Capítulo 6 Capítulo 6
El cielo sobre la ciudad amaneció gris, plomizo y cargado de una humedad sofocante. Desde muy temprano, el aire se sentía pesado, como si la atmósfera misma presagiara la tormenta que estaba a punto de desatarse. Me paré frente al espejo de mi vestidor, ajustándome con manos firmes pero frías el saco de un traje de sastre negro impecable. Alisé la tela sobre mis hombros y me miré a los ojos. En el reflejo no estaba la mujer atormentada por fantasmas de una noche lejana ni la esposa distraída; allí estaba Sandra Miller, la abogada implacable que no temblaba ante las amenazas.
El caso de Elena había alcanzado un punto crítico de extrema peligrosidad. Durante los últimos tres días, Javier Bares y su maquinaria de abogados despiadados habían intentado desmantelar nuestra demanda de custodia por todos los medios imaginables. Habían presentado recursos dilatorios, tachado de falsos los informes psicológicos y sembrado dudas sobre la estabilidad emocional de Elena. Sin embargo, la prueba definitiva estaba guardada bajo llave en mi maletín: un dispositivo USB con las grabaciones originales donde Bares admitía de viva voz, en medio de un ataque de furia, su intención de sacar al niño del país de manera ilegal. Era la estocada final. La prueba irrefutable que le otorgaría a Elena la custodia exclusiva y hundiría a Bares definitivamente.
Al bajar al primer piso, me encontré con Diego en la cocina. Llevaba puesto un abrigo elegante y sostenía las llaves del auto en la mano.
—Buenos días, mi vida —dijo, acercándose para besar mi frente con una ternura insólita—. Hoy no irás en tu auto. Te llevo yo.
Lo miré con sorpresa, sosteniendo mi maletín de cuero contra el costado.
—Diego, tienes clases en el campus en una hora. No es necesario que te desvíes hasta los tribunales.
—Hoy no hay excusas, Sandra —interrumpio él con firmeza, algo muy poco habitual en su carácter pacífico—. Sé perfectamente la clase de alimaña que es ese sujeto, Javier Bares. Leí el expediente que dejaste en el estudio anoche. Sé a qué te enfrentas y no voy a dejar que vayas sola en un día tan tenso. Además, pedí un reemplazo para mi primera hora. Me quedo tranquilo sabiendo que te dejo en la puerta del juzgado.
Una marea de afecto sincero me inundó el pecho. Diego era la nobleza personificada, el refugio seguro en medio del caos. Le dediqué una sonrisa genuina, agradeciendo en silencio esa protección tan humana que siempre me brindaba.
—Está bien —asentí, tomándolo del brazo—. Vamos.
El trayecto hacia el palacio de justicia transcurrió bajo el murmullo de la radio y el rítmico limpiaparabrisas que despejaba las primeras gotas de lluvia. La ciudad despertaba lentamente entre el tráfico denso. Faltaban apenas veinte minutos para las ocho de la mañana cuando el sedán de Diego se incorporó a la avenida principal que conducía hacia el distrito judicial, una vía flanqueada por viejos edificios de arquitectura imponente y poca circulación a esa hora.
Fue entonces cuando el mundo se desaceleró de golpe.
—Diego... mira atrás —susurré, sintiendo que el vello de los brazos se me erizaba de forma instintiva.
A través del espejo retrovisor exterior, vi una camioneta negra de vidrios completamente polarizados y sin placas que aceleraba agresivamente a pocos metros de nosotros. No intentaba rebasar; venía directamente a nuestra línea de avance.
—¿Qué demonios hace ese tipo? —exclamó Diego, ajustando el agarre sobre el volante.
Antes de que pudiera reaccionar, el rugido ensordecedor de un motor alterado retumbó a nuestra izquierda. Una segunda camioneta, del mismo modelo y color, emergió a toda velocidad desde una calle transversal. No hubo freno. No hubo advertencia.
—¡CUIDADO! —grité a pleno pulmón, lanzándome sobre la consola central.
El impacto fue brutal. El costado del auto de Diego absorbió un golpe seco y demoledor que hizo crujir el metal con un alarido ensordecedor. El auto coleó violentamente sobre el pavimento mojado, perdiendo la tracción. Diego apretó los dientes, luchando con ferocidad contra el volante para no estrellarnos de lleno contra las columnas de concreto del paso elevado. El chirrido de los neumáticos quemando caucho llenó el habitáculo junto con el olor penetrante a gasolina y goma quemada.
La primera camioneta volvió a embestirnos por detrás con la intención clara de sacarnos de la vía o volcarnos. El cristal trasero se pulverizó en mil pedazos, proyectando una lluvia de esquirlas brillantes sobre nuestros hombros. El impacto nos proyectó hacia adelante, pero Diego, en un acto de puro instinto y adrenalina, pisó el acelerador a fondo, haciendo girar el auto sobre su propio eje y esquivando por milímetros el muro de contención.
—¡Agárrate, Sandra! —bramó Diego con una voz que jamás le había escuchado, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula desencajada por el terror y la rabia.
El vehículo derrapó salvajemente, saltando sobre la acera del bulevar judicial. Las dos camionetas negras aceleraron para rematarnos, pero el tráfico de la avenida principal comenzó a agolparse de golpe, bloqueándoles el paso. Un par de patrullas de la policía metropolitana que custodiaban el perímetro de los juzgados encendieron de inmediato sus sirenas y cruzaron la avenida al presenciar el atentado. Al ver a los uniformados, los dos vehículos oscuros dieron un giro brusco en U, quemando llanta y huyendo a toda velocidad en dirección contraria hacia la autopista.
El silencio que siguió fue sepulcral, roto únicamente por el humo denso que salía del motor del auto destruido y por el sonido de nuestras respiraciones agitadas.
