Capítulo 6

Punto de vista de Liora

Me aferré al borde del lavabo sin apartar la vista de la puerta del baño, que aún oscilaba sobre sus goznes.

Kade había salido huyendo a toda prisa. Llevaba el traje empapado y el cabello revuelto. No quedaba rastro del hombre eternamente arrogante que yo recordaba.

La puerta chocó contra el marco y volvió a abrirse con un ruido sordo.

Cerré los ojos y apoyé las palmas temblorosas sobre el frío mármol, obligándome a respirar. Las náuseas seguían retorciéndome el estómago. Mi piel aún parecía conservar el recuerdo de sus manos. Me froté el brazo con fuerza, como si así pudiera borrar aquella sensación.

Si Rowan no hubiera aparecido... ¿qué habría hecho Kade?

La sola idea me revolvió el estómago. Casi lamenté no haberlo matado cuando tuve la oportunidad.

Maldito bastardo.

—Eres despiadada.

La voz despreocupada llegó desde el otro lado de la estancia. Abrí los ojos.

Rowan estaba recostado contra el lavabo de enfrente, con los brazos cruzados sobre el pecho, una ceja arqueada y aquella sonrisa torcida tan familiar en los labios.

—El pobre idiota parecía a punto de orinarse encima. Das más miedo que yo.

Bajé la mano y enderecé la espalda.

—¿Qué haces aquí?

En aquel momento, no tenía ninguna intención de hablar de Kade.

Rowan ladeó la cabeza. Su sonrisa se ensanchó, pero no respondió. Se separó del lavabo y avanzó hacia mí sin prisa, con la seguridad de quien sabía que yo no tenía adónde escapar.

Retrocedí por instinto hasta que la parte baja de mi espalda chocó contra el borde del lavabo. El frío del mármol confirmó la realidad.

Estaba atrapada.

Rowan se encontraba demasiado cerca. Lo suficiente para que percibiera su aroma. Lo suficiente para arrastrarme de vuelta a aquella noche.

El calor me subió a las mejillas.

—¿En qué estás pensando? —Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro—. ¿Ya te estás sonrojando?

Fruncí los labios y me obligué a sostenerle la mirada. Sus ojos recorrían mi rostro con una intensidad oscura, como si quisiera grabar aquel momento en la memoria.

—¿Qué quieres?

Alzó una mano, apartó de mi mejilla un rizo suelto y lo acomodó detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron el borde y un escalofrío leve me recorrió el cuerpo.

—Quiero que me des las gracias. Te salvé.

Respiré hondo, procurando mantener la calma.

—Está bien. ¿Qué quieres? ¿Dinero?

Negó con la cabeza. Se inclinó un poco más hacia mí y me dejó sin palabras.

—El dinero no significa nada. —Su mirada se oscureció—. Quiero algo más valioso.

Hizo una pausa.

—Un beso tuyo.

Giré el rostro.

—No.

Como era de esperar, no me hizo caso. Bajó la cabeza despacio, con toda deliberación, dándome tiempo de sobra para impedírselo.

Y lo hice.

Interpuse la mano entre nosotros y apoyé la palma contra su pecho. Era firme, cálido, inamovible. Rowan no retrocedió. Apenas cambió de posición mientras una sonrisa maliciosa le curvaba los labios.

Su boca descendió, pero no hacia la mía.

Hacia mi clavícula.

El aire se me quedó atrapado en la garganta.

Besó largamente el punto exacto donde me había marcado aquella noche y luego pasó los dientes por el mismo lugar.

La sensación fue demasiado intensa para contenerla por completo. Antes de que pudiera evitarlo, un sonido débil y traicionero escapó de mis labios.

Rowan se apartó con satisfacción en los ojos y la boca húmeda y enrojecida.

Me costó tragar. Tuve que luchar contra el impulso temerario de aferrarme a él y besarlo de verdad. Bajo aquella luz tenue, sus ojos parecían brillar más que nunca.

—Te gusta —se burló.

Quería negarlo. De verdad que sí.

Sin embargo, las palabras que brotaron de mi boca no fueron las que había planeado.

—¿Por qué me marcaste?

Me arrepentí en cuanto hice la pregunta, pero ya era demasiado tarde.

—Fue un impulso —respondió con ligereza.

