Capítulo 6 Cuatro años en la sombra

POV JASMINE

El sonido ensordecedor de la lluvia golpeando el techo de lámina me despertó de golpe, trayendo consigo el eco de una pesadilla que se negaba a morir. Me incorporé en la modesta cama de madera, con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de un sudor frío. Instintivamente, miré hacia la esquina de la pequeña habitación.

Allí, durmiendo plácidamente con el pulgar en la boca y abrazado a un gastado oso de felpa, estaba Haru.

Al verlo, el dolor en mi pecho se disipó, reemplazado por una calidez inmensa. Cuatro años habían pasado desde aquella noche lluviosa en la que me convertí en una embarazada fugitiva, saltando al vacío desde el balcón de la mansión Clark. Cuatro años desde que enterré el nombre de Jasmine Torres para convertirme simplemente en "Jas", una madre soltera que trabajaba turnos dobles en una pequeña cafetería portuaria, a cientos de kilómetros del imperio de Dorian.

Me levanté sin hacer ruido y me acerqué a la cama de mi hijo. Le aparté un mechón de cabello oscuro de la frente y contuve el aliento. Cada día que pasaba, el parecido de Haru con su padre se volvía más evidente y aterrador. No solo compartía su cabello azabache; Haru poseía esos mismos ojos grises, profundos e increíblemente inteligentes, capaces de desarmar a cualquiera con una sola mirada. Era un niño genio, sumamente perceptivo para sus cortos cuatro años, y el vivo retrato del hombre que me había desterrado bajo una falsa acusación de infidelidad.

A veces, cuando Haru me miraba con fijeza mientras dibujaba en la mesa de la cocina, sentía un escalofrío. Era como tener un pequeño fantasma de Dorian Clark vigilando mis pasos, recordándome que el pasado seguía vivo en la sangre de mi hijo.

—Mami... —susurró Haru, abriendo lentamente sus grandes ojos grises mientras se restregaba la cara con su manita—. ¿Otra vez tuviste el sueño del monstruo de hielo?

Sonreí con ternura, sentándome en el borde de su colchón para acariciarle la mejilla. Me asombraba lo mucho que este pequeño ser lograba entender sin que yo le dijera nada.

—Solo fue un trueno, mi amor —mentí con suavidad, besando su frente—. Vuelve a dormir. Todavía es muy temprano y mañana tienes que ir al jardín de niños.

—No tengo miedo del monstruo, mami —aseguró Haru, con una seriedad impropia de su edad que me encogió el corazón—. Si ese hombre malo viene, yo te voy a defender con mis juguetes de madera. Soy muy fuerte, como los superhéroes que me muestras en los libros.

—Lo sé, mi campeón. Eres el niño más fuerte del mundo —respondí, tragándome el nudo de emoción que amenazaba con hacerme llorar.

Esperé a que Haru se quedara profundamente dormido antes de levantarme para preparar el desayuno. La vida en esta pequeña ciudad costera era dura, pero tranquila. Nadie me conocía, nadie hacía preguntas sobre mi pasado, y el cartel de la mafia Clark parecía una leyenda urbana de una realidad muy lejana. Había logrado borrar mi rastro por completo, ayudada por la inmensidad de un país que devoraba a los fugitivos que realmente deseaban perderse.

Sin embargo, esa tranquilidad estaba a punto de hacerse pedazos.

A las siete de la mañana, dejé a Haru en la estancia infantil y me dirigí a la cafetería "El Faro", ubicada en el muelle principal de la ciudad. El día transcurrió como cualquier otro, entre el aroma a café recién molido, el bullicio de los pescadores y el tintineo constante de las monedas en la caja registradora. Pero a media tarde, la atmósfera del lugar cambió de forma drástica.

La puerta de la cafetería se abrió, haciendo sonar la pequeña campana de bronce. Al mirar hacia la entrada para dar la bienvenida, el aire se congeló en mi garganta.

Tres hombres vestidos con trajes negros impecables, de hombros anchos y miradas asesinas que reconocí de inmediato, entraron al establecimiento. No eran clientes comunes; la forma en que se paraban, la rigidez de sus posturas y el bulto inocultable debajo de sus sacos delataban que portaban armas de fuego de grueso calibre. Eran soldados de la mafia. Guardias de élite del cartel.

El pánico se apoderó de mi cuerpo, haciendo que la bandeja de plástico que sostenía temblara violentamente. Me agaché detrás de la barra de la cocina, pretendiendo buscar unos suministros, mientras mi corazón golpeaba mis costillas con la fuerza de un mazo. ¿Cómo me encontraron? ¿Después de cuatro años, Dorian finalmente había dado con mi paradero?

—Buscamos al dueño del local —dijo uno de los hombres con voz ronca y demandante, dirigiéndose a mi jefa en la caja—. Nuestra organización está expandiendo sus operaciones comerciales en esta zona del puerto. Necesitamos que desaloje este perímetro antes del viernes.

Mi jefa, una mujer mayor y de carácter fuerte, palideció de golpe al ver la placa dorada con el emblema de un lobo que el hombre deslizó sutilmente sobre el mostrador. El emblema del cartel Clark.

—No... no entiendo. Mis papeles están en regla —tartamudeó ella, aterrorizada.

—A nuestro jefe no le interesan sus papeles, señora. Cuando el señor Clark dice que quiere un terreno, lo toma —sentenció el subordinado con frialdad absoluta—. Él mismo llegará mañana por la tarde a supervisar la compra de los muelles. Asegúrese de no estar aquí si aprecia su vida.

Escuchar su nombre después de tanto tiempo fue como recibir un balazo directo al pecho. Dorian venía hacia aquí. No me estaba buscando a mí; se trataba de una maldita expansión de sus negocios criminales. El destino, en su forma más retorcida y cruel, lo estaba trayendo directamente a la pequeña porción de tierra donde yo me escondía con su hijo.

Los hombres salieron de la cafetería, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Salí de mi escondite con las piernas flaqueando, sabiendo que no me quedaba tiempo. Tenía que recoger a Haru de inmediato, empacar nuestras pocas pertenencias en una maleta y huir de esta ciudad antes de que cayera la noche. No podía arriesgarme a que Dorian se cruzara con nosotros en la calle.

Corrí desesperadamente hacia la estancia infantil de Haru, ignorando las miradas extrañadas de la gente en el muelle. Cuando entré al salón de juegos jadeando, me detuve en seco, y el mundo entero pareció desmoronarse a mi alrededor.

El salón estaba completamente vacío, a excepción de la maestra, que lloraba desconsolada mientras hablaba por teléfono. En el suelo, justo al lado de la puerta trasera que daba a la calle lateral, estaba el oso de felpa de mi hijo, tirado sobre un charco de agua.

—¡¿Dónde está mi hijo?! ¡¿Dónde está Haru?! —le grité, tomándola por los hombros mientras un terror ciego me consumía el alma.

La maestra me miró con ojos desencajados, temblando de pies a cabeza mientras señalaba la salida.

—Lo siento mucho, Jas... unos hombres armados entraron por la parte de atrás hace cinco minutos. Se llevaron a Haru en una camioneta negra blindada. Dijeron que se trataba de una orden directa de su verdadero dueño.

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