Capítulo 2 Primera parada
Rory
—Rory, ha llegado el momento. Sal de ahí, niña, no me hagas entrar a sacarte del cabello.
La voz áspera y desprovista de toda empatía de la madre superiora se filtra a través de la madera desgastada de la puerta del baño. Me paso las manos temblorosas por la cara, intentando limpiar el rastro de agua fría con el que he estado tratando de espantar los mareos.
A mis casi dieciocho años, y contra todo pronóstico en este lugar miserable, estoy a punto de ser adoptada. Durante diez años he visto pasar a docenas de niños conseguir familias mientras yo me quedaba relegada a los rincones, olvidada, catalogada como "difícil". Pero hoy... hoy todo va a cambiar.
¡Por fin saldré de este infierno estructurado de paredes grises, disciplina severa y comida rancia! No me importa lo que digan los folletos de caridad: los orfanatos son una pesadilla en la vida real.
Respiro hondo, inflando mis pulmones, y me doy una última mirada al espejo quebrado sobre el lavabo. Observo mis ojos grandes y verdes, enmarcados por pestañas oscuras y un rostro pálido marcado por el cansancio.
—Ya voy, hermana —respondo con la voz lo más firme que puedo.
Al abrir la puerta, la monja ni siquiera disimula el desagrado que le causa mi presencia. Sus ojos fríos me recorren de arriba abajo con desprecio, así que no me molesto en fingir una falsa devoción mientras me toma bruscamente del brazo y me arrastra por el pasillo oscuro.
—Camina rápido. Bastante trabajo nos has dado todos estos años como para hacer esperar a quienes han venido por ti, has sido una desgracia. —refunfuña la mujer, apresurando el paso.
—Pensé que la familia ya estaba en la oficina principal —murmuro confundida cuando me doy cuenta de que no vamos hacia la recepción, sino que nos adentramos en los pasillos de servicio que conducen directamente a la cocina.
—No hagas preguntas tontas. Ellos pidieron hacer el trámite por la entrada trasera para evitar papeleo innecesario —responde con brusquedad.
Al cruzar la doble puerta de la cocina, un escalofrío helado me recorre la espalda. Las demás monjas que están cerca de la zona de preparación de alimentos se congelan al verme entrar. Todas y cada una de ellas apartan la mirada en absoluto silencio, clavando los ojos en el suelo o en sus tareas. Nadie me mira. Nadie me sonríe. Ninguna me da la enhorabuena.
La alarma de peligro se dispara de inmediato en mi pecho, resonando como una campana de emergencia.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto, intentando plantar los pies en el suelo y zafarme de su agarre—. Esta no es la salida normal. ¡Suéltame!
—Cállate la boca, niña malagradecida —sisea la madre superiora, apretando su agarre con tanta fuerza que siento que sus dedos van a dejarme moretones en la piel.
—¡Dije que me sueltes! ¡Ayuda! —comienzo a forcejear con desesperación, jalando hacia atrás.
Un dolor agudo y punzante me cruza el rostro de lado a lado. Siento mi mejilla arder intensamente cuando la madre superiora me voltea la cara de una bofetada limpia y sonora. La fuerza del golpe me deja un pitido agudo en los oídos y el sabor metálico de la sangre en los labios.
—No has sido más que una desgracia y un gasto inútil desde el día en que te dejaron en nuestra puerta —escupe la mujer con una frialdad macabra—. Agradécele a Dios que encontré a alguien dispuesto a pagar una buena suma por una mocosa rebelde como tú. Ahora, por fin, ha llegado tu verdadero destino.
—¿Qué...? —susurro, paralizada por el horror.
No alcanzo a articular ninguna otra palabra porque la pesada puerta de hierro de la salida de mercancías se abre de golpe. Un hombre enorme, de hombros anchos y rostro surcado por marcas de viruela, irrumpe en la cocina. El hedor a cigarro barato y sudor rancio lo precede.
Siento que el aire abandona por completo mis pulmones cuando mis ojos se posan en el objeto que lleva en sus manos: un saco de lona negro, grueso y sucio.
—No... NO. Por favor, hermana, ¡no me haga esto! ¡Por favor! —suplico, sintiendo las lágrimas brotar de mis ojos por el pánico ciego.
Intento dar media vuelta y correr hacia el pasillo, pero el desconocido es ridículamente rápido. La mano del hombre se clava en mi cintura con la fuerza de un tornillo de banco, anulando mi escasa fuerza con aterradora facilidad. Levanto los puños e intento golpearlo en la cara, en el pecho, donde sea, pero mis puñetazos apenas le hacen cosquillas.
