Capítulo 2 Capítulo 2

El vapor del baño terminó de disiparse contra el cristal helado del espejo, pero la humillación y el remordimiento continuaban atrapados en el ambiente. Con las manos temblorosas, me abroché el cinturón de la bata de seda y me tomé un largo minuto para respirar hondo, buscando desesperadamente esa compostura impecable que solía caracterizarme en los tribunales. Durante años, mi mente había funcionado como un mecanismo de precisión: evaluar pruebas, estructurar alegatos, mantener el control absoluto bajo extrema presión. Pero no había ley escrita, código procesal ni tratado jurídico que me enseñara a defender mi propia conciencia de una traición involuntaria nacida en la mente.

Abrí la puerta con cautela. Diego me esperaba en el pasillo, vistiendo sus anteojos de marco delgado y esa bata gris de lana que le daba un aire invariablemente venerable y sereno. Tenía en la mano un libro de historia sociopolítica, marcado con un separador de cuero justo a la mitad. Al verme salir, acomodó su postura y me dedicó una sonrisa tibia, absolutamente libre de cualquier sospecha.

—Te tardaste más de lo habitual, Sandra —comentó con su habitual tono pausado, acercándose para apartar con delicadeza un mechón de cabello mojado de mi frente—. Pensé que te habías quedado dormida en la bañera. Has estado trabajando demasiado en el bufete estos últimos días.

—Solo... necesitaba relajarme un poco —mentí, desviando la mirada hacia el suelo mientras me ajustaba la bata con más firmeza de la necesaria—. Los casos de esta semana han estado bastante difíciles.

—Lo sé, mi vida. El ejercicio de la abogacía te consume demasiada energía —dijo, depositando un beso suave y afectuoso sobre mi mejilla.

Un beso cálido, seguro, perfectamente predecible. El beso de un hombre bueno que me amaba con una devoción incuestionable.

Aquella ternura me escocía en la piel más que la propia culpa. Me apoyé contra el marco de la puerta y lo observé por unos instantes mientras él caminaba de regreso a la recámara. Recordé de inmediato la tarde en que nos conocimos, seis años atrás, en aquella abarrotada expoferia universitaria. Él destacaba en el ala de conferencias como un joven y brillante profesor de historia, exponiendo con una elocuencia pausada que encandilaba a su auditorio. Yo, una estudiante de último año de Derecho encargada del estand de mi facultad, quedé fascinada por su serenidad, por la promesa de estabilidad, cultura y futuro que proyectaba con cada palabra. Diego era la paz en medio del caos, la estructura sólida sobre la cual yo anhelaba edificar mi vida. Y durante mucho tiempo, lo había sido todo para mí.

—Por cierto —comentó Diego, sentándose en el borde de la cama mientras dejaba el libro sobre la mesa de noche—, estuve revisando los horarios del próximo mes. Como terminan las evaluaciones del semestre en la universidad, tendré un par de semanas más despejadas. Pensaba que podríamos planear un viaje fin de semana a la montaña, como solíamos hacer antes. ¿Qué te parece?

—Me parecería maravilloso, Diego —respondí, obligándome a sonreír mientras me sentaba frente al peinador para desatar mi cabello.

Me miré al espejo. Mis ojos reflejaban el cansancio y una turbulencia interior que intentaba disimular a toda costa. Diego se acercó por detrás, colocó sus manos sobre mis hombros y comenzó a darme un suave masaje, buscando aliviar la tensión acumulada en mi cuello. Sus manos eran finas, cuidadas, acostumbradas a hojear libros antiguos, sostener tizas en el aula y escribir artículos académicos.

—Te noto distraída desde hace unos días, Sandra. Si hay algo del bufete o algún caso complicado que te esté quitando el sueño, sabes que puedes contármelo. A lo mejor no sé mucho de leyes penales o civiles, pero soy muy bueno escuchando —dijo con una sincera preocupación reflejada en el cristal.

—No es nada grave, de verdad —dije, cubriendo una de sus manos con la mía para tranquilizarlo—. Solo es la carga de trabajo habitual. A veces siento que la cabeza me da mil vueltas.

—Aprender a desconectar también es una virtud, abogada —bromeó dulcemente, inclinándose para besar la parte posterior de mi cuello.

Aquel gesto, tan cotidiano y lleno de cariño conyugal, provocó una punzada aguda en mi pecho. Diego era el hombre perfecto: atento, respetuoso, intelectualmente estimulante y profundamente comprometido con nuestro matrimonio. Construíamos juntos una vida envidiable, sin sobresaltos ni grandes discusiones. Había una armonía natural en nuestra casa, una rutina marcada por cenas tranquilas, conversaciones sobre libros, proyectos de futuro y un respeto mutuo inquebrantable.

Entonces, ¿por qué sentía este vacío traicionero? ¿Por qué mi mente insistía en buscar la tormenta cuando tenía el refugio más seguro a mi disposición?

—Vamos a descansar —murmuró Diego, apagando la luz principal del dormitorio y dejando solo encendida la lámpara tenue de su velador—. Mañana tienes una vista temprana en el juzgado y yo debo preparar la clase magistral de las ocho.

Me despojé de la bata y me deslicé bajo las sábanas de hilo. Diego se acostó a mi lado, apago la lámpara y me rodeó la cintura con el brazo, pegando su pecho a mi espalda como solía hacerlo todas las noches.

—Buenas noches, Sandra. Te amo —susurró cerca de mi oído.

—Buenas noches, mi amor. Yo también te amo —respondí en un hilo de voz.

En la penumbra de la habitación, escuché cómo su respiración se volvía pausada y profunda en cuestión de minutos, señal de que había caído en un sueño tranquilo y sin remordimientos.

Permanecí completamente despierta durante horas, observando la sombra de las cortinas mecerse por el viento contra la pared. Intenté aferrarme con todas mis fuerzas a la imagen de mi esposo, a la certeza de su amor y a la calidez de su abrazo. Me repetí una y otra vez que lo que me pasaba era solo un episodio de estrés, un desliz insustancial de la imaginación que debía sepultar para siempre. No podía permitir que una fantasía absurda amenazara la estabilidad de la vida impecable que Diego y yo habíamos construido juntos. Tenía que volver a ser la Sandra lógica, la mujer centradísima que dominaba sus emociones y no permitía que las sombras del deseo arruinaran su realidad.

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