Capítulo 2 El demonio de la luz del día

POV JASMINE

La luz del amanecer se filtró sin piedad por las pesadas cortinas de seda, disipando las sombras de una noche que había parecido un sueño febril. Desperté con el cuerpo entumecido y el corazón latiendo a un ritmo errático. Al girarme en la inmensa cama de sábanas de satén negro, descubrí que el lado a mi derecha ya estaba frío. Dorian se había ido.

Si no fuera por el persistente dolor en mis músculos y las marcas invisibles pero ardientes que sus manos habían dejado en mi piel, habría creído que la pasión devoradora de la madrugada había sido una alucinación. El hombre que me había tomado con una posesividad casi desesperada, susurrando gruñidos incomprensibles contra mi cuello mientras me reclamaba una y otra vez, parecía haber desaparecido con la luna.

Me levanté arrastrando los pies y me vestí con ropa sencilla que el personal de la mansión había dejado en el enorme vestidor. Al mirarme al espejo, apenas me reconocí. Mis labios estaban ligeramente hinchados y en mi clavícula derecha florecía un pequeño hematoma violáceo. El sello de propiedad de Dorian Clark.

Decidida a no comportarme como una prisionera asustada, bajé las imponentes escaleras de mármol de la mansión. El silencio del lugar era sepulcral, interrumpido únicamente por el leve tintineo de los cubiertos en el gran comedor. Al asomarme, el aire se congeló en mis pulmones.

Dorian estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de roble, vistiendo un traje gris impecable, leyendo unos documentos mientras tomaba café. La luz del sol iluminaba la cicatriz de su rostro, haciéndolo lucir aún más implacable. El amante salvaje de la noche anterior había sido reemplazado, una vez más, por el despiadado capo de la mafia.

Al notar mi presencia, levantó la mirada. Sus ojos eran dos pozos de hielo gris que me recorrieron de arriba abajo sin un solo rastro de calidez, deteniéndose apenas un segundo en la marca de mi cuello antes de volver a sus papeles.

—Llegas tarde para el desayuno, Jasmine —dijo, con una voz tan gélida que me hizo dar un paso atrás—. En esta casa hay horarios que cumplir. No tolero la pereza.

El contraste de su actitud me golpeó como una bofetada. La humillación ardió en mis mejillas mientras me sentaba a unos metros de él, al otro extremo de la mesa. Un sirviente me sirvió comida en silencio, temblando levemente. Todos en esta casa le temían, y ahora entendía por qué.

—Lo siento, señor Clark —respondí, forzando una calma que no sentía—. No volverá a ocurrir.

Dorian dejó los documentos sobre la mesa con un golpe seco que me hizo sobresaltar. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos, fijando su atención desapasionada en mí.

—Anoche... —comenzó, y mi corazón dio un vuelco. Esperaba una explicación, quizás un destello de la humanidad que había mostrado en la oscuridad—. Anoche solo fue una necesidad biológica. No te confundas, Jasmine. Que comparta tu cama no significa que tengas el derecho de meterte en mi vida o de pasearte por mi casa como si fueras la dueña. Sigues siendo un contrato viviente. Una Torres. Una moneda de cambio para limpiar los errores de tu padre.

Cada palabra suya se clavaba como un puñal en mi pecho. Me mordí el labio interior con tanta fuerza que probé la sangre, negándome a darle el placer de ver mis lágrimas. Mi orgullo era lo único que me quedaba.

—Entiendo perfectamente mi posición, señor Clark —dije, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que pude reunir—. No mezclaré el día con la noche. No espere de mí nada más que el cumplimiento de nuestro trato.

Una chispa de algo indescifrable, tal vez sorpresa o fastidio, cruzó por sus ojos grises, pero desapareció tan rápido como llegó. Se levantó de la mesa, ajustándose el saco del traje con movimientos calculados.

—Perfecto. Tengo asuntos que atender en el club central. No me esperes para cenar.

Se dio la vuelta y salió del comedor con paso firme, seguido de cerca por dos guardias armados que aparecieron de la nada. Me quedé sola, mirando el plato intacto frente a mí, sintiendo que las paredes de esa mansión se cerraban a mi alrededor como una jaula de oro.

Pasé el resto del día vagando por las pocas áreas permitidas de la casa, intentando asimilar mi nueva realidad. No importaba cuánto intentara convencerme de que esto era solo un negocio; la forma en que Dorian me había tocado anoche me decía que había algo roto y profundamente complejo en él. ¿Cómo podía un hombre ser tan ardiente en la oscuridad y tan cruel bajo la luz del sol?

A media tarde, el sonido de unos tacones resonando con fuerza en el vestíbulo principal interrumpió mis pensamientos. Me acerqué a la estancia y me quedé helada al ver a la visitante.

Era Kathryn. Mi hermana mayor vestía un abrigo de piel costoso, una sonrisa de suficiencia pintada en sus labios perfectos y los ojos brillando con una malicia pura que conocía demasiado bien. Miró a su alrededor con desprecio antes de fijar sus ojos en mí.

—Vaya, vaya... la pequeña Jasmine sobreviviendo a su primera noche con el monstruo —dijo Kathryn, soltando una risita burlona mientras se acercaba a mí a pasos lentos—. Dime, hermanita, ¿cómo es ser la esposa de un hombre que está medio muerto por dentro? ¿Ya te diste cuenta de que nunca podrás darme un sobrino?

Di un paso al frente, cruzándome de brazos, intentando ocultar el temblor de mis manos. —¿Qué haces aquí, Kathryn? Este no es tu hogar.

Kathryn se detuvo a solo unos centímetros de mí. Su sonrisa se volvió maquiavélica mientras sacaba un pequeño sobre blanco de su costoso bolso de diseñador y lo golpeaba suavemente contra la palma de su mano.

—Vine a traerte un regalo de bodas de parte del médico de la familia Clark, Jasmine —susurró, inclinándose hacia mi oído con una voz cargada de veneno—. Algo que tu querido esposo olvidó mencionarte sobre su salud... y que cambiará tu vida para siempre si te atreves a desobedecerlo.

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