Capítulo 3 Tres meses después y una interrupción

POV Emma

Tres meses.

Han pasado exactamente tres meses desde que seguí a mi novio hasta esta ciudad y empecé un nuevo empleo como secretaria de Ethan Cole.

Tres meses desde que mi vida definitivamente ha cambiado.

No de la forma caótica que imaginé que sería, pero si de una manera sorprendentemente estable.

Me gusta mi trabajo.

Me gusta mi nueva vida.

Organizar la agenda de Ethan, coordinar reuniones, anticiparme a cada detalle, todo me gusta, son cosas que encajan conmigo. Me mantiene ocupada, enfocada, en control.

Y lo mejor de todo, es que me da libertad.

A pesar de que es un trabajo bastante demandante, resulta ser que Ethan tiene una postura bastante tranquila y me deja todos los fines de semana libres.

Me encanta.

Esos días son solo para mí y para mí novio.

Definitivamente yo ya no soy solo esa chica que llegó nerviosa a la ciudad.

Ahora soy parte de ella.

Mientras camino por el pasillo de oficinas con una carpeta apretada contra el pecho, mi teléfono que está en el bolsillo trasero de mi pantalón, vibra.

Es un mensaje.

Jasón: Avísame cuando salgas. Hoy no podré ir a cenar.

Me detengo un segundo.

No puedo evitar apretar los labios con fuerza mientras siento esa pequeña pero traicionera punzada en el pecho.

Es la misma de siempre.

Hoy se supone que es nuestro quinto aniversario.

Quería celebrarlo. Quería, aunque fuera por un rato, sentir que las cosas son perfectas entre nosotros.

Pero ya sé cómo termina esto.

No es la primera vez. Ni la segunda. Ni la décima vez que Jasón cancela por algún un motivo bastante razonable: una reunión de última hora, un cliente importante, una llamada que no puede rechazar. Es práctico. Simple. Pero así es él. No dramatiza, no se disculpa en exceso, no intenta endulzar las cosas. Simplemente avisa… y espera que yo entienda.

Y yo entiendo.

Siempre entiendo.

Incluso hoy que es nuestro aniversario lo hago.

Respiro hondo y bloqueo la pantalla. No tiene sentido insistir. No voy a pelearme por una cena. No voy a convertirme en esa novia que reclama atención. Él está construyendo su carrera. Yo también. Así que trago la decepción, como he hecho tantas veces, y sigo con mi camino.

Pero antes de ir a mi escritorio, necesito café.

Una taza grande. Negra. Lo suficientemente fuerte como para mantenerme despierta y concentrada en mi trabajo.

Sin mirar, empujó la puerta de la sala de descanso.

Entonces me detengo.

Porque dentro, hay un hombre y una mujer.

No.

No es cualquier hombre.

Es él.

Daniel Cross.

Con el traje todavía puesto, pero la camisa desabrochada hasta la mitad y la corbata colgando suelta. Una de sus mano esta apretando el muslo desnudo de una mujer morena de cabello largo que tiene las piernas enredadas alrededor de su cintura. La falda de ella está subida hasta la cadera mientras se oye el sonido húmedo y rítmico de piel contra piel, mezclado con respiraciones entrecortadas y un gemido bajo que ella no se molesta en contener aunque estamos en horario de oficina y en un lugar público.

La espalda de ella está contra la pared, así que él está de espaldas a la puerta. Ni siquiera son conscientes de que los estoy observando.

Siento como mi estómago se revuelve con violencia.

Un asco denso, viscoso, me sube por la garganta. No es solo vergüenza. Es repulsión. Pura y física. El olor a sexo y perfume barato se mezcla en el aire acondicionado. El sonido de sus cuerpos. La forma en que él la sostiene mientras se mueve dentro de ella.

Siento náuseas.

Sin decir absolutamente nada, cierro la puerta de la forma más silenciosa que puedo y los dejo en mi suyo.

