Capítulo 2 SOLO COMPAÑEROS

—No vuelvas a mirarme como si recordaras cómo terminé sin vestido.

Dante se acomodó en la silla y bajó la voz antes de que Renzo pudiera oírnos.

—Podría intentarlo, pero tu blusa está haciendo poco por ayudarme.

Crucé los brazos. Su mirada descendió un segundo y regresó a mis ojos.

—Voy a pedir que te cambien de lugar.

—Hazlo. Después explícales por qué no puedes sentarte a medio metro de mí sin ponerte nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Tienes la tarjeta al revés.

La giré. Él sonrió. Lo odié por notarlo y por seguir teniendo la boca que había recorrido mi cuello seis semanas atrás.

Una asistente nos colocó micrófonos. Cuando sujetó el mío a la blusa, su perfume me golpeó el estómago. Tragué saliva.

—¿Estás bien? —preguntó Dante.

—Perfectamente.

—Te pusiste verde.

—Es el reflejo de tu ego.

La asistente rio y se alejó. Renzo apareció con la tableta en alto.

—Harán una prueba de cámara. Alma presenta el análisis y Dante contradice lo suficiente para que la audiencia crea que sabe leer.

—Leí tu contrato —respondió él—. Tiene errores de puntuación.

—Y aun así lo firmaste.

—Necesitaba confirmar que me pagarían por soportarte.

Renzo señaló las cámaras.

—Eso, pero sin asesinatos durante el horario familiar.

Las luces se encendieron. La pantalla mostraba las alineaciones del partido inaugural.

—Buenas tardes. Soy Alma Serrano y hoy analizaremos por qué el Club Nacional insiste en utilizar una línea defensiva que llega tarde incluso a sus propios errores.

Dante giró hacia mí.

—¿Ese análisis incluye llamar cobardes a los jugadores que deciden retirarse?

Renzo abrió mucho los ojos detrás de la cámara.

No estaba en el guion.

—Solo cuando el retiro llega después de culpar al equipo por un penal fallado.

—El penal no cambió el partido.

—Lo dices porque no entró.

—Faltaban doce minutos.

—Doce minutos en los que dejaste de pedir el balón.

La sonrisa de Dante desapareció. Había encontrado la herida que mencioné en la columna. Durante un instante olvidé las cámaras, el embarazo y Mérida.

—A veces pedir el balón no significa estar preparado para recibirlo —dijo.

Su tono cambió. Ya no parecía el exfutbolista arrogante, sino el hombre que, después de acostarse a mi lado, confesó que todavía despertaba oyendo a miles gritar su apellido.

—Y ahí está el problema. Un capitán no puede decidir cuándo deja de estar preparado sin avisarle al resto.

Renzo hizo una señal para cortar.

—Magnífico —dijo—. Incómodo, personal y probablemente demandable. La audiencia va a amarlos.

—No fue profesional —murmuró Dante.

—Tú empezaste.

—Tú terminaste.

—Esa frase te queda grande.

Sus ojos se clavaron en mí. Recordé mis piernas alrededor de su cintura y su mano cerrándose sobre la sábana cuando tomé el control.

Dante se inclinó.

—En Mérida no te quejaste de cómo termino.

El calor me subió al rostro.

—En Mérida había alcohol.

—Tú bebiste dos copas.

—Fueron fuertes.

—Eran de champaña.

Renzo regresó.

—La dirección aprobó la pareja. Harán juntos el bloque principal y cubrirán la jornada del sábado.

—¿Fuera del estudio? —pregunté.

—En el estadio. Después viajarán a Monterrey para entrevistar al cuerpo técnico.

Mi estómago dio un giro.

—Paula iba a cubrir esa gira.

—Paula hará análisis desde aquí. Ustedes funcionan mejor juntos.

—No nos conocemos.

Dante apoyó un brazo en mi silla.

—Tenemos antecedentes suficientes.

Le clavé el tacón en el zapato. Su sonrisa se volvió rígida.

Renzo nos entregó una carpeta.

—Primera junta en veinte minutos. Revisen la escaleta y procuren no reproducirse sobre la mesa.

La prueba dentro de mi bolso pareció incendiarse.

—¿Por qué dirías eso? —pregunté rápido.

—Porque tienen la sutileza de dos perros peleando por el mismo sofá.