Un impulso.

Entreabrí los labios mientras un centenar de preguntas se agolpaban en mi garganta.

¿Qué significaba eso? ¿Actuaba por impulso con todas las mujeres? ¿Y ahora qué?

No pregunté nada.

Un vacío se abrió en mi pecho. Ni siquiera sabía cómo llamar a aquella sensación.

Antes de que pudiera recomponerme, volvió a inclinarse con la intención de besarme.

Aparté el rostro de golpe.

—Solo intentas provocar a Kade. Lo único que querías era arruinar sus planes. Para ti no soy más que una herramienta, ¿verdad?

Rowan se detuvo.

No discutió. No lo negó. Se limitó a encogerse de hombros, casi como si me diera la razón.

—¿Acaso importa? —replicó con indiferencia—. Me gustan tus besos y a ti te gustan los míos. ¿No es suficiente?

Me quedé mirándolo. Aquella expresión irritantemente despreocupada. Esos ojos imposibles de descifrar.

Maldito fuera.

Malditos fueran todos los hombres.

Quería abofetearlo. Borrarle esa expresión indiferente de la cara. Pero, más que nada, quería correr. Huir del calor que se enroscaba en mi estómago, del absurdo aleteo en el pecho, de aquel caos de emociones que era incapaz de ordenar.

—Vete —dije con frialdad.

Lo aparté de un empujón al pasar y me dirigí hacia la puerta.

Caminaba deprisa.

Demasiado deprisa.

Como si estuviera huyendo.

Rowan no me llamó.

El aire fresco del pasillo me golpeó al salir del baño. No volví la vista atrás.

El corredor que conducía a la sala privada se me hizo extrañamente corto.

Cuando entré, ya había conseguido dibujarme una sonrisa. Débil. Vacía.

Raya sostenía una copa de vino. Tenía los ojos brillantes y las palabras le salían atropelladamente.

—¡Ahí estás! —exclamó con alegría—. ¿Estabas retocándote el maquillaje o planeando un asesinato? Has tardado una eternidad.

—Había mucha fila —mentí, esforzándome por mantener firme la voz.

No me creyó. Su sonrisa adquirió un aire travieso.

—Te perdiste la mejor parte. Adivina qué hice.

Parpadeé, agradecida por el cambio de tema.

—Ni idea. ¿Pediste otras tres botellas? —Arqueé una ceja. Habría sido muy propio de ella.

—Por favor, no soy tan predecible. —Casi daba saltos en el asiento, con los rizos oscuros cayéndole sobre los hombros—. Envié una de tus piezas antiguas, el collar de granate y obsidiana. ¿Te acuerdas? Lo presenté a Exhibición Carla bajo tu seudónimo, "Nueve".

El estómago me dio un vuelco.

—Raya...

—Ganó, cariño. ¡El primer lugar! "Número nueve" acaba de saltar a la fama. —Soltó un chillido de emoción al ver mi expresión aturdida.

Me aferré al borde del mantel, clavando los dedos en la tela.

—Te entrometiste en mi trabajo sin preguntarme —dije en voz baja.

—Sí, porque habrías dicho que no. ¡Pero mira lo que pasó! —Deslizó el teléfono hacia mí.

En la pantalla aparecía un correo electrónico con un logotipo sencillo y una tipografía serif en negrita que anunciaba: Felicidades.

Me quedé contemplándolo.

—Grandes joyeros ya se están poniendo en contacto contigo —continuó, casi temblando de emoción—. Estás a punto de hacerte famosa.

—Es... increíble —conseguí decir—. De verdad.

Aun así, mi voz sonó lejana incluso para mí, como si una parte de mí continuara atrapada en aquel baño en penumbra, prisionera de las secuelas del roce de Rowan.

—No pareces muy emocionada —observó Raya con el ceño fruncido.

—Solo estoy... asimilándolo.

—Sé que puede ser abrumador. Ahora que tanta gente quiere trabajar contigo, tenemos que celebrarlo. —Esbozó una sonrisa radiante.

Asentí.

Era una noticia increíble. De verdad.

Si Kade no hubiera intentado agredirme... Si Rowan no hubiera despertado sentimientos que yo no quería afrontar...

Tal vez habría podido alegrarme más.

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