Capítulo 4 La mirada del verdugo
POV JASMINE
El aire en la habitación se volvió tan denso que mis pulmones se negaron a funcionar. Dorian permanecía estático, imponente, con la silueta recortada contra la pálida luz del amanecer. El sobre blanco que Kathryn me había entregado semanas atrás lucía arrugado bajo la presión de sus dedos enguantados. Sus ojos grises, fijos en mí, no reflejaban el deseo salvaje de la noche anterior; eran la viva imagen de una sentencia de muerte.
Di un paso tembloroso hacia atrás, apoyando la espalda contra el frío azulejo del marco del baño. Las náuseas continuaban revolviendo mi estómago, pero el terror puro que me inspiraba su presencia las aplacó de golpe.
—Dorian... te lo puedo explicar —alcancé a articular, con la voz apenas superior a un susurro.
—¡¿Explicar qué, Jasmine?! —su rugido hizo temblar las ventanas de la habitación. Dio un paso al frente, acortando la distancia entre los dos con la velocidad de un depredador—. ¿Vas a explicarme por qué tenías escondido en mi propia casa un informe confidencial sobre mis heridas? ¿O vas a explicarme por qué estabas vomitando hace un momento?
El pánico me paralizó. Él unió los puntos en su mente con la rapidez de un hombre acostumbrado a detectar traiciones antes de que sucedieran. Para Dorian, un hombre convencido de su esterilidad absoluta, mis síntomas matutinos y ese papel no eran una coincidencia: eran la prueba de un crimen.
—No es lo que piensas —dije, extendiendo las manos en un gesto desesperado de defensa—. Ese papel... me lo entregó Kathryn el día después de nuestra boda. Yo no lo busqué. Ella vino a la mansión y me lo dio para... para humillarme. Para decirme que nunca tendría una familia contigo.
Dorian soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de cualquier rastro de humanidad que me erizó los cabellos. Se acercó tanto que pude oler el aroma a tabaco y café de su traje, mezclado con la peligrosa fragancia de su piel. Con un movimiento brusco, arrojó las hojas impresas al suelo y me tomó de la barbilla con una fuerza que me obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Me crees estúpido, Jasmine? —su tono descendió a un susurro sibilante, más aterrador que su grito anterior—. Tu familia me vendió a su hija menor porque no tenían otra opción. Pero los Torres son ratas, y las ratas siempre buscan una salida. ¿Qué planeabas con tu hermanita? ¿Esperaban usar mi supuesta debilidad para meter a un bastardo en mi línea de sucesión y quedarse con el apellido Clark?
—¡No! ¡Te juro por mi vida que te he sido fiel! —las lágrimas que había contenido durante semanas finalmente resbalaron por mis mejillas, quemándome la piel—. No he estado con nadie más, Dorian. Desde la noche en que me entregaron a ti, solo he sido tuya. Nadie más me ha tocado.
Los dedos de Dorian se apretaron un poco más en mi mandíbula. Pude ver el conflicto interno en su mirada; una batalla brutal entre el hombre que me poseía con desesperación en la oscuridad y el líder mafioso que desconfiaba de su propia sombra. La deshonra y la traición eran las únicas faltas que el cartel Clark castigaba con la muerte inmediata.
—Mentira —sentenció él, su voz quebrándose sutilmente por una rabia profunda—. Yo estuve en esa mesa de operaciones, Jasmine. Vi los rostros de los médicos. Conozco el daño que las esquirlas hicieron en mi cuerpo. Es biológicamente imposible que tú lleves un hijo mío en el vientre. Así que dime... ¿quién fue? ¿Cuál de mis guardias entró a esta habitación cuando yo no estaba? ¿O acaso te veías con algún amante de tu pasado?
Cada acusación era un golpe directo a mi dignidad. El dolor de ver que el hombre al que le había entregado mi inocencia y mis noches me creía una mujer cualquiera, una traidora, me rompió el corazón en mil pedazos. La Jasmine sumisa que soportaba la frialdad diurna comenzó a desvanecerse, reemplazada por una chispa de rabia y orgullo maternal.
—¡Suéltame! —le grité, reuniendo fuerzas para apartar su mano de un tirón—. No te permito que me insultes de esa manera. Si no me crees, manda a llamar a tu médico. Hazme las pruebas que quieras. Pero no vuelvas a dudar de mi palabra. Lo que pasó en esta cama fue real, Dorian. Tú lo sabes mejor que nadie.
Dorian retrocedió un paso, mirándome como si fuera un enigma peligroso. Sus puños se apretaron a los costados de su cuerpo, y por un instante, el silencio volvió a reinar en la habitación, pesado y sepulcral. Se arregló el saco del traje de manera mecánica, recuperando la máscara de hielo que usaba frente al mundo.
—No habrá médicos, Jasmine. No permitiré que el rumor de mi supuesta deshonra salga de estas cuatro paredes —dijo, con una frialdad absoluta que me heló la sangre—. A partir de hoy, estás confinada a esta habitación. No tienes permitido salir, ni recibir visitas, ni hablar con el personal.
Me quedé sin aliento.—¿Me vas a encerrar?
—Considera esto una clemencia —respondió, dándose la vuelta hacia la salida sin mirarme—. Cualquiera de mis hombres ya te habría pegado un tiro en la frente. Me tomaré unos días para decidir qué hacer contigo... y con esa criatura que llevas dentro.
Dorian caminó firmemente hacia la puerta y la abrió. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y llamó a dos de sus guardias más corpulentos, quienes se apostaron de inmediato en el pasillo.
—Si la señora Clark intenta cruzar esta puerta, disparen a matar —ordenó Dorian en voz alta, asegurándose de que yo escuchara cada palabra.
La puerta se cerró de golpe, y el sonido del cerrojo digital al activarse resonó en la habitación como el veredicto final de una prisión. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra, abrazando mi vientre aún plano con ambas manos, mientras un frío estremecedor me recorría el cuerpo. Dorian estaba cegado por los celos y la mentira de Kathryn, y si me quedaba atrapada en esa mansión, sabía que mi bebé no sobreviviría a su furia. Tenía que escapar, esa misma noche, sin importar el precio.
