salgo —logré articular, esforzándome por normalizar mi voz mientras me incorporaba temblorosa para envolverme en la toalla.

Me miré al espejo empañado, limpiando un círculo con la mano para enfrentarme a mi propio reflejo. Mis ojos reflejaban el pánico de quien guarda un secreto inconfesable. Como abogada, me pasaba los días analizando leyes, defendiendo la lógica, la justicia y los hechos fríos. Había conocido a Diego años atrás en una expoferia universitaria; él presentaba una ponencia sobre historia contemporánea y yo representaba al estand de derecho. Su intelecto, su elegancia y su dulzura me conquistaron. Era el camino correcto, la elección perfecta.

Hasta que Santiago volvió de la base naval.

Santiago, el sargento de la marina. Un hombre forjado en la disciplina del mar, de mirada penetrante y una presencia dominante que alteraba cualquier espacio que pisara. El hermano menor de Diego. Mi cuñado.

Pasé los dedos por mi rostro todavía encendido, sintiendo que la cordura se me escapaba de las manos. No estaba loca. ¿O sí?

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