Capítulo 3 SEIS SEMANAS
—Hay un embarazo dentro del útero, pero todavía es demasiado pronto para prometerte que todo saldrá bien.
La obstetra movió el transductor sobre mi abdomen mientras yo observaba una mancha gris en la pantalla. Sofía, sentada a mi izquierda, me apretó la mano con fuerza suficiente para recordarme que también podía fracturarme un dedo antes de convertirme en tía.
—¿Cuánto tiempo tengo? —pregunté.
—Seis semanas y tres días, aproximadamente.
El aire abandonó mis pulmones.
Seis semanas y tres días desde la boda de Mérida.
No había margen para una confusión piadosa.
—¿El padre lo sabe? —preguntó la doctora.
—No.
—Todavía —añadió Sofía.
Le clavé las uñas.
—Mi hermana confunde acompañar con declarar bajo juramento.
La doctora sonrió sin despegar la vista del monitor.
—Repetiremos el ultrasonido en diez días. Para entonces deberíamos localizar actividad cardiaca. Quiero que tomes ácido fólico, evites el alcohol y descanses cuando tu cuerpo lo pida.
—Mi cuerpo acaba de pedir una renuncia, pero no pienso dársela.
—Alma comienza hoy un trabajo nuevo —explicó Sofía.
—Empecé esta mañana.
La doctora giró hacia mí.
—Entonces lo primero es entender que embarazo no significa incapacidad. Tampoco significa que puedas ignorar el cansancio, las náuseas o cualquier dolor fuerte.
—¿Puedo viajar?
—Por ahora, sí. ¿Es un viaje largo?
—Noventa días, varios estados y un exfutbolista que cree que las normas médicas también se resuelven gritando.
Sofía soltó una risa.
—El padre es Dante Villalba.
—Sofía.
La doctora levantó las cejas.
—No sigo el fútbol.
—La adoro —murmuré.
Salí de la clínica con una receta, una fotografía borrosa y la sensación de llevar un secreto demasiado grande para caber dentro de mi bolso.
Guardé la imagen del ultrasonido dentro de la cartera, detrás de mi credencial. Las dos cosas quedaron juntas, separadas por una lámina de plástico: el empleo que había perseguido durante años y la vida que no había planeado. Aquello parecía una broma administrativa.
—No pongas esa cara —dijo Sofía al salir del consultorio—. Nadie te está pidiendo que elijas hoy.
—El mundo siempre termina pidiéndole eso a una mujer.
—Entonces haz que espere turno.
Quise reír, pero el miedo seguía instalado bajo mis costillas. No temía únicamente perder el programa. Temía querer al bebé, querer a Dante y descubrir que ninguna de esas dos cosas sabía quedarse.
Sofía insistió en comprarme vitaminas en la farmacia del edificio.
—Tienes que decírselo —dijo mientras comparaba dos cajas.
—Tengo que confirmar que el embarazo continúa.
—Eso no cambia que sea suyo.
—Cambia todo para mí.
Ella dejó las cajas.
—¿Porque temes perder el trabajo o porque temes que él quiera quedarse?
—No quiero que se quede por obligación.
—Ni siquiera sabes qué querrá.
—Lo conozco lo suficiente.
—Te acostaste con él una vez.
—Fue una noche muy informativa.
—No creo que su currículum estuviera sobre la cama.
Le arrebaté las vitaminas antes de que la dependienta comenzara a tomar notas.
Mi teléfono vibró. Renzo había enviado doce mensajes, tres audios y una fotografía de Dante sentado en un restaurante con la frase: TU COMPAÑERO YA LLEGÓ. SI LO DEJAS SOLO, PEDIRÁ EL MENÚ DE NIÑOS.
Había olvidado la cena.
Llegué veintisiete minutos tarde. Dante ocupaba una mesa apartada, sin corbata y con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Levantó la vista cuando me acerqué.
—Pensé que tu consulta terminaría con una receta, no con una desaparición.
Me senté frente a él.
—No sabía que tenías permiso para preguntar.
—No lo tengo. Por eso pregunto en lugar de revisar tu bolso.
Lo coloqué entre mis pies.
—Hazlo y perderás la mano.
—La última vez te gustaron mis manos.
El camarero apareció justo cuando mis mejillas ardieron.
