Capítulo 1 DOS RAYAS Y UN TITULAR

—No puede ser positivo. Hoy no.

La prueba tembló entre mis dedos como si también estuviera nerviosa.

Dos líneas rosadas.

Dos.

Ni una sombra, ni un defecto de fábrica, ni una ilusión provocada por la luz del baño. Dos líneas nítidas, arrogantes, perfectamente despiertas a las seis con doce de la mañana.

—Alma —dijo Sofía desde el otro lado de la puerta—, llevas siete minutos sin insultar a nadie. Eso me preocupa más que el retraso.

Guardé la prueba dentro del bolsillo de mi bata.

—Estoy lavándome los dientes.

—Con la boca cerrada.

Mi hermana abrió la puerta sin esperar permiso. Entró todavía con el uniforme azul del hospital, el cabello recogido y una bolsa de pan dulce colgándole de la muñeca. Me miró a mí, luego al vaso donde había dejado otras dos pruebas.

—¿Te cepillas los dientes por triplicado?

—Son de una amiga.

—Tu única amiga que llega sin avisar soy yo.

Intenté cubrirlas con una toalla. Sofía fue más rápida. Tomó una, leyó el resultado y se sentó en la tapa del inodoro.

—Estás embarazada.

—No hables tan fuerte.

—¿El bebé todavía no sabe?

—Los vecinos sí podrían enterarse.

—Tus vecinos escucharon cuando amenazaste con arrancarle el claxon al señor del cuatro. Esto será una mejora.

Me apoyé en el lavabo porque el piso había decidido inclinarse. A las ocho debía presentarme en Cancha Total, el programa deportivo con mayor audiencia del país. Noventa días de prueba. Noventa días para demostrar que una mujer podía analizar fútbol sin sonreír como adorno entre dos comentaristas.

Y seis semanas de embarazo.

Las fechas no necesitaban calculadora. Bastaba recordar una boda en Mérida, una discusión junto a la barra y una habitación de hotel que olía a tequila caro y decisiones baratas.

Sofía abrió la bolsa y sacó una concha.

—¿Quién es el padre?

—No tengo hambre.

—No te pregunté por el pan.

—Fue una noche.

—Eso reduce la lista, no la responde.

Me quité la bata y busqué la blusa blanca que había planchado tres veces. Sofía me siguió hasta la habitación.

—Alma, necesito saber si estás bien.

—Estoy perfectamente.

—Acabas de ponerte la falda al revés.

Miré la cremallera sobre mi abdomen. Solté una maldición y volví a cambiarme.

—Tengo el empleo que llevo diez años buscando. Hoy no puedo estar embarazada.

—El útero no revisa calendarios laborales.

—Debería. Es poco profesional.

Sofía dejó el pan y me tomó de los hombros.

—No tienes que decidir toda tu vida antes del desayuno.

—Sí tengo que decidir si entro al estudio pensando en estadísticas o en ácido fólico.

—Puedes pensar en ambas. Los periodistas hacen dos cosas al mismo tiempo. Hablan y evitan escuchar.

Le lancé una media. Ella la atrapó.

—¿Conoces al padre?

La imagen llegó sin permiso: manos grandes sujetándome por la cintura, una boca demasiado segura junto a mi cuello y una voz ronca preguntando si todavía quería seguir discutiendo.

—Lo conocía de nombre.

—Eso suena ominoso.

—No es un delincuente.

—Tu estándar romántico acaba de tocar el sótano.

Me puse los tacones. El estómago protestó.

—No voy a decirle nada hasta confirmar con un médico.

—Correcto.

—Y después esperaré a superar el periodo de prueba.

—Incorrecto.

—No puede aparecer ahora y convertir mi primer trabajo importante en una conferencia de prensa.

—¿Es famoso?

Tomé mi bolso.

—Tengo que irme.

—Alma.

—Más tarde.

—Dime al menos si está casado.

—No.

—¿Tiene novia?

—No lo sé.

—¿Nombre?

Cerré la puerta del departamento antes de contestar.

