Capítulo 5 ¿Quién está allí?
POV Emma
El lunes siempre ha sido mi día menos favorito de la semana, pero hoy se siente peor.
Para cuando entro al edificio de oficinas, lo hago sientiendo la chaqueta demasiado ajustada, los labios apretados y el corazón aún doliendo.
Jasón se ha ido.
De verdad lo ha hecho.
Como si los cinco años que construí con tanto cuidado nunca hubieran existido. Como si yo fuera solo un capítulo que él decidió cerrar sin consultar. Como si dejarme aquí, en esta ciudad, fuese algo insignificante para él.
De verdad lo hizo.
De verdad me dejó.
Camino por el pasillo de la oficina sintiendo que floto dentro de una nube espesa de confusión, dolor y una rabia silenciosa que no sé dónde poner. Cada risa de mis compañeros, cada comentario ligero sobre “el fin de semana increíble” o “lo bien que lo pasamos” me resulta ofensivo. Es sorprendente como el mundo sigue girando con normalidad mientras el mío se ha detido por completo.
Y lo peor es que hoy debo de actuar como si nada. Como si mi novio de cinco años no me hubiese dejado con la excusa más patética y egoísta.
—Emma.
Estoy encendiendo mi computador, cuando la voz de Sophie me saca del trance.
Sophie, la esposa de mi jefe y la misma que me consiguio un empleo en esta ciudad luego de que viniera detrás de Jasón, aparece de la nada, justo como siempre hace cuando más la necesito, con esa sonrisa que intenta ser contagiosa y una actitud demasiado entusiasta para el día de mierda que estoy teniendo.
—Hola —saludo, forzando una sonrisa que espero y no sea una mueca desagradable.
Ella se detiene frente a mi escritorio y me examina con atención. El ceño se le frunce de inmediato.
—¿Estás bien? Te ves...
—¿Horrible? —pregubto cuando ella se detiene.
—Si— asiente, mirándome con más atención.
—Sí —miento—. Solo tuve un fin de semana… largo— masculló, mientras intento sonreír.
Aunque intento restarle importancia a todo el asunto, ella no me cree.
—Venga. Sala de descanso. Ahora. Necesito que me cuentes qué pasó y tú claramente necesitas soltarlo.
—Pero… —señalo con la cabeza hacia la puerta cerrada de la oficina de Ethan—. No se supone que deba dejar el puesto sin...
Sophie no me deja terminar. Camina hasta la puerta de la oficina de mi jefe, la abre de golpe y asoma la cabeza.
—¿Amor?
Ethan Cole aparece casi de inmediato.
—¿Sucede algo?— pregunta con el ceño fruncido a su esposa.
—¿Puedo llevarme a Emma unos minutos? Necesito hablar con ella. A solas.
Mi jefe inspecciona con la mirada a su esposa, confundido. No sé qué dicen pero los veo hablar en voz baja. Entonces la mirada de ambos se posa en mí. Me siento expuesta, como si llevara el desastre escrito en la cara.
—Eh… no hay problema —dice Ethan al fin, aunque suena inseguro.
—¿Te las puedes arreglar sin ella un par de horas?
—¿Un par? Bueno… sí, pero...
—Gracias— lo interrumpe ella, sin dejarlo terminar de hablar.
Sophie se pone de puntillas, le da un beso rápido a su esposo y regresa hacia mí.
Verla domar a un hombre tan intimidante y serio como Ethan es algo gracioso. Sophie es de esas mujeres pequeñas, delgadas y con aspecto delicado que fácilmente podrían ser subestimadas y aún así se las arregló para tener a un hombre como él comiendo de la palma de su mano, en cualquier otro momento podría haber bromaeado al respecto pero hoy no estoy de ánimos.
Sin decir nada más, y bajo la mirada interrogativa de su esposo, ella me toma del brazo con determinación y me arrastra antes de que pueda protestar. Detrás de nosotras siento la mirada confusa de Ethan, pero en este momento no me importa.
