Capítulo 7 El rastro del lobo

POV JASMINE

La taza de cerámica que sostenía se resbaló de mis dedos, estrellándose contra el suelo de madera y esparciendo fragmentos de porcelana y café por todas partes. No sentí las salpicaduras calientes en mis piernas. El sonido del llanto de la maestra y la visión de aquel oso de felpa marrón, empapado y abandonado en el suelo, me vaciaron el pecho de un solo golpe.

—¡¿Qué dices?! ¡¿Quién se lo llevó?! —mi voz se quebró en un grito desgarrador mientras tomaba a la mujer por los hombros, sacudiéndola con la fuerza que solo el pánico puro puede otorgar—. ¡Háblame! ¡¿Hacia dónde se llevaron a mi hijo?!

—Entraron... entraron por la fuerza —sollozó la maestra, ocultando el rostro entre las manos, temblando de forma incontenible—. Eran tres hombres altos, vestidos con trajes oscuros. No les importó que los niños estuvieran presentes. Uno de ellos levantó a Haru y, cuando intenté interponerme, me mostró un arma de fuego debajo de su saco. Me dijo que si gritaba, todos en este lugar pagarían el precio. Dijo... dijo que el verdadero dueño de la sangre del niño venía a reclamar lo que era suyo.

El mundo entero pareció detenerse, sumergiéndose en un silencio blanco y ensordecedor. Las piezas del tablero de ajedrez que había intentado evadir durante cuatro largos años se acomodaron con una crueldad milimétrica en mi mente. Dorian. No había sido una coincidencia que sus soldados estuvieran en el puerto. No era una simple expansión comercial. Él sabía que yo estaba aquí. Sabía de la existencia de Haru. De alguna manera, el monstruo del que había huido bajo la tormenta me había rastreado hasta este rincón olvidado del mundo, y su primera acción no había sido confrontarme, sino arrebatarme lo único que me mantenía con vida.

Me agaché de golpe, ignorando las lágrimas que nublaban mi vista, y recogí el oso de felpa del suelo húmedo. Lo apreté contra mi pecho, sintiendo el agua fría filtrarse en mi ropa. El olor de Haru, una mezcla de talco y tiza de colores, seguía impregnado en la tela. Una furia ardiente, ciega y peligrosa comenzó a reemplazar el terror en mis venas. La Jasmine sumisa y asustada que se escondía en la cocina de una cafetería murió en ese instante. Si Dorian Clark pensaba que podía quitarme a mi hijo sin luchar, estaba a punto de descubrir lo que una madre era capaz de hacer.

Salí de la estancia infantil corriendo bajo la lluvia que comenzaba a arreciar sobre el muelle. El viento helado me azotaba el rostro, pero no me detuve. Corrí con el corazón en la garganta hacia la avenida principal del puerto, donde los hombres del cartel habían mencionado que se hospedarían. Sabía que los Clark siempre tomaban los hoteles más lujosos o las propiedades más aisladas cuando viajaban por negocios. En este pequeño pueblo costero, solo había un lugar con el nivel de seguridad y opulencia que un capo de la mafia exigiría: la antigua mansión de la colina, un complejo amurallado que pertenecía a los antiguos gobernadores y que ahora funcionaba como un club privado de alta exclusividad.

Mis botas chapoteaban en los charcos de agua mientras subía la empinada cuesta de asfalto que conducía a la colina. Al llegar a las monumentales puertas de hierro forjado, mis sospechas se confirmaron. Tres camionetas negras blindadas, idénticas a las que solía ver en la mansión de Dorian, estaban estacionadas en el patio delantero. Dos guardias fuertemente armados custodiaban la entrada principal, vistiendo gabardinas oscuras que apenas ocultaban sus armas largas.

Me acerqué a paso firme, sin dudar, con la cabeza en alto y el oso de felpa aún sujeto con fuerza en mi mano izquierda. Al verme aparecer de entre las sombras de la tormenta, empapada y con la mirada encendida en rabia, los guardias se tensaron, llevando las manos a sus fundas de inmediato.

—Zona privada, señora. Lárguese de aquí si no quiere problemas —dijo uno de ellos, dando un paso al frente para bloquearme el paso con su imponente cuerpo.

Lo miré fijamente a los ojos, reconociendo las facciones frías y calculadoras de los hombres que Dorian entrenaba personalmente.

—Dile a tu jefe que Jasmine Torres está aquí —sentencié, mi voz sonando tan cortante y firme que el guardia parpadeó, desconcertado por la mención de ese nombre—. Dile que si no me devuelve a mi hijo en este mismo segundo, voy a teñir este patio con la sangre de cualquiera que intente detenerme.

Los dos hombres se miraron entre sí, visiblemente sorprendidos. El que me había hablado llevó una mano a su auricular, murmurando unas palabras en voz baja. Pasaron unos segundos eternos antes de que las pesadas puertas de hierro comenzaran a abrirse de manera automática, emitiendo un zumbido mecánico.

—Pasa. El señor Clark te está esperando en el salón principal —dijo el guardia, apartándose con una reverencia tensa.

Crucé el patio con la espalda recta, sintiendo cómo la adrenalina amortiguaba el temblor de mis piernas. Al empujar las enormes puertas de madera de la mansión, el aroma a tabaco caro, cuero y madera de roble me golpeó con una familiaridad dolorosa. El diseño interior era lujoso, lleno de sombras y luces cálidas que evocaban de inmediato la prisión de oro de la que había escapado.

En el centro del salón, de pie junto a un gran ventanal que mostraba la tormenta sobre el mar, se encontraba él.

Dorian Clark vestía un traje negro impecable hecho a la medida. Su silueta seguía siendo igual de imponente, sus hombros anchos y su postura irradiando un poder absoluto que obligaba a los demás a encogerse. Al escuchar mis pasos, giró lentamente. La cicatriz de su mejilla izquierda lucía un poco más pálida, y sus ojos grises, antes dos pozos de hielo indiferente, se clavaron en mí con una intensidad salvaje que me cortó el aliento. Estaba más maduro, más peligroso, pero su mirada reflejaba una tormenta interna que rivalizaba con la del exterior.

Sin embargo, lo que me hizo congelar en el sitio no fue su presencia. Sentado en un enorme sillón de cuero a su lado, sosteniendo un vaso de leche con sus dos manitas y mirando fijamente a Dorian con una seriedad pasmosa, estaba Haru. El niño no lloraba; observaba al temido capo con una curiosidad analítica, como si estuviera descifrando un rompecabezas.

—¡Haru! —grité, dando un paso al frente con los brazos abiertos.

El niño levantó la vista y sus ojos se iluminaron al verme. —¡Mami! El señor de negro dice que me conoce desde antes de que yo naciera.

Dorian dio un paso al frente, interponiéndose lentamente entre mi hijo y yo. Su mandíbula se tensó y una sonrisa amarga y peligrosa se dibujó en sus labios mientras sacaba una pistola plateada de su saco, colocándola sobre la mesa de centro con un golpe seco.

—Llegas tarde para recuperar tu mentira, Jasmine —su voz, profunda y letal como un trueno, resonó en las paredes del salón—. Cuatro años haciéndome creer que eras una traidora... Ahora mírame a la cara y dime quién es el verdadero padre de este niño antes de que pierda los estribos.

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