Capítulo 3 Alfa Killian

Rory

Con pasos lentos, calculados y dominantes, aparece un hombre.

El mundo a mi alrededor parece detenerse. Es el ser más grande, temible y letalmente atractivo que he visto en toda mi vida. 

No parece del todo humano. Mide casi dos metros de altura, con un tórax amplio y musculoso que se intuye bajo su chaqueta ajustada. Su mandíbula es marcada, esculpida en ángulos duros, pero lo que realmente hiela la sangre son sus ojos: oscuros, profundos y cargados de una autoridad tan aplastante que te obliga a querer arrodillarte.

—Ronald... —su voz es una resonancia grave, profunda y arrastrada que me retumba directo en el esternón y envía una descarga eléctrica por toda mi columna—. ¿Qué tienes para mí hoy?

Los nervios del enfermo de Ronald son visibles mientras intenta enderezarse ante el que obviamente es el jefe.

—Sí, sí, Alfa Killian. Todas forman parte del nuevo lote, recién adquiridas en los límites del sector humano —dice Ronald, bajando la cabeza en una especie de reverencia sumisa—. Se las he traído directamente a usted para que elija primero.

Un nudo repugnante de náuseas se me forma en el estómago ante la palabra "mercancía". Algunas chicas a mi lado comienzan a sollozar con más fuerza. Yo estoy aterrorizada, sintiendo que en cualquier momento mis piernas van a ceder, pero me resulta absolutamente imposible apartar la mirada de ese hombre llamado Killian. Hay una atracción gravitacional, extraña y aterradora, que tira de mí hacia él.

Él comienza a caminar a lo largo de la fila con una elegancia depredadora. Se detiene frente a un par de chicas, levantándoles el rostro por la barbilla con frialdad para evaluar sus características. A medida que sus pasos lo acercan a mi posición, una ola de calor inexplicable comienza a recorrer mi piel, haciendo que mis pulso se dispare. No entiendo qué me está pasando; mi mente exige correr, pero mi cuerpo parece fascinado por su presencia.

Entonces, como si hubiera percibido el peso constante de mis ojos sobre él, Killian gira bruscamente la cabeza.

Nuestros ojos colisionan en el aire.

Un jadeo audible se me escapa de la garganta. Me siento temblar de pies a cabeza bajo la intensidad abrumadora de su mirada. Sus ojos oscuros recorren cada centímetro de mi piel, desde mi cabello rubio despeinado hasta la ropa sucia que llevo puesta. Sin embargo, al llegar a mi rostro y notar la huella roja y marcada de la bofetada en mi mejilla, su ceño se frunce fuertemente. Inclina la cabeza hacia un lado, como un animal salvaje intrigado por un hallazgo inusual.

—¿Qué le pasó a esta? —pregunta Killian, cambiando bruscamente de rumbo. Ignora por completo al resto de las chicas y camina a pasos agigantados directamente hacia mí.

—Puso resistencia durante la extracción —se apresura a explicar Ronald, justificándose—. La mujer que me la vendió en el orfanato tuvo que ajustarla un poco para que se dejara meter al saco.

—Eres toda una cachorra guerrera, ¿eh? —murmura Killian al detenerse a escasos centímetros de mí. Su sombra me cubre por completo.

Antes de que pueda dar un paso atrás, su mano masiva y cálida atrapa mi quijada con una firmeza de acero, obligándome a levantar la cabeza para sostenerle la mirada. Luego, para mi absoluto desconcierto y terror, inclina su rostro hacia mi cuello y aspira profundamente el aire a la altura de mi yugular.

Un gruñido sordo, vibrante y visceral retumba en el fondo de su pecho. El sonido manda miles de chispas de electricidad estática corriendo por toda mi piel. Cuando vuelve a mirarme a los ojos, veo que sus pupilas se han dilatado hasta cubrir casi por completo el iris. Hay un brillo salvaje, dominante y hambriento en su cara que me deja totalmente hechizada y congelada.

—Quiero a esta —sentencia sin apartar la mirada de la mía.

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