Si ser amiga de la esposa del jefe me da algún tipo de ventaja... La tomaré.
Al llegar a la sala de descanso, enseguida noto que el lugar está vacío.
Afortunadamente.
—Sentémonos aquí —dice Sophie conduciéndome a una de las mesas más cercana, la que está en la pared, pero me detengo en seco.
La imagen de Daniel con las piernas de esa mujer envuelta a su alrededor mientras tenían sexo desenfrenado en este lugar me llega a la cabeza. Una vez más, el asco me sube por la garganta.
No es algo que quiera tener en mente mientas charlo con mi amiga.
—No —digo—. Mejor en la esquina.
Sophie me mira extrañada, pero no discute. Así que seguimos hasta la pequeña mesa del rincón, lo más lejos posible de ese lugar.
—¿Café o té?
—Café.
Ella sirve dos tazas y se sienta frente a mí. Por primera vez desde el sábado por la noche, permito que la fachada de mi rostro se agriete un poco.
—Jasón… —digo, sintiendo como mi voz tiembla un poco al decir su nombre—. Me dejó. Dijo que quería tomarse un tiempo… y mudarse a otra ciudad. Por trabajo.
Sophie parpadea. Lentamente.
—¿Qué? Espera… ¿cómo que se va? ¿Y tú? ¿Te dejó aquí? —pregunta confundida— no lo entiendo.
—Yo tampoco lo entiendo —susurro—. Pensé que estábamos bien. Que todo iba… bien. Cinco años, Sophie. Cinco años y de repente soy una distracción. Una interferencia en su crecimiento personal.
Por sobre la mesa, ella toma mi mano con suavidad.
—¿Y eso te lo dijo él o tú...?
—Me lo dijo él— aclaro.
La mueca de dolor de Sophie es un reflejo de cómo me estoy sintiendo.
—Jasón dijo... Él dijo que lo estaba distrayéndo— le aclaro.
—Oh... bueno, eso duele como el infierno, lo sé— dice mi amiga desconcertada— pero escúchame: no dejes que nadie te haga sentir menos. Él es el que se lo pierde.
Intento sonreír. Se que Sophie está intentando animarme, pero no es tan fácil.
—Lo sé… solo que sigo sin entender del todo. Me siento… extraña. Y enfadada. Mucho. ¿Como carajos se le ocurrió dejarme ahora? —dejo salir la pregunta que me ha estado atormentando desde que me dijo que se iría— yo vine hasta aquí por él... ¿Y ahora me deja?
—Oh, Emma— suspira Sophie apretándome mi mano con fuerza— como me gustaría patearlo ahora mismo. O mejor, lanzarlo directo a los cerdos de la granja.
Está vez sí logra arrancarme una risa, baja y breve, pero risa en fin.
Ella sigue hablando. Intenta consolarme, animarme, recordarme quién soy. Y durante unos minutos lo logro: me dejo llevar por su voz, por esa energía protectora que siempre ha tenido.
Hasta que lo escucho.
Un roce metálico.
Suave.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Me tenso de inmediato.
—Sophie —digo en voz baja, sin apartar la vista de la puerta—. ¿Hay alguien ahí? —pregunto señalando la puerta.
Ella frunce el ceño y ambas miramos hacia la entrada. La puerta ahora está entreabierta.
No...
Es imposible.
Yo misma la cerré al entrar. Estoy segura.
Sophie me hace una seña para que la espere, se pone en pie en silencio y camina hasta allá. Abre la puerta de golpe.
El pasillo está vacío.
—No hay nadie —dice, confusa, asomándose a ambos lados.
Apesar de que mi amiga me asegura de que no hay nadie cerca, yo sé se que escuché algo.
Sé que esa puerta no se abrió sola.
Y, por alguna razón que no puedo explicar del todo, sé exactamente quién estuvo del otro lado.
