Capítulo 3 Capítulo 3
La mañana del jueves comenzó con el ritmo pausado que solía caracterizar nuestras rutinas. El sol filtraba sus primeros rayos a través de los ventanales del comedor, iluminando la mesa de madera donde Diego leía el periódico mientras saboreaba su café negro. A su lado, su maletín de cuero y un fajo de exámenes por corregir atestiguaban la jornada académica que le esperaba en la facultad de Historia.
Yo apuraba mi taza de té, revisando en la tableta las citaciones judiciales de la semana. Todo en nuestra vida tenía un orden pulcro, una previsibilidad que durante años me había transmitido una paz inquebrantable.
—Sandra —habló Diego de pronto, doblando el periódico con esa parsimonia tan suya—. Mamá llamó anoche mientras te dabas el baño. Quiere que vayamos a cenar a la casa familiar este domingo.
—Claro —respondí sin levantar la vista de la pantalla—. Hace un par de semanas que no los visitamos. Les vendrá bien vernos.
—Sí, pero esta vez no es solo una cena rutinaria —agregó Diego. Había algo inusual en su tono, una vacilación casi imperceptible que me hizo alzar los ojos—. Hay alguien más que estará presente. Mi hermano tiene un pase libre de cuarenta y ocho horas y estará en la ciudad.
Me quedé helada con la taza a medio camino de los labios. Pestañeé un par de veces, intentando procesar sus palabras.
—¿Tu... hermano? —pregunté, frunciendo el ceño—. Diego, llevamos cuatro años de casados y seis juntos en total. Conozco a tu familia de pies a cabeza. Nunca me has hablado de un hermano.
Diego bajó la mirada hacia su taza de café, acomodándose los anteojos con un gesto nervioso. Un matiz de incomodidad nubló la serenidad habitual de su rostro.
—Lo sé, y lo siento, Sandra. No ha sido con la intención de ocultártelo, sino... porque es un tema complicado en la familia —explicó con voz baja—. Se llama Santiago. Es mi hermano menor.
El nombre resonó en el comedor como un eco extraño, cargado de una gravedad repentina que alteró la calidez de la estancia.
—¿Un hermano menor? —insistí, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Por qué jamás lo habías mencionado? Ni en las reuniones familiares, ni en las navidades, ni siquiera en las fotos de la casa de tus padres.
—Santiago tomó un camino muy distinto al mío —suspiró Diego, reclinándose en su silla—. Es sargento en la marina. Ingresó a la Escuela de Suboficiales muy joven y prácticamente ha hecho de las bases navales y los buques de guerra su único hogar. Mi padre... bueno, tú conoces a papá. Esperaba que ambos siguiéramos la carrera académica o las leyes. Cuando Santiago decidió alistarse, la relación entre ellos se fracturó severamente durante años. Se dijeron cosas hirientes y él simplemente dejó de venir a casa.
Escuchaba a Diego con una mezcla de perplejidad y curiosidad contenida. Mi mente de abogada no podía evitar analizar los vacíos en su relato, la forma en que la figura de ese hermano ausente había sido borrada intencionadamente del mapa familiar.
—Pero si viene este domingo, significa que las cosas han cambiado —deduje.
—Han mejorado un poco con el tiempo —admitió Diego con una leve sonrisa melancólica—. Las misiones de la marina son riesgosas y el tiempo pasa. Mi madre insistió mucho para que hubiera un acercamiento. Santiago acaba de regresar de un despliegue largo en el sur y tiene un par de días de permiso antes de volver a embarcarse por seis meses. Mamá quiere reunirnos a todos antes de que vuelva a zarpar.
Un extraño escalofrío me recorrió la espalda, una sensación absurda e inexplicable que aceleró por un segundo el pulso en mis muñecas. Intenté sacudirme el pensamiento de encima; era ridículo ponerse nerviosa por un desconocido, por más hermano de mi esposo que fuera.
—Entiendo —dije, tratando de sonar comprensiva—. Debe ser importante para tu madre volver a verlos a los dos juntos.
—Lo es —Diego se levantó de la mesa, rodeó la estructura de madera y se inclinó para darme un beso tierno en la frente—. Gracias por entenderlo, mi vida. Santiago es... complicado. A veces su presencia es abrumadora. La disciplina militar lo ha vuelto un hombre muy duro, muy reservado. Pero sigue siendo mi sangre y quiero que lo conozcas.
—Por supuesto que iré, Diego. Estaré a tu lado —prometí, devolviéndole la sonrisa.
Diego tomó su maletín y se despidió con la promesa de verse conmigo para la cena. Cuando escuché la puerta principal cerrarse y el sonido del motor de su auto alejándose, me quedé sola en la cocina, rodeada por el silencio de la mañana.
Caminé hacia el ventanal y miré al exterior. Las palabras de Diego seguían flotando en el aire. Santiago. Sargento de la marina. Un hermano del que jamás había escuchado una sola palabra.
Un malestar indefinible, una corazonada oscura que no lograba descifrar, comenzó a anidar en mi pecho. Había pasado días intentando luchar contra sombras, contra sensaciones traicioneras y fantasías inexplicables que amenazaban mi tranquilidad. Y ahora, la llegada de este desconocido —el hermano secreto de Diego, forjado en la dureza del mar y la disciplina del mando— se erigía en el horizonte como una amenaza invisible.
Apreté los puños sobre el borde del mostrador, obligándome a recuperar el control. Esto no era más que una cena familiar postergada por años. No había razón para temer. Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, la intuición me advertía que el domingo no solo conocería al hermano de mi esposo, sino que la frágil calma que intentaba proteger estaba a punto de resquebrajarse para siempre.
