Capítulo 6 ¿Esto es para mí?
POV Emma
Es increíble como una hora de conversación con Sophie me ayudo a centrarme de nuevo.
Ni siquiera importó que estuviera en horario laboral.
La ventaja de ser amiga de la esposa del jefe es precisamente esa: no tengo que pedir permiso. Ella lo pide por mí. Y nadie, ni siquiera Ethan Cole, es capaz de negarle nada. Ese hombre está demasiado enamorado de Sophie como para oponerse a cualquier cosa que ella quiera.
Justo como yo pensé que Jasón lo estaba de mí.
Pero estuve equivocada.
Para Jason yo no soy tan importante como pensé que lo era.
Hablar con Sophie me alivió un poco. Me hizo ver que no fui yo quien falló. Que a veces las cosas simplemente dejan de funcionar. Aun así, la confusión sigue ahí, instalada en mi pecho como una piedra incómoda que no puedo sacar.
¿Acaso hice algo para que él se sintiera así?
¿Acaso lo presioné de más sin darme cuenta?
¿Acaso fui demasiado… presente?
No lo sé.
Pero necesito respuestas o me volveré loca.
No puedo evitar tomar el teléfono.
Lo dejo sobre el escritorio.
Lo vuelvo a tomar.
Lo dejo otra vez.
No sé cuantas veces lo hago, pero la pantalla sigue iluminada en el chat con Jasón. Mis dedos etaan suspendidos sobre el teclado pensando que escribirle cuando una sombra se detiene frente a mi escritorio.
—No deberías hacerlo.
La voz de Daniel Cross me sobresalta. Ni siquiera lo oí acercarse.
Enseguida levanto la vista.
Él está de pie, demasiado cerca, con esa expresión entre aburrida y divertida que parece ser su estado natural. Antes de que pueda reaccionar, él ya me está quitando el teléfono de la mano y lo deja suavemente sobre el escritorio… lejos de mi alcance.
—¿Necesita algo, señor Cross? —pregunto, todavía desorientada.
—No le escribas —dice, tomandome por sorpresa.
Eso me desconcierta.
¿Acaso él sabe que yo...
—¿Cómo sabe usted lo que yo...
—Deberias de mostrar un poco más de orgullo —continúa, como si estuviera leyendo un manual—. No puedes ser tú quien escriba primero. Deja que él se arrastre un poco.
La palabra “arrastrarse” suena absurda aplicada a Jasón. Él no es ese tipo de hombre. Nunca lo ha sido.
—No sé de qué habla —mascullo, molesta por su impertinencia—. Pero si necesita algo relacionado con el trabajo, puedo ayudarlo. De lo contrario...
—No tienes por qué hacerte siempre la fuerte— me interrumpe Daniel con su típica arrogancia— a veces solo hay que dejar salir lo que nos molesta.
—Señor Cross…
—Daniel —corrige, sonriendo.
—Señor Cross —repito, manteniendo la distancia con este hombre tan insoportable—. Creo que me ha malinterpretado. Mi vida personal no es algo de lo que quiera hablar con usted, así que absténgase de hacer comentarios no solicitados.
De forma profesional, le digo que no se meta en lo que no es su problema, pero él solo suspira, como si yo fuera la que está siendo difícil.
—Te dejó— suelta las palabras sin ningún tipo de vergüenza.
Las dos palabras caen entre nosotros con un peso incómodo.
No puedo creer que él de verdad se haya a atrevido a decir algo como esto.
Lentamente, me pongo de pie. Aunque él me saca casi quince centímetros, lo enfrento sin apartar la mirada.
—No sé a qué se refiere —digo entre dientes— pero si está hablando de algo personal, no me interesa entrar en ese tipo de conversaciones con usted.
—Emma, no tienes que hacerte la dura conmigo —insiste, bajando un poco la voz—. Sé cómo te sientes.
—Deténgase —lo interrumpo de inmediato—. Mi vida personal no es asunto suyo.
Odio como mi voz se tensa.