Camino rápido, casi trotando, como si pudiera dejar atrás esa imagen solo con alejarme de la sala de descanso. Pero no puedo. Tengo la imagen grabada detrás de los párpados. El movimiento de sus caderas. La expresión de placer despreocupado en el rostro de ella. La total falta de vergüenza.

Increíble.

Patético.

Repugnante.

Es asqueroso que dos personas se atrevan a hacer algo así. No me opongo al sexo. Eso me gusta. ¿Pero hacerlo en un lugar público? ¿A la vista de cualquiera que podría entrar a ese lugar? Es estúpido. Además, él es uno de los jefes de este lugar. Lo mínimo que podría hacer es mantener el decoro.

Me meto en el baño de mujeres y me apoyo en el lavabo para recuperarme un poco, así que abro el grifo y dejo que el agua fría corra sobre mis muñecas. Al mirarme en el espejo, enseguida noto que tengo las mejillas encendidas y los ojos demasiado abiertos. Todavía incluso es como si pudiera escuchar sus gemidos.

Tengo que respirar profundo.

Jamás había presenciado algo así.

Cuando por fin me siento mejor, más serena, salgo del baño.

Solo para detenerme de golpe.

Él está ahí.

Apoyado contra la pared justo afuera del baño, como si me estuviera esperando. Daniel Cross tiene la camisa abotonada. La corbata, más o menos en su sitio. El cabello ligeramente desordenado a propósito. Y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa segura, como si no acabara de ser visto follándose a una mujer en la sala de descanso.

—Emma —dice, pronunciando mi nombre con una calma casi insultante.

Mi espalda se tensa al instante. Siento como el asco todavía me pesa en el estómago.

—Señor Cross —respondo, manteniendo la voz lo más neutra posible, haciendo lo posible porque no se me note que lo he visto follando en la sala de descanso.

Él sonríe un poco más, divertido, y eso solo me irrita más.

—No sabía que la sala de descanso estuviera abierta a estas horas —comenta, sin el más mínimo rastro de vergüenza.

Lo miro, incrédula.

Él sabe que yo estuve allí. Que lo ví.

Y ni siquiera se muestra sorprendido o avergonzado.

—Y yo no sabía que el lugar estuviera siendo usado… —respondo entre dientes, sintiendo cómo el desagrado se me filtra en la voz.

Por un segundo creo ver algo de interés real en sus ojos. Solo un destello. Luego su sonrisa se ensancha.

—Creo que los dos nos equivocamos —murmura con lentitud.

Aprieto la carpeta que tengo en mis manos con más fuerza. No puedo sacarme de la cabeza la imagen de él moviéndose dentro de esa mujer. Ni tampoco sus gemidos.

Siento como mi rostro empieza a enrojecerse otra vez.

¿Como es posible que él se vea tan tranquilo?

—Yo no me equivoqué— masculló incomoda—. La sala de descanso no es una habitación de hotel.

—¿Ah, no? —pregunta con sarcasmo— eso ya sé.

Eso me deja desconcertada.

Su serenidad... La forma tan despreocupada que está tomando todo esto. Es sorprendente.

—¿Y si ya lo sabe por qué lo hizo? —pregunto. Las palabras salen antes de yo poder detenerlas.

Daniel Cross sonríe abiertamente. Y da un paso más cerca.

—¿Y por qué no debería de hacerlo? —pregunta con los ojos brillantes. Incluso de encoge de hombros.

—Porque es uno de los jefes —digo, intentando ser firme ante semejante disparate—. Debería de dar el ejemplo.

Daniel inclina ligeramente la cabeza y me observa con más atención esta vez. Como si de verdad estuviera considerando mis palabras.

—¿Te incomoda?

La pregunta me toma por sorpresa, pero no dudo en responder.

—Sí.

Espero que al menos eso le haga sentir algo de vergüenza.

En cambio, su sonrisa se vuelve aún más amplia.

—Curioso.

—¿Qué tiene de curioso? —pregunto, molesta— aquí lo único curioso es que uno de los jefes tome las áreas públicas de la empresa como habitación de hotel.

