Capítulo 6 ¿Qué debo hacer?
Killian
Sin mirar atrás, empiezo a caminar a paso firme por el pasillo angosto, directo hacia la celda ubicada al fondo del corredor, donde la tengo retenida.
A medida que avanzo, incluso antes de llegar a la puerta reforzada, mis sentidos de lobo perciben con nitidez los sonidos del interior: los latidos rápidos, irregulares y acelerados de su corazón. Está aterrada. Puedo oler el miedo agrio y fresco que emana de su piel, mezclado con una rabia sorda e indomable que desafía la lógica de estar encerrada en un calabozo.
Acelero mis pasos, sintiendo cómo mi propio pulso se desboca en respuesta al suyo. Me detengo frente a la puerta de barrotes y, como si ella poseyera un radar invisible para detectar mi presencia, escucho cómo su corazón da un vuelco violento justo en el segundo en que giro la manija y abro la puerta.
Entro en la celda y la observo detenidamente. Todo en ella es un desastre absoluto, pero un desastre fascinante.
Su ropa, la misma túnica sencilla con la que llegó, está arrugada, manchada de tierra y sucia desde hace dos días, cuando cayó al suelo del bosque intentando escapar de mí como una fiera arrinconada.
Su cabello rubio está enmarañado, pegado a los lados de su rostro sudoroso por la humedad del calabozo, y su piel pálida tiene finas capas de polvo y hollín acumuladas en las mejillas.
Y, a pesar de todo ese cuadro de miseria y abandono, ella sigue viéndose malditamente tentadora. Es una belleza magnética, cruda, desprovista de artificios. Tanto así que incluso mi parte racional, la que intenta mantener el decoro de Alpha, tiene que admitirlo sin reservas.
—Hola, pequeña —le digo con voz baja, midiendo cada palabra para no asustarla más de la cuenta, aunque sé que mi sola presencia ya es una tormenta para ella.
Veo cómo sus músculos se tensan al instante. Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los huesos de sus mejillas se marcan con claridad.
Su cuerpo entero tiembla, traicionado por el agotamiento y el frío de la celda, pero cuando alza la vista para enfrentarme, sus ojos verdes no reflejan ni una sola pizca de sumisión; al contrario, destellan un fuego salvaje, desafiante y furioso.
—Jódete —me espeta con una claridad pasmosa.
Su respuesta tan directa y descarada me deja absolutamente atónito por un segundo.
Nunca, en todos mis años de vida como Alpha supremo de Ciudad Medialuna, me había topado con una humana —y mucho menos con una prisionera en una mazmorra— que tuviera el valor absoluto de mirarme a los ojos y mandarme al diablo de esa manera.
Es una bocanada de aire fresco en medio de tanta sumisión predecible.
Pero, pensándolo bien, jamás en mi vida había sentido un interés tan desmedido, tan irracional, por una mujer que no fuera mi compañera destinada. Con esta chiquilla las reglas del universo parecen romperse una a una.
No he podido sacarla ni un solo segundo de mi cabeza en estos dos días: su mirada llena de fuego, la forma en que su cuerpo encajó perfectamente contra el mío cuando la derribé en el césped, la manera en que tembló bajo mis manos.
Todo en ella me tiene consumido por un deseo febril, un anhelo que roza la locura y que moralmente no debería sentir, porque mi deber supremo es reservar esa clase de hambre únicamente para mi verdadera Luna.
—Parece que los dos días de encierro absoluto no han servido de mucho para calmar tus ínfulas de rebeldía —le digo, dando un paso al frente mientras me adentro por completo en el reducido espacio de la celda, cerrando la puerta a mis espaldas—. Pensé que estarías un poco más dispuesta a negociar si querías salir de este agujero.
Ella me mantiene la mirada fija, sin parpadear, pero en ese preciso instante noto cómo la coraza de seguridad y fiereza que intentaba mantener se va resquebrajando lentamente.
Sus labios finos comienzan a temblar de manera imperceptible y sus hermosos ojos verdes se nublan con una capa de lágrimas frustradas que se niega a derramar.
—Lo único que quiero... es que me dejes ir —dice con la voz rota, temblorosa, cargada de un cansancio infinito que me golpea directo en el pecho.