—¿Algo de beber?
—Agua mineral —pedí.
Dante cerró el menú.
—Para mí también.
—Puedes pedir vino.
—Estoy trabajando.
—Hace seis semanas no te preocupaba mezclar trabajo y alcohol.
Su expresión se volvió más atenta.
—Recuerdas la fecha.
—Recuerdo que la boda fue un sábado.
—También recuerdas mi habitación.
—Era la mía.
—Tú elegiste subir.
—Tú elegiste seguirme.
—Me arrastraste por la corbata.
—No parecías sufrir.
—Sufrí después, cuando desperté y ya no estabas.
La respuesta cortó la broma. Dante apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Por qué te fuiste sin despedirte?
—Porque habíamos acordado que sería una noche.
—Acordamos no convertirlo en un problema.
—Míranos. Compartimos un programa, una gira y probablemente una demanda de recursos humanos antes del viernes.
—Eso no responde.
El camarero dejó el agua. Tomé un sorbo para ganar tiempo.
—No quería despertar y descubrir que para ti había sido una anécdota.
Dante dejó de jugar con el vaso.
—¿Y decidiste convertirla tú primero en una?
—Funcionó durante seis semanas.
—Hasta hoy.
El silencio entre nosotros no fue cómodo. Tampoco desagradable. Su mirada bajó hasta mi boca y mi cuerpo recordó con una precisión indecente cómo me había besado contra la puerta del hotel.
—No podemos repetirlo —dije.
—Ya lo mencionaste.
—Necesito que lo entiendas.
—Lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué te tiembla la voz cuando lo dices.
—No tiembla.
—Entonces mírame y dime que no quieres volver a besarme.
Levanté el rostro. Dante no sonreía. Estaba cerca, aunque la mesa siguiera entre ambos.
—No quiero volver a besarte.
—Mentira.
—Arrogante.
—Nerviosa.
—Retirado.
—Eso fue bajo.
—Tú empezaste.
Dante soltó una risa y el nudo en mi pecho aflojó durante un segundo.
Renzo llegó con dos carpetas y una energía ofensiva para las ocho de la noche.
—Me encanta verlos sin supervisión. Parece el inicio de un incendio caro.
Se sentó y abrió la escaleta de la gira.
—El sábado cubren el partido desde el campo. El domingo entrevistan al entrenador y el lunes vuelan a Monterrey. Tendrán un equipo reducido: cámara, sonido y ustedes dos.
—Quiero habitaciones separadas —dije.
Renzo me miró por encima de los lentes.
—Nadie sugirió lo contrario.
Dante bebió agua para esconder la sonrisa.
—Alma prefiere establecer límites antes de que alguien tenga ideas.
—Alma prefiere trabajar con adultos.
—Entonces elegiste mal la televisión —dijo Renzo.
La comida llegó. El olor a salmón me revolvió el estómago. Aparté el plato.
—¿No vas a comer? —preguntó Dante.
—No tengo hambre.
—Esta mañana tampoco desayunaste.
—¿Además de contar mis visitas al baño, revisas mis comidas?
—Solo noto cuando alguien está a punto de desmayarse.
Renzo levantó la vista.
—¿Estás enferma?
—No.
Dante observó mi mano sobre el abdomen. La retiré demasiado rápido.
—Fue la cena —dije.
—Ni siquiera la probaste —respondió él.
Me levanté.
—Necesito aire.
Tomé el bolso, pero la bolsa de la farmacia cayó al suelo. Dante se agachó antes que yo. Una caja de ácido fólico salió rodando hasta su zapato.
La recogió y leyó la etiqueta.
—¿Para qué es esto?
Se la arrebaté.
—Una deficiencia.
—¿Qué deficiencia?
Renzo recibió una llamada y se alejó de la mesa. Dante se puso de pie, bloqueándome el paso sin tocarme.
—Alma, mírame.
—No hagas una escena.
—Entonces deja de darme respuestas que no encajan.
—No te debo explicaciones.
—Quizá no. Pero llevas todo el día enferma, fuiste a una consulta y ahora escondes vitaminas que suelen recetar durante el embarazo.
El ruido del restaurante se volvió distante.
Dante miró la bolsa, después mi abdomen.
—Dime que no estás embarazada.