Dante me observó. Me levanté.

—Necesito ir al baño.

—Otra vez —dijo él.

—¿Llevas un registro?

—Has bebido medio vaso de agua y visitado el baño dos veces.

—Quizá intento escapar de ti por las tuberías.

Caminé hasta el sanitario y cerré justo antes de que las náuseas me doblaran sobre el lavabo.

No vomité. Mi cuerpo me castigó con arcadas secas mientras abría el grifo para cubrir el sonido.

—Alma.

La voz de Dante llegó desde afuera.

—Vete.

—Abre.

—Es el baño de mujeres.

—He sobrevivido a vestidores con veinte hombres. No me asusta un letrero.

—A mí sí me asusta tu incapacidad para respetarlo.

Apoyé ambas manos en el lavabo.

—Estoy bien.

—Llevas diciendo eso desde que llegaste.

—Porque lo estoy.

—Entonces abre y dímelo mirándome.

Me enjuagué la boca y abrí. Dante estaba apoyado en la pared, sin rastro de burla.

—¿Comiste algo?

—No eres mi entrenador.

—Tampoco tu enemigo, aunque te esfuerces.

—Hoy no puedo discutir.

—Eso sí es grave.

Intenté pasar. Él no me tocó, pero ocupó el corredor.

—¿Te arrepientes de aquella noche?

La pregunta me dejó inmóvil.

Podía decir que sí. Era la respuesta más segura entre él y el secreto. Sin embargo, recordé su cuidado al preguntarme si estaba segura y cómo se quedó hablando conmigo hasta que amaneció.

—No me arrepiento —admití—. Pero no puede repetirse.

Dante bajó la mirada hacia mi boca.

—¿Por el trabajo?

—Por todo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tendrás.

Di un paso, pero él se inclinó lo suficiente para que su perfume volviera a rodearme. No me tocó. La cercanía despertó recuerdos que mi cuerpo no debía disfrutar.

—Sigues temblando cuando me acerco —murmuró.

—Tengo frío.

—Estamos a veinticuatro grados.

—Entonces eres irritante.

—Eso ya lo sabías cuando me llevaste a tu habitación.

—Tú me seguiste.

—Me tomaste de la corbata.

—Estabas bloqueando el elevador.

—Y tú resolviste el problema besándome.

Una puerta se abrió al final del pasillo. Me aparté.

—No vuelvas a hablar de eso aquí.

—Acepto, pero quiero saber por qué actúas como si hubiera ocurrido un crimen.

—Porque necesito este empleo.

—Yo también.

—Tú tienes millones.

—Y tú tienes prejuicios.

La respuesta me frenó.

Dante se pasó una mano por el cabello.

—No entré al programa para entretenerme. Mi carrera terminó y no sé hacer otra cosa sin que alguien recuerde ese penal. Este trabajo es lo primero que he elegido desde que me retiré.

Su sinceridad desarmó mi respuesta.

—Entonces mantengamos lo personal fuera.

—De acuerdo.

Me tendió la mano. Dudé antes de aceptarla. Sus dedos envolvieron los míos y el contacto me recorrió con familiaridad indecente.

—Compañeros —dijo.

—Solo compañeros.

Su pulgar rozó mi muñeca.

—Hay otra cosa. Renzo quiere que cenemos esta noche para preparar la gira.

—No puedo.

—¿Una cita?

—Una consulta.

—¿Médica?

Retiré la mano.

—No es asunto tuyo.

El teléfono vibró dentro de mi bolso. En la pantalla apareció el mensaje de Sofía: CONSEGUÍ CITA CON LA OBSTETRA. HOY, SIETE DE LA NOCHE. NECESITAS CONFIRMAR LAS SEMANAS.

Dante alcanzó a leer mi expresión, no el texto.

—¿Qué ocurre?

Guardé el teléfono.

—Nada.

—Tercera vez que mientes hoy.

—No llevas la cuenta.

—Desde Mérida llevo la cuenta de todo lo que haces.

Una asistente nos llamó para la junta. Caminé delante de él, abrazando la carpeta contra mi abdomen.

Antes de entrar, Dante sujetó la puerta y se acercó a mi oído.

—Puedes esconderme lo que quieras, Alma, pero voy a descubrir por qué me miras como si aquella noche hubiera dejado algo entre nosotros.

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