Capítulo 4 Capítulo 4

El expediente de custodia acumulado sobre mi escritorio pesado de caoba parecía burlarse de mí. Era un volumen denso, lleno de informes psicológicos, peritajes sociales y demandas cruzadas, pero mi mente, en lugar de concentrarse en los fundamentos legales que defendería en la audiencia del día siguiente, no dejaba de evocar una y otra vez la conversación de la mañana anterior.

Santiago.

El nombre resonaba en mis pensamientos con la fuerza de un impacto contenido. No dejaba de pensar en aquel hombre. En su existencia repentina y en el turbio misterio que lo rodeaba. Pero, sobre todo, me torturaba una pregunta que me quemaba por dentro: ¿por qué justamente ahora? ¿Por qué, a tantos años de distancia de aquel único e imborrable momento, el recuerdo de ese hombre volvía a invadir mi mente con una ferocidad tan devastadora?

Cerré los ojos, apoyando las sienes sobre las palmas de mis manos. Años atrás, mucho antes de imaginar siquiera que me casaría con Diego, un cruce fortuito e intenso con un desconocido de mirada oscura y presencia apabullante había dejado una marca invisible pero indeleble en mi memoria. Una noche efímera, un encuentro donde ni siquiera supe su nombre, pero cuya intensidad física y sensorial me persiguió como un secreto inconfesable durante años. Lo había enterrado bajo capas de lógica, estudios y la vida madura y segura que construí junto a Diego. Y ahora, la revelación de que el hermano militar de mi esposo era el mismo hombre cuyo recuerdo me hacía temblar en la oscuridad, amenazaba con derrumbar todo mi universo. Era una jugada demasiado perversa del destino.

Un golpe seco en la puerta de mi despacho me devolvió bruscamente a la realidad.

—Abogada Urdaneta —dijo Lucía, mi asistente, asomando la cabeza con expresión preocupada—. La señora Elena ya está aquí para la reunión previa a la audiencia de mañana. Y... el abogado de la contraparte acaba de enviar una notificación de última hora.

—Hazla pasar, Lucía. Y tráeme el café más fuerte que tengas —respondí, frotándome los ojos y obligándome a ponerme la máscara de la abogada implacable.

Elena entró a la oficina sosteniendo con fuerza su bolso contra el pecho. Era una mujer joven, de rostro pálido y ojos cansados que reflejaban el agotamiento de una lucha interminable. Se enfrentaba al proceso más desgarrador de su vida: la custodia de su hijo de seis años. El padre del menor, Javier Bares, no era un hombre cualquiera. Era un sujeto peligroso, vinculado a redes de poder turbias, con un historial de violencia psicológica manipuladora y una red de influencias que infundía temor en cualquiera que osara cruzarse en su camino.

—Sandra, tengo miedo —confesó Elena al sentarse, con la voz temblorosa—. Javier estuvo afuera de la escuela de mi hijo esta tarde. No rompió la orden de alejamiento explícitamente, pero se quedó en su auto, mirándome... Sabes lo que es capaz de hacer si siente que va a perder el caso.

Nuestra profesión exige distancia emocional, pero la mirada aterrorizada de Elena activó en mí un instinto de protección férreo. La injusticia siempre me encendía la sangre.

—Escúchame bien, Elena —dijo Sandra, inclinándose sobre el escritorio y fijando sus ojos en los de su cliente con absoluta firmeza—. Mañana ante el juez no vamos a dudar. Tenemos los informes médicos que prueban sus negligencias, las grabaciones de sus amenazas y los testimonios de los vecinos. Javier Bares puede ser un hombre peligroso y poderoso fuera de esta sala, pero ante el tribunal la ley está de nuestro lado. No voy a permitir que te arrebate a tu hijo.

—Sus abogados son despiadados, Sandra. Y él... él no juega limpio. Me advirtió que te destruirá a ti también si no retiras la demanda de custodia exclusiva.

Una sonrisa gélida se dibujó en mis labios. En el tribunal era donde yo tenía el control, donde las emociones no me traicionaban como lo hacían en la intimidad de mi hogar.

—Que lo intente —respondí con serenidad de acero—. Conozco cada una de sus artimañas. Si quiere pelea, la va a tener. Tu hijo estará a salvo contigo. Te lo prometo.

Dediqué las siguientes tres horas a repasar minuciosamente cada prueba con Elena, blindando nuestro alegato contra cualquier ataque que la defensa de Bares pudiera preparar. Sin embargo, a medida que la noche caía sobre la ciudad y las luces del bufete comenzaban a apagarse, el agotamiento físico fue cediendo terreno nuevamente a la agitación mental.

A las ocho de la noche, Elena se despidió con un abrazo lleno de gratitud. Me quedé sola en la enorme oficina, escuchando el lejano rumor del tráfico urbano. Junté los documentos del caso Bares, guardé la laptop en mi maletín y caminé hacia el gran ventanal que daba a las luces de la avenida.

El peligro real del caso de Elena me exigía el cien por cien de mi capacidad, pero irónicamente, el peligro que más me aterrorizaba no provenía de un hombre violento como Javier Bares. El verdadero peligro era la tormenta silenciosa que se avecinaba para el domingo.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo la piel erizarse. ¿Cómo iba a mirar a los ojos a Diego, a mi esposo noble y entregado, sabiendo que el espectro de aquel hombre desconocido que me desvelaba en la bañera tenía ahora un rostro, un nombre y la misma sangre que corre por sus venas?

El destino me obligaba a librar dos batallas brutales al mismo tiempo: en los tribunales, defendiendo a una madre de un monstruo peligroso; y en mi propia vida, intentando proteger mi matrimonio de la sombra de un hombre que, a años de distancia, jamás había dejado de pertenecerme en el pensamiento.

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