Capítulo 7 Te odio

Killian

—Solo debes obedecer, pequeña —le respondo con una firmeza magnética—. Si lo haces, te doy mi palabra de que nada malo te pasará bajo mi protección. ¿Puedes hacer eso por mí? ¿Puedes aprender a obedecer?

Ella se queda helada. Sus labios se abren ligeramente, pero ninguna palabra logra escapar de su garganta. Lucha una batalla titánica en su interior, debatiéndose entre su orgullo herido y la cruda realidad de su encierro. Al final, incapaz de articular una respuesta verbal, se limita a asentir lentamente con la cabeza, con un movimiento casi imperceptible.

—No me basta con un gesto —exijo, endureciendo un poco el tono, necesitando escuchar su sumisión en voz alta para apaciguar al lobo rabioso que llevo dentro—. Dilo en palabras, Rory. Necesito que lo hagas.

Ella me mira con esos enormes ojos verdes inundados de una mezcla de rabia y derrota, y veo cómo un par de gruesas y cristalinas lágrimas finalmente se desbordan por sus mejillas, recorriendo la piel polvorienta.

—Lo haré... —susurra con la voz rota—. Obedeceré.

Escucharla decir esas palabras debería darme la satisfacción del deber cumplido, debería confirmar mi autoridad absoluta como Alpha sobre una humana rebelde. Sin embargo, en lugar de eso, una punzada de extraña culpa y malestar se clava en mi pecho. No entiendo por qué demonios se encuentra llorando de esa manera tan desgarradora si le estoy ofreciendo una salida, una oportunidad de oro para integrarse. Debería estar agradecida, no destrozada.

Sintiéndome irritado conmigo mismo y con la extraña marea de emociones que ella desata en mi organismo, me pongo de pie de un salto abrupto, alejándome de su cuerpo para crear una distancia prudente entre los dos. Esto não está bien. Nada de esto encaja en los esquemas lógicos de mi vida. Ella no es la mujer que estoy buscando, no es la Luna que la profecía y la maldición me exigen encontrar para salvar a mi pueblo, y no puedo permitirme cruzar más límites con ella.

—Muy bien —digo con voz seca, fría e impersonal, recuperando mi fachada de gobernante implacable—. Enviaré a alguien de confianza para que venga por ti en cuanto terminemos aquí. Te sugiero encarecidamente que te prepares y aprendas rápido todo lo que se te indique; las demás chicas te llevan dos días de ventaja en la preparación debido a tu estúpido y obstinado arranque de rabia en el bosque.

Ella me mira con todo el desprecio y la furia que sus ojos verdes son capaces de acumular, pero no pienso darle más vueltas al asunto ni permitir que me replique. Doy media vuelta sobre mis talones y me encamino a paso firme hacia la puerta de la celda. Sin embargo, justo cuando estoy cruzando el umbral para salir al pasillo, su voz vuelve a resonar en mis espaldas, cargada de un veneno helado:

—Te odio.

Sus palabras me detienen en seco. Giro levemente la cabeza por encima del hombro para fijar mis ojos en ella una última vez. La veo allí, encogida pero desafiante, acurrucada contra la fría pared de piedra del calabozo.

—Si eso es lo que realmente quieres sentir, entonces hazlo —le respondo con una fría sonrisa sin alegría—. Pero te aseguro que me encargaré personal y diariamente de darte motivos suficientes para que ese odio no disminuya jamás.

Doy un fuerte portazo, cerrando la celda tras de mí y dejando al encierro devorar sus sollozos. Me acerco a los guardias que esperan firmes en el pasillo.

—Busquen a una de las mujeres de servicio para que la preparen adecuadamente y la limpien para el día del rito —ordeno con voz de mando.

Y así, sin añadir una sola palabra más, doy media vuelta y me alejo a grandes zancadas de ese lugar maldito, intentando huir de un fantasma que sé perfectamente que ya me ha atrapado por completo.

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