El trayecto hasta el estudio duró cuarenta minutos y tres arcadas. Culpar al conductor de la aplicación resultó sencillo. Su ambientador olía como si alguien hubiera licuado un pino con gasolina.

Cancha Total ocupaba dos pisos de un edificio de cristal. En recepción me entregaron una credencial con mi fotografía, mi nombre y la palabra CONDUCTORA. La observé unos segundos más de lo necesario.

Había peleado por esa palabra.

No permitiría que dos rayas la borraran.

—Serrano.

Renzo Casal avanzó hacia mí con una tableta bajo el brazo. Era bajo, rápido y vestía como si una junta pudiera convertirse en funeral.

—Llegas cuatro minutos antes. Me preocupa que tengas expectativas.

—Puedo volver a bajar y llegar tarde.

—Ese tipo de iniciativa te llevará lejos.

Me condujo por un pasillo lleno de pantallas. En una aparecía la repetición de una final continental. Un delantero fallaba un penal. La cámara se acercaba a su rostro: mandíbula tensa, cabello oscuro pegado por el sudor, furia suficiente para incendiar un estadio.

Aparté la vista.

—Tu compañero ya llegó —dijo Renzo—. Hubo un cambio de último minuto.

—Me prometiste a Paula Montes.

—Paula tendrá su propio segmento.

—Entonces, ¿con quién voy?

—Una contratación capaz de duplicar audiencia.

—Eso suele significar un hombre retirado que confunde opinión con volumen.

—Empiezas a entender la televisión.

Entramos al estudio. Técnicos ajustaban luces mientras una maquillista ordenaba brochas. Sobre la mesa central había dos tarjetas con nombres. La mía estaba a la izquierda.

La otra permanecía boca abajo.

La maquillista me hizo sentar y empezó a cubrir unas ojeras que no existían el día anterior. El olor del fijador me revolvió el estómago. Pedí agua y respiré por la boca mientras Renzo hablaba de patrocinadores. En el espejo vi mis manos aferradas al asiento. Aquella noche con Dante no había sido tierna ni accidental. Habíamos discutido sobre una columna donde lo llamé cobarde por retirarse. Él me había retado a repetirlo sin una cámara delante. Yo lo hice. Después le quité la camisa para demostrar que tampoco le temía.

—¿Puedo saber quién es antes de salir al aire?

—Está en vestuario.

—Renzo, necesito preparar la dinámica.

—La dinámica es sencilla: tú sabes de fútbol y él cree que sabe de todo.

—Encantador.

Una voz masculina sonó detrás de mí.

—La última vez que discutimos, no parecías tan molesta por mi seguridad.

El cuerpo me reconoció antes que la razón.

Me giré.

Dante Villalba estaba apoyado contra la entrada, con un traje gris, la camisa abierta en el cuello y la misma mirada que había recorrido mi cuerpo seis semanas atrás. Sonreía como si el mundo acabara de entregarle una ventaja.

Yo apreté el bolso contra el abdomen.

Renzo levantó ambas manos.

—Perfecto. Ya tienen química.

Dante caminó hacia mí sin apartar los ojos de mi boca.

—No sabía que trabajabas aquí.

—Yo tampoco sabía que tú trabajabas.

—Desde hoy.

Se detuvo demasiado cerca. Su perfume borró el estudio y devolvió por un segundo la habitación de Mérida: mi vestido en el suelo, sus dedos bajo mi muslo, mi nombre convertido en respiración.

—¿Sigues arrepentida? —preguntó en voz baja.

—De algunas decisiones.

—Qué alivio. Pensé que yo era la peor.

Renzo nos señaló la mesa.

—Ensayo en cinco minutos. Quiero tensión, desacuerdo y nada de demandas.

Dante tomó la tarjeta boca abajo y la volteó. Su nombre apareció junto al mío.

—Parece que estaremos muy cerca durante noventa días.

Mi estómago se contrajo.

Él sonrió al notar mi silencio.

—Dime, Alma, ¿qué podría salir mal?

Metí la mano en el bolso y toqué la prueba que había guardado sin darme cuenta.

—Tú no tienes idea de lo que acabas de traer a este equipo.

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