Capítulo 5 Capítulo 5

El motor de mi auto se apagó en el garaje de la casa, dejándome sumida en un silencio pesado. Subí los escalones mecánicamente, cargando el maletín donde reposaba el expediente del caso de Elena. Estaba agotada. El enfrentamiento indirecto con un hombre tan peligroso como Javier Bares me había dejado con los nervios a flor de piel, pero al cruzar el umbral de la entrada, la tensión judicial pasó a un segundo plano.

Diego me esperaba en el salón, rodeado de luz cálida, el suave aroma de la cena recién preparada y una melodía de jazz sonando de fondo. Su sonrisa amplia y tranquila al verme entrar fue el abrazo que cualquiera desearía tras un día infernal.

—Llegas tarde, abogada —dijo dulcemente, quitándome el abrigo y depositando un beso tierno en mi frente—. Te preparé la cena. Te notas exhausta.

—Gracias, mi amor... El caso de custodia se puso difícil hoy —murmuré, buscando refugio en su pecho.

Cenamos tranquilamente, escuchándolo hablar sobre sus clases en el campus universitario. Diego era un hombre perfecto: atento, comprensivo, incapaz de hacerme daño. Al terminar, me tomó de la mano y me guio lentamente hacia la habitación. Había una intención clara y cariñosa en sus gestos, una necesidad de reconectar.

Nos acostamos y él comenzó a besarme con paciencia, desabrochando suavemente mi blusa. Me dejé llevar, cerrando los ojos para permitir que sus manos recorrieran mi cuerpo. Lo amaba; de verdad sentía un cariño inmenso y un profundo amor por él, pero la triste y cruda realidad me golpeaba la conciencia: no sentía la menor atracción física hacia mi esposo. Con Diego todo era afecto, paz y confort, pero jamás fuego.

De pronto, mientras los labios de Diego descendían por mi cuello, una corriente helada me paralizó el pecho. El proceso se detuvo bruscamente dentro de mi mente.

La memoria, traicionera y despiadada, me arrastró años atrás, transportándome directamente a mi época de estudiante en el campus universitario. Me vi a mí misma, joven, tímida e inexperta, entregándome por primera vez a un desconocido en una noche cargada de una pasión tan salvaje que aún me quemaba la piel. Un hombre cuyo rostro apenas recordaba entre sombras, pero cuya intensidad física y toque me persiguieron durante años. Un desconocido que, tras haberme regalado la noche más intensa, perfecta e inolvidable de mi vida, simplemente había desaparecido al amanecer sin dejar rastro, dejándome con el corazón desbocado y las mejillas ardientes de pudor y deseo.

Un estremecimiento involuntario me hizo dar un leve tirón hacia atrás.

—¿Sandra? —murmuró Diego, deteniéndose y mirándome en la penumbra con preocupación—. ¿Ocurre algo? ¿Te duele algo?

El calor escarlata se apoderó de mis mejillas al darme cuenta de que me había quedado rígida. Sentí una ola tremenda de vergüenza al mirar a los ojos a mi esposo.

—No... no, mi vida, lo siento —mentí con la voz entrecortada, forzando una sonrisa tenue y volviendo a abrazarlo—. Solo estoy cansada, pero estoy bien. Continúa.

Cerré los ojos con fuerza y me acomodé debajo de él. Apagué mi mente y simplemente dejé que mi esposo hiciera con mi cuerpo lo que le gustara, actuando como un recipiente pasivo mientras la fantasía de aquel antiguo desconocido sin nombre llenaba el vacío de una pasión que jamás existió con Diego.

A la mañana siguiente, me despertó el sonido de unos gritos apagados que provenían de la sala. El lugar a mi lado en la cama estaba frío. Me froté los ojos, me puse la bata de seda y me acerqué sigilosamente al pasillo.

Diego estaba de pie junto al ventanal del salón, sosteniendo el teléfono con fuerza, con los nudillos blancos y el rostro completamente desencajado por una furia que rara vez le conocía.

—¡No me salgas con eso ahora! —gritó Diego por el teléfono, caminando de un lado a otro—. ¡Mamá ha estado preparando todo durante días! ¡No seas un imbécil, Santiago!

Me congelé contra la pared al escuchar por segunda vez ese nombre que hasta hace unos días me era totalmente ajeno.

—¡Siempre haces lo mismo! —continuó Diego, alzando la voz aún más, con evidente desprecio en el tono—. Crees que porque eres un sargento de la marina y arriesgas la vida puedes pasar por encima de todo el mundo. ¡Haces exactamente lo que te da la gana solo porque te importa un bledo la familia! Eres el típico imbécil egoísta que jamás piensa en nadie más que en sí mismo.

Diego escuchó una respuesta breve del otro lado, soltó un bufido cargado de repudio y cortó la llamada de golpe, estrellando el teléfono contra el sofá. Tenía la respiración agitada y las manos crispadas en la cintura.

Me acerqué despacio, intentando disimular el temblor de mis propias manos.

—Diego... —pregunté suavemente—. ¿Qué sucede? Escuché los gritos.

Diego se giró, exhalando un largo suspiro mientras se pasaba la mano por el rostro y ajustaba sus anteojos, intentando recuperar la compostura.

—Lo siento si te desperté, Sandra —dijo con voz amarga y tensa—. Era Santiago, mi adorable hermano. Acaba de cancelar su visita de este fin de semana.

—¿Cancelar? —articulé, sintiendo una mezcla de alivio y profundo desagrado.

—Sí. Dice que tuvo un despliegue muy duro en el sur y que, en lugar de venir a cumplir con la familia y ver a mi madre que lleva meses esperándolo, prefiere irse unos días a la costa a relajarse solo —explicó Diego, negando con la cabeza con evidente asco—. Como típico militar arrogante, se cree el centro del universo. Le importa un rábano el esfuerzo de mi madre o lo que sienta el resto. Hace exactamente lo que le da la gana sin importarle a quién pisotee en el camino. Es un completo egoísta.

Escuché las palabras de mi esposo y, por primera vez, una ola de animadversión hacia aquel hombre recorrió mi columna. No lo conocía en persona, pero la descripción que Diego acababa de dar encajaba a la perfección con la imagen de un patán engreído: el típico imbécil insensible que va por la vida creyéndose intocable, ignorando los sentimientos ajenos y pasándose las normas por el arco del triunfo solo porque lleva un uniforme y medallas colgadas en el pecho.

Un desprecio helado comenzó a desplazar cualquier atisbo de curiosidad que hubiera podido sentir antes. Si ese tal Santiago era así de prepotente y desconsiderado, qué bueno que no vendría a nuestra casa.

—Entiendo... Es una crueldad lo que le hace a tu madre —dije con firmeza, sintiendo genuina repulsión hacia el hermano de mi esposo.

—En fin, no vale la pena ensuciarnos la mañana por sus desplantes —suspiró Diego, acercándose para darme un beso rápido en la mejilla antes de dirigirse a la cocina—. Prepararé café.

Escuché sus pasos alejarse mientras me quedaba de pie en medio del salón, con el ceño fruncido. La idea de aquel desconocido de la universidad que un día me había deslumbrado quedó completamente eclipsada por la repugnancia que ahora sentía hacia ese cuñado ausente y malcriado.

Me dirigí a la habitación, me vestí con un traje sastre impecable y me arreglé con fría precisión. Hoy tenía que ir al tribunal, plantar cara al peligroso Javier Bares y luchar por la justicia en el caso de Elena. Al menos en mi trabajo, las reglas eran claras y los patanes como Santiago no tenían cabida.

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