Capítulo 5 Ella y yo

Killian

No sé qué demonios es lo que esta chica ha provocado en mí. Desde el momento exacto en que crucé miradas con ella en la explanada de la mansión, un cortocircuito violento sacudió cada estructura de mi mente y de mi instinto animal. 

Por un instante fugaz, una chispa de esperanza ciega me hizo creer que por fin se trataba de ella: mi Luna. 

Imaginé que el tormento había terminado, que la maldición lanzada por aquella bruja se disiparía y que la sombra de la extinción dejaría de planear sobre mi cabeza y sobre toda la manada de Ciudad Medialuna. Pero, por supuesto, la fortuna nunca ha sido benévola conmigo.

Sé perfectamente que estoy atraído por ella de una manera insana, casi obsesiva, pero mi instinto de Alpha me grita que esto no tiene nada que ver con el sagrado vínculo de pareja predestinada. No hay esa sintonía espiritual perfecta, esa paz absoluta que se supone que otorga encontrar a tu otra mitad. 

Lo que siento por ella es crudo, abrasador, posesivo... y completamente desconcertante. Después de su intento de huida en el bosque, el protocolo estricto de la manada dicta que una humana problemática y rebelde debía ser expulsada de inmediato o tratada como un estorbo. 

Sin embargo, he roto mis propias reglas, pisoteando los estatutos más antiguos que yo mismo he defendido. 

No sé cómo explicarlo con palabras lógicas; es como si una parte profunda de mi conciencia animal la considerara de mi absoluta propiedad desde el primer segundo en que su aroma a tierra mojada, vainilla y desafío golpeó mis fosas nasales.

Es precisamente por esa razón turbia y peligrosa que, hace ya dos días, ordené confinarla en una de las celdas de las mazmorras subterráneas de la mansión. Un castigo necesario para mantener la disciplina frente a los miembros más conservadores de la manada, pero también una forma de apartarla de mi vista antes de perder completamente el control. 

Y justo hacia allá me dirijo en este preciso instante, con los pasos pesados y la mandíbula tensa.

—Killian, ¿estás seguro de lo que estás haciendo? —la voz de Blake interrumpe el silencio sepulcral del pasillo de piedra. 

Mi Beta y mejor amigo camina a mi lado, con los hombros rígidos y una mirada cargada de preocupación silenciosa—. Sabes perfectamente cómo están las cosas con los ancianos. Si te ven demasiado blando con una humana que intentó desertar en su primer día, los murmullos de descontento se van a convertir en una revuelta abierta.

—No lo sé, Blake —le respondo con una honestidad brutal que rara vez me permito mostrar ante los demás. Él es el único ser en este mundo con quien puedo permitirme bajar la guardia sin correr el riesgo de parecer débil—. No tengo la más remota idea de lo que estoy haciendo. Lo único que sé con certeza es que hay algo en esa maldita chiquilla que me arrastra hacia ella, que me quema por dentro y hace que quiera tenerla bajo mi resguardo, cueste lo que cueste.

Blake guarda silencio durante un largo tramo del pasillo oscuro, tan solo interrumpido por el eco sordo de nuestras botas sobre la piedra húmeda. Finalmente, se aclara la garganta, y cuando vuelve a hablar, su tono está teñido por una esperanza desesperada.

—¿No será que ella es tu compañera, Kill? Piénsalo bien.

—Ya te dije que no...

—Por la Diosa, hermano —me interrumpe Blake, deteniéndose un segundo y obligándome a mirarlo—. Si ella es la humana destinada, aunque el vínculo no se haya manifestado por completo todavía, todo este infierno acabaría. La maldición se rompería, la manada sería libre y tú recuperarías la paz que perdiste hace años.

Libres. 

Esa palabra resuena en mi mente como una sentencia de muerte a plazos. Cada día que pasa, el peso de esa palabra se vuelve más insoportable. 

Mi tiempo se está agotando a pasos agigantados. Si no encuentro a mi compañera predestinada en el lapso de poco más de un año —el plazo exacto que impuso la maldición antes de que mi lobo y yo colapsemos por completo—, temo profundamente que la manada de Ciudad Medialuna se desmorone y desaparezca en el olvido, devorada por los desertores y la ruina que acecha en las sombras.

—Ella no es mi Luna —digo con un gruñido bajo y gutural que retumba en las paredes de piedra.

—Killian, ¿estás absolutamente seguro de eso? —insiste Blake, con una mezcla de frustración y súplica en los ojos—. Vi la manera en que la mirabas en la entrada. Incluso si no es el vínculo tradicional, una Luna humana con ese carácter podría ayudar a estabilizar a la manada, podría ayudarte a ti a no perder el juicio...

—¡Lo sé, joder! Tengo más que claro todo lo que está en juego, todo lo que perdería si caemos —le espeto, sintiendo la frustración quemándome la garganta—. Pero te repito que la he olfateado de cerca, la he tocado, y sé que no es ella. Se siente... diferente, sí. Hay una atracción magnética y visceral que me enloquece, pero no hay el eco del vínculo espiritual. No sé qué demonios está pasando conmigo, y esa incertidumbre es lo que más me enfurece.

Blake deja escapar un suspiro denso y pesado, decidiendo no insistir más mientras retomamos el paso. 

Recorremos lo que queda del camino en completo silencio, hasta que finalmente llegamos a las pesadas puertas de hierro forjado que custodian la zona de las mazmorras. Dos guardias de élite de la guardia personal, con expresiones severas y armados hasta los dientes, custodian la entrada.

—Alfa —dicen ambos al unísono, inclinando respetuosamente la cabeza en una reverencia profunda.

Me limito a asentir con la barbilla en su dirección antes de empujar la pesada puerta, que se abre con un chirrido metálico. El olor característico del lugar me golpea de inmediato: una mezcla densa de humedad, sudor frío, sangre coagulada y orina rancia que impregna cada rincón de piedra. 

Al inhalar ese hedor, una punzada de culpa y malestar me sacude por dentro. Me siento estúpido y culpable por haber enviado a la chiquilla a un sitio tan sombrío y degradante, pero en ese momento no tenía alternativa; dejar pasar su desobediencia sin consecuencias habría destruido mi autoridad frente a los veteranos de la manada.

Sin embargo, por más que intento endurecerme, no puedo borrar de mi memoria la forma en que su cuerpo se puso rígido y su voz se quebró cuando escuchó la palabra castigo. 

Esa reacción me demostró que viene cargada de un pasado oscuro y doloroso que nada tiene que ver con nosotros.

—Espérame aquí, Blake —le ordeno a mi Beta deteniéndome antes de adentrarme en el corredor de celdas. Sé perfectamente que quiere protestar, acompañarme o darme más de sus consejos, pero no le doy margen de réplica—. Es un asunto entre ella y yo.

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