—Tranquila, muñeca. Vas a ir a un lugar mejor —se burla el hombre con una risa rasposa.
El saco de lona cae bruscamente sobre mi cabeza, bloqueando la luz del día, e inmediatamente un trapo impregnado con un químico fuerte es presionado contra mi nariz y mi boca. Intento aguantar la respiración, pero el pánico me obliga a inhalar. Un olor dulzón y tóxico me llena los pulmones y, en cuestión de tres segundos, mis piernas se vuelven de trapo y el mundo entero se apaga en una oscuridad absoluta.
El regreso a la conciencia es lento, doloroso y sofocante. Siento una pesadez enorme en los párpados y la cabeza me retumba como si me estuvieran golpeando el cráneo con un martillo desde dentro.
Un roce áspero y desconocido en mi brazo izquierdo me hace dar un respingo violento. Intento acurrucarme sobre mí misma y es ahí cuando abro los ojos pesadamente, comenzando a procesar el lugar donde me encuentro. El suelo tiembla bajo mi cuerpo y el rugido de un motor pesado me indica la verdad: estoy en la parte trasera de un camión de carga en movimiento.
La penumbra es casi total, apenas iluminada por pequeñas rendijas de luz que se filtran por la puerta metálica. A mi alrededor, amontonadas en el suelo de madera, hay al menos veinte chicas más. Todas lucen aterradas, vestidas con ropas sencillas o uniformes. Ninguna parece tener más de veinte años.
—¿Qué... qué pasó? —mi voz sale extremadamente rasposa, quebradiza. Siento la garganta tan seca y áspera como si hubiera estado tragando arena durante días—. ¿Dónde estamos? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Una chica de cabello oscuro que está acurrucada a mi lado me mira con los ojos rojos de tanto llorar.
—Nos vendieron... —susurra con la voz temblorosa—. Llevamos más de seis horas viajando. A algunas las sacaron de sus casas, a otras de la calle... Nadie sabe a dónde nos llevan.
Antes de que pueda procesar la magnitud de sus palabras o hacer más preguntas, el camión frena bruscamente, haciendo que todas nos deslicemos hacia adelante con un gemido de susto. Se escucha el chirrido de los frenos de aire y, segundos después, el sonido de cadenas de hierro siendo desenganchadas de la puerta trasera.
Las pesadas puertas metálicas se abren de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire frío y húmedo que me hace tiritar. El mismo hombre enorme que me secuestró en la cocina del orfanato aparece recortado contra la luz.
—Primera parada, muñecas —anuncia con una sonrisa desdentada, sacando un revólver de su cinturón y encañonándonos de forma indiscriminada. Dos hombres más, igualmente armados y con aspecto amenazante, se colocan a sus espaldas—. Empiecen a bajar una por una. Ni se les ocurra intentar nada estúpido si no quieren que les abra un agujero en las piernas.
El pánico colectivo se convierte en sollozos ahogados. Las chicas comienzan a ponerse de pie torpemente, avanzando en una fila india aterrorizada. Con las piernas temblorosas y el corazón en la garganta, me obligo a levantarme. Me deslizo por el vagón hasta que llega mi turno de saltar hacia la tierra mojada.
—¡Camina, muévete! —un tirón violento en el hombro me saca de mis pensamientos y me hace tambalear.
Al alzar la vista para ubicarme, me encuentro frente a una mansión colosal de piedra oscura que parece sacada de un cuento gótico o de una pesadilla. Está rodeada por un bosque espeso y frondoso, donde la niebla baja se arrastra entre los árboles gigantescos.
Cerca de las escalinatas de la entrada aguarda un hombre joven, de postura erguida, vestido con ropa impecable pero con un porte militar rígido. Le echa una mirada calculadora a mi captor y luego barre a nuestro grupo con la vista, como si estuviera contando cabezas de ganado.
—¿Nuevo lote, Ronald? —pregunta el joven con voz fría, desprovista de cualquier emoción.
—Así es, muchacho. Pura mercancía de primera calidad —responde el tipo a mi lado, dándose palmaditas en el estómago—. Vengo a ver directamente al Alpha. Dijo que quería revisar las adquisiciones en persona.
Frunzo el ceño, apretando los dientes. ¿Alpha? ¿Acaso he caído en manos de algún cártel de la mafia? ¿Es ese el apodo de algún narcotraficante sanguinario de la región?
De pronto, el aire de la tarde parece volverse denso, casi pesado. Un silencio sepulcral cae sobre la explanada de entrada, como si hasta los pájaros del bosque hubieran decidido callar. Desde el umbral de la enorme puerta de roble de la mansión, una sombra imponente se proyecta sobre la piedra.
¿Acaso, han venido a matarnos?