Odio que él pueda notar la incómodad.
Este tipo es... Insufrible.
—¿Cómo no va a ser mi problema si llevas toda la mañana suspirando por la oficina? —replica con una calma exasperante—. Solo te estoy diciendo que, si él fue quien te dejó, no le escribas tú primero. Déjalo que te extrañe un poco.
—Basta.
—Cinco años, ¿no?
El estómago se me contrae con fuerza.
Entonces sí fue él.
Definitivamente fue él quien estuvo del otro lado de la puerta en la sala de descanso. Quien escuchó cada palabra que le dije a Sophie. Quien ahora está aquí, usándolas en mi contra con esa naturalidad insultante.
—¿Le gusta escuchar conversaciones ajenas? —pregunto, dejando que la rabia se filtre en cada sílaba.
—Solo las interesantes —responde sin el más mínimo rastro de culpa.
No puedo evitar apretar los puños sobre el escritorio.
—Es un imbécil.
—Y tú eres predecible —contesta con absoluta tranquilidad.
Parpadeo, confundida.
—¿Perdón?
—Tú pensabas que te iba a proponer matrimonio y él solo quería terminar contigo. ¿Quién es el imbécil aquí?
Esta vez, puedo sentir como el aire se me queda atascado en la garganta. Durante un segundo no sé si quiero golpearlo o simplemente desaparecer.
Él...
Es un imbécil.
—Señor Cross, deténgase —advierto, con los dientes tan apretados que siento que me duelen—. Mi vida personal no es su problema. Y si continúa por este camino, voy a tener que hablar con Recursos Humanos— le advierto.
En lugar de retroceder, él inclina la cabeza, fingiendo inocencia.
—¿Ah, no? Es que lo estabas hablando en una sala común. Yo no tenía forma de saber que era privado.
Se está burlando. Claramente. Él está usando en mi contra las mismas palabras que yo le dije el día que lo sorprendí en esa misma sala de descanso.
Daniel Cross es, sin duda, el hombre más insufrible que he conocido.
Me quedo mirándolo en silencio.
Decirle que se vaya al demonio me podría traer problemas, quedarme callada tambien.
Él sabe que me tiene, sabe que me ha puesto en un aprieto y parece estar disfrutando con ello. Me sostiene la mirada, todavía divertido, todavía demasiado seguro de sí mismo. Y entonces, poco a poco, una idea se forma en mi cabeza.
Sonrío.
Lenta.
Calculada.
Daniel nota el cambio de inmediato y da un paso casi imperceptible hacia atrás.
—Eh… creo que me voy —anuncia de pronto, con cautela.
—Espere, señor Cross —digo con un tono tan dulce que contrasta con lo que estoy sintiendo por dentro.
Él se detiene, claramente desconfiado.
—¿Sí?
Tomo la gruesa carpeta que contabilidad me envió esa misma mañana y se la tiendo con ambas manos.
—Esto es para usted.
Daniel mira la carpeta. Luego a mí. Luego otra vez a la carpeta.
—¿Qué se supone que es eso? —pregunta con una mueca.
—Los estados de cuenta de los últimos tres meses —respondo con amabilidad exagerada—. Contabilidad los envió hoy temprano.
—¿Y?
—Debe revisarlos. Hoy.
Él me mira como si le hubiera dicho que debe de asesinar a alguien.
—¿Hoy? —repite, incrédulo.
La carpeta es tan gruesa que mis brazos empiezan a resentirse, así que se la acerco un poco más, parpadeando con inocencia.
—¿Señor?
Daniel traga saliva con evidente horror y mientras extiende las manos para tomar el documento me lanza una mirada llena de tanta incertidumbre que me podría parecer graciosos si él no fuese un imbécil de máxima categoría.
—¿Estás segura de que esto es para mí? —pregunta, todavía aturdido.
—Por supuesto —asiento con entusiasmo—. Usted es el director de finanzas, ¿no? Tomé la carpeta y vaya a trabajar. Señor.
Esta vez no me molesto en disimular la sonrisa.
