Capítulo 4 Tu primer castigo

Rory

La rotundidad de su voz rompe el trance hipnótico en el que me encontraba. Mi cerebro por fin reacciona al peligro inminente y todo el miedo contenido explota en una ola de pura histeria y rabia.

—¡No me toques! ¡Aléjate de mí, ERES UN ENFERMO! —le grito directamente a la cara, acumulando todo el veneno que puedo.

Mi exabrupto y mi falta total de sumisión parecen tomarlo completamente por sorpresa. Sus cejas se elevan ligeramente y su agarre se afloja por un milisegundo.

Aprovechando su estupor, ejecuto mi siguiente movimiento sin pensarlo dos veces: me giro y corro.

Me desprendo de su mano con un manotazo, doy media vuelta sobre la tierra húmeda y me lanzo a toda velocidad hacia la vegetación tupida del bosque que rodea la propiedad. Oigo los gritos de alarma de los hombres armados y el chasquido de sus pistolas, pero por encima de todo eso, escucho la voz de Killian resonar a mis espaldas con una frialdad espeluznante:

—No debiste haber hecho eso, cachorra.

En cuestión de segundos, el retumbo de unas pisadas pesadas y sobrehumanamente rápidas comienza a escucharse justo detrás de mí. El crujido de las ramas rotas se acerca a una velocidad imposible. El pánico absoluto me impulsa a exigirle más a mis piernas, saltando raíces y esquivando ramas que me rasguñan los brazos, pero es una causa perdida.

Un instante después, una masa muscular imparable colisiona contra mi espalda.

Sus brazos de hierro se envuelven alrededor de mi cintura en el aire, girándome con habilidad para amortiguar el impacto contra el suelo. 

Caemos sobre un colchón de hojas secas, y yo termino aterrizando directamente sobre su pecho masivo, sintiendo cada músculo rígido de su cuerpo bajo el mío.

—Has sido una niña muy mala —gruñe Killian cerca de mi oído. Su voz es una vibración baja que me hace temblar de pies a cabeza, y no estoy segura de si es solo de terror.

Mi corazón martillea contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Me encuentro atrapada contra el cuerpo de un gigante al que no puedo mover ni un milímetro.

—P-Por favor... déjame ir —suplico en un susurro ahogado, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas hacia la tierra—. Por favor...

Por una fracción de segundo, me parece ver un destello de profunda empatía y calidez en sus ojos oscuros, pero desaparece tan rápido que me convenzo de que ha sido solo una ilusión producto de mi desesperación.

—No puedo hacer eso —responde con calma.

En un movimiento rápido e impresionantemente fluido, se sienta en el suelo manteniéndome atrapada en su regazo, de modo que nuestros rostros quedan a escasos centímetros de distancia.

—¿Por qué no? —lloro, intentando empujar su pecho con mis manos temblorosas—. Yo no soy nadie... No conozco este lugar, no diré nada a la policía, lo prometo. ¡Solo déjame ir!

Killian ignora mis suplicas y hunde una de sus manos en mi cabello rubio, enredando sus dedos largos en mis mechones despeinados. Trae el cabello hacia su cara y vuelve a aspirar mi aroma con los ojos cerrados. Presencio con creciente horror cómo sus pupilas se dilatan de nuevo mientras de su garganta emana un gruñido gutural que me eriza los vellos del cuello.

—No voy a dejarte ir. Tal vez lo habría considerado antes de olerte... pero ahora no hay manera en este mundo de que te libere —me dice, acercando su rostro tanto que siento su aliento cálido rozar mis labios deshidratados.

Sin darme cuenta, termino con los puños apretados contra su pecho rígido. No estoy segura de si estoy tratando de alejarlo o si mi cuerpo, traidoramente, quiere mantenerse cerca de su calor. A estas alturas ya no entiendo nada de lo que me pasa.

—A-Aún puedes hacerlo... déjame ir...

—No. No puedo, porque has despertado mi interés de una forma que no imaginas —susurra Killian, pasándole el pulgar con suavidad por mi mejilla golpeada—. Y eso solo consigue que me den ganas de tenerte encerrada conmigo para siempre.

Las palabras activan mi instinto de supervivencia y mi parte más histérica. Comienzo a negar efusivamente con la cabeza, retorciéndome sobre su regazo.

—¡Nunca estaré contigo! —le grito a centímetros de su rostro—. ¡Mucho menos de manera voluntaria! ¡Prefiero morir!

Mis palabras parecen irritarlo profundamente. La calidez en su rostro se extingue y sus manos se ajustan con mayor fuerza alrededor de mi cintura, sacándome un jadeo de dolor.

—Entonces te retendré por la fuerza. Sea como sea, no vas a salir de este territorio.

—¡NO VOY A SER TU ESCLAVA! —le chilló, pateando y forcejeando con impaciencia.

Mis movimientos desordenados y mi desafío parecen alterarlo demasiado. De repente, un gruñido aterrador, completamente animal y salvaje, brota del fondo de su garganta. El sonido es tan potente que vibra en mis propios huesos y me deja helada, paralizada en el acto por el instinto primordial de no provocar a una bestia.

—Ya eres mi esclava, chiquilla —sisea Killian, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Y yo soy tu Alpha. Más vale que te hagas a la idea cuanto antes.

—No, no... por favor...

Killian ignora por completo mis lágrimas. En un solo movimiento fluido y lleno de fuerza, se pone de pie llevándome consigo sin ningún esfuerzo. Me acomoda de golpe sobre su hombro derecho, cargándome en peso como si fuera un saco de papas.

—¿Qué haces? ¡BAJAME! ¡SUÉLTAME! —grito, golpeándole la espalda con mis puños.

—Vas a recibir tu primer castigo por haber intentado huir y por desafiarme frente a mis hombres —dice con voz dura mientras retoma la caminata a pasos agigantados de vuelta a la mansión.

Escuchar la palabra castigo desencadena una ráfaga devastadora de recuerdos oscuros en mi mente. Las palizas del orfanato, los encierros en el sótano a oscuras, el dolor físico. El pánico se vuelve incontrolable, ahogándome la garganta. Mi cuerpo entero comienza a convulsionar en un temblor violento y mi voz se quiebra en un llanto infantil.

—¡No! No... castigos no... por favor... no más... —suplico, dejando de golpear para aferrarme a su camisa con desesperación—. Por favor, castigos no...

Al escuchar el quiebre genuinamente aterrorizado en mi voz, todo el cuerpo de Killian se vuelve rígido como la piedra. Sus pasos pesados se detienen en seco en medio del sendero. Siento cómo sus manos aflojan sutilmente el agarre férreo sobre mis piernas, temerosas de estar haciéndome daño.

Él gira la cabeza hacia arriba y sus ojos oscuros y enigmáticos chocan directamente contra los míos, que están nublados por las lágrimas. No sé qué es lo que descubre en mi rostro atormentado, pero veo cómo la dureza de su expresión se desmorona por un segundo, reemplazada por una pincelada de duda y desconcierto.

Sueltas un suspiro pesado que le hunde el pecho y retoma la marcha hacia la mansión, esta vez con pasos mucho más suaves.

—Lo lamento, pequeña... pero hay reglas en mi manada que deben cumplirse.

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