Capítulo 5 Fuga bajo la tormenta
POV JASMINE
El segundero del reloj de pared parecía una bomba de tiempo marcando el final de mi vida. Las horas habían pasado con una lentitud tortuosa, transformando la opulenta habitación principal en una celda de aislamiento. Afuera, la noche había caído acompañada de una tormenta feroz; los relámpagos iluminaban el cielo de un tono violáceo y los truenos hacían vibrar los cristales del gran ventanal. Para mí, el rugido del cielo no era una amenaza, sino la única oportunidad de salvación.
Me arrastré hacia el clóset con movimientos sigilosos, cuidando de no hacer el menor ruido. Mis manos, aún temblorosas por el miedo, buscaron en el fondo del armario hasta encontrar una mochila de lona vieja que había traído de la casa de mis padres. No empaqué joyas, ni vestidos caros, ni nada que pudiera vincularme a la fortuna de los Clark. Solo tomé un par de mudas de ropa oscura, mis documentos de identidad básicos y unos cuantos billetes que había logrado ahorrar limpiando las cuentas del hogar.
Al final, miré el anillo de bodas en mi dedo anular. El diamante brillaba con una belleza fría, un recordatorio del pacto de sangre y mentiras que me había unido a Dorian. Con un nudo de dolor en la garganta, me lo arranqué y lo dejé sobre la mesa de noche, justo encima del maldito informe médico falso que Kathryn había plantado.
—No voy a dejar que nos destruyas, Dorian —susurré en la penumbra, acariciando suavemente mi vientre con la otra mano. El instinto maternal, esa fuerza inquebrantable que acababa de nacer en mí, me otorgó la frialdad que necesitaba. Ya no era la sumisa Jasmine Torres; ahora era una madre protegiendo a su cachorro del monstruo que alguna vez amó.
Me acerqué al gran ventanal de la habitación. Sabía que la puerta principal estaba custodiada por los hombres de Dorian con órdenes estrictas de disparar a matar, por lo que mi única salida era el balcón exterior. La repisa de piedra conectaba de forma peligrosa con la cornisa del ala este de la mansión, justo donde la hiedra trepadora cubría los muros de ladrillo hasta el jardín trasero. En una noche normal, saltar por ahí habría sido un suicidio. Hoy, bajo la cortina de lluvia torrencial y la falta de visibilidad, era mi única vía de escape.
Abrí el ventanal con cuidado. El viento helado y las gotas de lluvia me golpearon el rostro con violencia, empapando de inmediato mi suéter oscuro. Salí al balcón, sintiendo el suelo resbaladizo bajo mis botas. El pánico intentó paralizarme cuando miré hacia el vacío del jardín, sumido en la oscuridad, pero el recuerdo de la mirada asesina de Dorian me empujó a moverme.
Aferrándome a la barandilla de hierro, estiré la pierna hasta alcanzar la cornisa de piedra. El agua corría como un río minúsculo por la estructura, haciendo que cada paso fuera una ruleta rusa. Apoyé la espalda contra la pared de la mansión, respirando de manera entrecortada, mientras avanzaba palmo a palmo hacia la gruesa enredadera de hiedra. Mis manos se cortaron con las ramas espinosas, pero el dolor físico era nada comparado con la adrenalina que quemaba mis venas.
Con el corazón en la garganta, comencé el descenso por la estructura vegetal. Mis pies resbalaban constantemente, y en más de una ocasión estuve a punto de caer al vacío, pero logré llegar al suelo del jardín trasero, jadeando y empapada de pies a cabeza.
Me mantuve agachada detrás de los densos arbustos de rosas. Sabía que el perímetro de la mansión estaba rodeado por muros de alta seguridad y cámaras de vigilancia, pero también recordaba, por las conversaciones que le escuchaba a los guardias durante el día, que el sector cercano a los viejos invernaderos tenía un punto ciego debido a una falla en el tendido eléctrico ocasionada por la tormenta.
Corrí a través del césped inundado, esquivando las luces de los reflectores que barrían los caminos principales. Al llegar al muro de los invernaderos, encontré la vieja puerta de servicio de madera, encadenada pero desgastada por los años. Usando una barra de hierro que encontré en el suelo, apalanqué el candado oxidado con todas mis fuerzas, ignorando el dolor en mis brazos, hasta que el metal cedió con un crujido seco que afortunadamente fue ahogado por el estallido de un trueno.
Empujé la puerta y salí a la calle lateral, una vía oscura y desierta que colindaba con el bosque protector de la ciudad. Estaba libre. Lejos de la jaula de oro y del hombre que me había condenado sin piedad. No miré atrás; comencé a correr hacia la carretera principal con la firme promesa de desaparecer del mapa, de borrar mi nombre y construir un futuro donde Dorian Clark nunca pudiera alcanzarnos.
Mientras tanto, en el despacho de la mansión, Dorian miraba las pantallas de seguridad con el rostro ensombrecido. Su mente era un caos de rabia y un vacío insoportable que se negaba a admitir. El brillo del anillo de bodas abandonado en la mesa de noche, detectado minutos después por el sistema de sensores de la habitación, desató las alarmas.
La puerta de la habitación principal fue derribada. Los guardias entraron con las armas en alto, solo para encontrar el ventanal abierto de par en par, permitiendo que la lluvia inundara las sábanas de satén negro.
Dorian entró al cuarto a pasos agigantados. Su mirada se fijó en el anillo y luego en el vacío del balcón. El aire abandonó sus pulmones y una furia ciega, mezclada con un terror desconocido, se apoderó de su cuerpo.
—Desplieguen a todos los hombres —rugió Dorian por el comunicador, su voz vibrando con una peligrosidad que hizo temblar a sus subalternos—. Cierren las salidas de la ciudad, los aeropuertos y las estaciones. Encuentren a mi esposa. Si se resiste, traigan a quien sea que la ayudó... pero a ella la quiero viva. Nadie escapa de mí.
Dorian se acercó al ventanal, mirando la tormenta con los puños apretados. Su obsesión acababa de comenzar. Lo que el temido capo no sospechaba era que, en ese mismo instante, un camión de carga pesada avanzaba por la carretera interestatal, llevando en su interior a una Jasmine oculta entre las cajas, alejándose hacia una nueva vida en el anonimato. Una vida donde, cuatro años más tarde, un pequeño niño de ojos grises idénticos a los suyos cambiaría el destino de su imperio para siempre.