—No. Lo curioso es que no parecías tener tanta prisa por irte.

¿Qué?

—Entré sin saber lo que hacían—respondo, molesta, sintiendo como el asco y la irritación bailan dentro de mí—. No sabía que ustedes estaban ahí. Así que me fui lo más rápido que pude. Ni siquiera los interrumpí.

—¿Segura?

—Si lo que le preocupa es que lo denuncie con recursos humanos, no se preocupe— digo con rigidez— por mí, haré como si jamás lo hubiese visto.

Eso lo toma por sorpresa. Entonces se recupera.

—¿Y si no quiero que lo olvides? —pregunta con descaro.

La forma en que lo dice, tan arrogante, tan seguro de sí mismo, que me saca de quicio.

Daniel Cross es un hombre demasiado arrogante y seguro de sí mismo que está tan acostumbrado a que las muejes hagan lo que él pide que es como si no se diese cuenta que yo no estoy interesada en él.

Es irritante.

—No todo gira a tu alrededor —suelto antes de poder contenerme

Las cejas de Daniel se elevan un poco. Y enseguida me doy cuenta del error.

—¿“Tú”? —repite, casi en un susurro.

Maldita sea.

Me dejé llevar.

—Señor Cross —corrijo de inmediato, pero él niega con la cabeza.

—No. Me gusta más así. Di mi nombre.

Mi corazón se acelera. No por nervios. Por pura irritación. Y por el recuerdo todavía fresco de lo que acabo de presenciar y él parece querer seguir recordándomelo.

¿Tan difícil era hacer como si no me hubiese visto? ¿Fingir que no lo caché infraganti?

—Si me disculpa— digo con los dientes apretados, cansada de esta absurda situación— tengo trabajo.

Intento rodearlo, pero él se mueve bloqueándome el paso. No me toca. Ni siquiera invade del todo mi espacio personal, pero tampoco me deja avanzar.

—¿Celosa? —murmura en voz baja.

Me quedo en blanco un segundo.

—¿Perdón?

—Que si estás celosa de la mujer de la sala de descanso.

Lo miro como si hubiera perdido la cabeza.

Está loco.

Muy pero muy loco.

—Ella solo es una amiga —añade, como si eso lo justificara todo.

—Eso no me importa. Ni siquiera es mi problema —digo con sequedad, sintiendo cómo la repulsión se me escapa en cada palabra—. Y no, no estoy celosa.

Desde que llegué a esta empresa hace tres meses, lo he visto entrar y salir con distintas mujeres tantas veces que como con corbatas diferentes. Todas hermosas. Todas temporales. Todas tratadas como si fueran intercambiables. Y ahora sé exactamente cómo las trata cuando nadie mira.

Entiendo porque a ellas le gusta. No soy ciega.

Daniel Cross es un hombre atractivo. De esos que roban miradas cuando pasan. Alto. Con piel bronceada. Musculoso. Una barba de tres días. Y lo más importante para algunas mujeres, una billetera bien grande. Pero nada de eso me impresiona.

Hombres como él los hay de todas las formas y en todas las presentaciones.

Mujeriegos.

Misoginos.

Hipocritas.

Ante mi actitud, su sonrisa solo crece, como si todo esto fuese lo más divertido para él.

—Emma —dice mi nombre inclinándose un poco más cerca—. Solo digo que no parecías tan incómoda.

Esto es…

Increíble.

—Lo que dice es absurdo —corto sus locuras— usted puede hacer lo que quiera, cuando quiera, con quién quiera— aclaro secamente —y nada de eso me afecta porque no me importa. Y si no tiene nada realmente importante por decir, le pido que me deje ir.

Esta vez no espero a que se aparte. Doy media vuelta y tomo el camino más largo de regreso a mi escritorio. Prefiero dar la vuelta entera al piso antes que seguir jugando a lo que sea que él esté intentando.

Mientras me alejo, siento su mirada clavada en mi espalda y por alguna razón que no quiero analizar, eso me incomoda mucho más de lo que debería.

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