No voy a negarlo: verla así, con esa vulnerabilidad oculta tras su fachada de piedra, hace que se me remueva algo retorcido y doloroso en las entrañas. La maldita chiquilla me pone contra las cuerdas sin siquiera proponérselo.
Dejando escapar un suspiro pesado que hincha mi pecho, acorto la distancia que nos separa. Me arrodillo lentamente, quedando en cuclillas justo frente a ella para ponerme a su altura y evitar parecer una torre amenazante sobre su cuerpo agotado.
No paso por alto cómo, al verme bajar, su cuerpo se contrae por completo. Intenta encogerse aún más, pegando su espalda contra los bloques de piedra fría de la pared trasera para intentar ganar una distancia que ya no existe.
Sin embargo, no pienso dejar que huya de esta conversación. Alargo la mano y, con una suavidad inusual en mí, rodeo su barbilla con mis dedos, asegurándome de que su rostro permanezca fijo, obligado a sostener mi mirada.
—Ya te dije que no puedo hacer eso, pequeña —le susurro en medio de un gruñido bajo, casi una caricia acústica, mientras acaricio suavemente con el pulgar la piel de su mejilla—. No voy a liberarte, porque el destino, o lo que sea que nos haya cruzado, tiene otros planes para nosotros.
Veo cómo un estremecimiento violento recorre su columna al sentir el roce de mi piel contra la suya. Aprovechando su desconcierto, inclino un poco más el rostro y susurro directamente contra la curva de su oreja, sintiendo su respiración cortada:
—Pero lo que sí puedo hacer, lo único razonable en este punto, es sacarte de aquí. Las cosas no tienen que ser una pesadilla para ti, Rory... Todo puede ser mucho mejor de lo que imaginas si decides cooperar.
—¿Entonces... cómo serían las cosas? —pregunta ella, con la voz ahogada por el llanto retenido y el desconcierto—. T-Tú... tú me has comprado en una maldita transacción como si no fuera más que ganado en un mercado. Eso no está bien. Me secuestraste, me encerraste... ¡Eso no está para nada bien!
Es cierto, no puedo discutirle ese punto. La compré a través de los canales de comercio clandestino que operan en los límites, pero en mi mente y bajo las leyes de la ciudad, hay matices que ella ignora por completo.
—¿Era acaso mejor la vida que tenías antes? —le pregunto, con una nota de severidad mezclada con curiosidad genuina, porque durante estos dos días me he tomado la molestia de ordenar una investigación exhaustiva sobre sus antecedentes—. Tengo entendido que estabas pudriéndote en un orfanato miserable, donde las monjas te trataban como a una escoria y apenas tenías qué comer. Aquí, en mi ciudad, en Ciudad Medialuna, yo te ofrezco una vida completamente nueva, protección, un techo digno y un lugar en la sociedad si decides aceptarlo de buena voluntad. Las humanas que llegan aquí no son esclavas eternas; trabajan, aportan a la comunidad y aprenden a vivir junto a nosotros cuando aceptan las reglas. Es la tradición de nuestra supervivencia.
Ella se queda en absoluto silencio. Sus grandes y profundos ojos verdes se clavan en los míos, analizando cada palabra, buscando mentiras donde solo hay una dura y fría verdad. Por un momento, el tiempo parece detenerse en esa celda húmeda.
No puedo hacer otra cosa que observarla, y maldita sea, el impulso animal de inclinarme y probar sus labios se vuelve casi insoportable. Sé perfectamente que no debo hacerlo, que cruzar esa línea con una humana que aún me rechaza es una locura, pero mi autocontrol se tambalea peligrosamente.
Sin medir realmente las consecuencias de mis acciones, muevo mi rostro unos centímetros más hacia adelante.
El aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de electricidad. Siento la manera exacta en que su pulso se dispara como un tambor de guerra ante mi proximidad, y sin apartar mis ojos de los suyos, acerco mi rostro hasta rozar lentamente la punta de mi nariz con la suya.
—¿Qu... qué es lo que debo hacer? —su pregunta sale apenas como un hilo de voz, un suspiro tembloroso que sin haberlo planeado causa estragos absolutos en mi interior, desequilibrando cada barrera que he intentado construir.