Diego permanecía con las manos inmóviles sobre el volante, temblando convulsamente. Se giró hacia mí con el rostro pálido como la cera.
—¿Estás bien? ¡Sandra! ¿Te hicieron daño? Dime algo, por favor —suplicaba, pasándome las manos temblorosas por los hombros, el rostro y los brazos, buscándome heridas.
Tragué aire con desesperación, sintiendo el corazón martillar contra mis costillas a un ritmo frenético. Tenía pequeñas cortaduras superficiales en los puños por los cristales rotos, pero estaba viva. Intacta.
—Estoy bien... estoy bien, Diego —logré articular, con la voz temblando por el shock—. Tu auto... Dios mío, tu auto...
—¡Al diablo el auto! —gritó él con los ojos empañados por las lágrimas de adrenalina—. ¡Intentaron matarte! ¡Ese infeliz de Bares mandó a matarte!
Los agentes de policía rodearon el vehículo de inmediato, armas en mano, solicitando ambulancias y refuerzos. Nos ayudaron a salir del coche destrozado. El costado derecho del auto estaba completamente aplastado. Si yo hubiera ido en mi auto pequeño esa mañana, el impacto me habría aplastado la puerta y la vida en el acto. Diego me había salvado. Su decisión de llevarme había sido la frontera entre la vida y la muerte.
Apreté mi maletín contra mi pecho con una fuerza sobrehumana. Estaba sobrecogida por el pánico, pero al ver el maletín intacto, una furia gélida, pura y destructiva comenzó a reemplazar el miedo en mi sangre. Javier Bares había cruzado la última línea roja. Había atentado contra mi vida y contra la del hombre que me amaba.
—Señora Miller, debemos llevarla al hospital para que la examinen —dijo uno de los oficiales de policía mientras los paramédicos se acercaban.
—No —dije con una voz tan helada que hizo que el agente se detuviera de golpe. Me limpié el polvo del saco, acomodé mi cabello desordenado y fijé la mirada en la imponente escalinata del Palacio de Justicia, ubicado a solo cien metros de nosotros—. No voy a ir a ningún hospital. La audiencia empieza en diez minutos.
—¡Sandra, estás en shock! No puedes entrar a un juicio en este estado —protestó Diego, tomándome con firmeza de los puños.
Me giré para mirarlo. En mis ojos no había espacio para la duda ni para el dolor.
—Diego, si no me presento en ese estrado en este preciso momento, el juez le concederá un aplazamiento a Bares o declarará la audiencia nula. Elena perderá a su hijo. Echen abajo mi auto, intenten matarme en la calle, pero en la sala de audiencias mando yo. No voy a permitir que ese monstruo gane.
Diego me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. En su rostro vi la transformación de un hombre de letras, sereno y pacífico, que descubría en ese instante la fiereza indomable de la mujer con la que se había casado. La admiración y la preocupación se fundieron en sus ojos.
—Entiendo —dijo él, limpiándose un rasguño del pómulo y cuadrando los hombros—. Pero no vas a entrar sola. Voy contigo.
—Diego, tienes tus clases...
—Que se cancelen las clases —sentenció con una autoridad absoluta que me dejó sin aliento—. Mi lugar está a tu lado. Me quedo contigo hasta que ese juicio termine y ese miserable pague por lo que acaba de hacer.
Caminamos juntos, escoltados por dos oficiales de policía, subiendo los imponentes escalones de piedra del tribunal. El contraste era brutal: la ropa ligeramente cubierta de polvo, la bata de abogada sobre mi brazo, Diego a mi lado con la barbilla en alto, y el maletín con la prueba reina resguardado en mi mano.
Al cruzar las gruesas puertas de madera de la Sala 4, el murmullo de los presentes se apagó de golpe. Javier Bares estaba sentado en la mesa de la defensa junto a su séquito de abogados costosos, luciendo un traje de diseñador y una amplia sonrisa de autosuficiencia, seguro de que su atentado me tendría en una camilla de emergencias o demasiado aterrorizada para aparecer.
Cuando me vio entrar, erguida, con la mirada de una mentalidad indomable y escoltada por mi esposo, la sonrisa de Bares se congeló de golpe. Su rostro se volvió de color ceniza y dio un leve tirón hacia atrás en su asiento, como si hubiera visto a un fantasma regresar de la tumba.
Elena, sentada en la mesa del demandante, ahogó un grito de alivio al verme y se cubrió la boca con las manos.
Me acerqué a mi mesa, dejé caer el pesado maletín de cuero sobre la madera con un golpe seco que resonó en toda la sala y me coloqué la toga de abogada con una elegancia pausada y aterradora. Diego se ubicó justo en la primera fila del público, directamente detrás de mí, cruzándose de brazos y fijando una mirada de odio puro sobre Bares.
El juez golpeó el mazo sobre la mesa.
—Se da inicio a la audiencia de custodia del menor —declaró el magistrado—. Parte demandante, ¿está lista para presentar sus alegatos?
Me puse de pie. El dolor del impacto en mi hombro desapareció por completo, sofocado por la sed de justicia. Miré fijamente a Bares, luego al juez, y abrí el expediente.
—La parte demandante no solo está lista, Su Señoría —dije con una voz potente, clara y resonante que hizo vibrar los cristales de la sala—. Sino que traemos pruebas devastadoras que pondrán fin a esta farsa de una vez por todas.
Aquella mañana, bajo la mirada protectora de mi esposo y sobre el tablero de la ley, no solo defendí a una madre desesperada; aplasté a un hombre peligroso sin piedad alguna. Pero mientras la victoria se fraguaba entre mis palabras, una sombra aún más profunda permanecía al acecho, recordándome que la vida real rara vez nos da un respiro antes de enviarnos la siguiente tormenta.
