Capítulo 8 Veredicto de la sangre

POV JASMINE

La pregunta de Dorian quedó flotando en el aire del salón como una granada a punto de estallar. Mis ojos viajaron de la pistola plateada que descansaba sobre la mesa a esos ojos grises que tantas noches me habían mirado con una mezcla de adoración y violencia oculta. El dolor del pasado, la humillación de sus viejas acusaciones y el miedo de perder a mi hijo se fusionaron, transformándose en una coraza de pura indignación.

—No tengo que demostrarte nada, Dorian —respondí, dando un paso firme hacia adelante, negándome a bajar la mirada—. Hace cuatro años me echaste de tu vida llamándome traidora y ramera. Me encerraste como a un animal porque tu orgullo y tus estúpidos papeles médicos valían más que mi palabra. ¿Y ahora vienes a secuestrar a mi hijo en un muelle para hacerme las mismas preguntas?

Dorian tensó los hombros, y por un microsegundo, una sombra de duda cruzó sus facciones, pero la máscara de hierro del capo de la mafia regresó de inmediato. Se acercó un paso más, lo suficiente para que su imponente altura me obligara a reclinar la cabeza, intentando asfixiarme con su mera presencia.

—No juegues conmigo, Jasmine —su voz bajó a un susurro sibilante, cargado de una furia contenida que hacía vibrar el aire—. Sabes perfectamente por qué estoy aquí. No soy un hombre que crea en las casualidades. Mis hombres vinieron por un negocio portuario y regresaron con el reporte de un niño que es mi vivo reflejo. Míralo. Tiene mi cabello, mis ojos, mi estructura... Tiene la maldita mirada de los Clark.

—¡Es mi hijo! —le grité en la cara, sintiendo las lágrimas de rabia acumularse en mis párpados—. ¡Solo mío! Tú renunciaste a cualquier derecho sobre él la noche en que me dijiste que preferías verme muerta antes que aceptar que este milagro era tuyo. ¡Tú lo mataste en tu mente hace cuatro años!

Al escuchar mis gritos, el pequeño Haru dejó el vaso de leche sobre la mesa con cuidado. Se bajó del enorme sillón de cuero con movimientos pausados y, con esa valentía innata que tanto miedo me daba, caminó en línea recta hasta interponerse entre Dorian y yo. Su pequeña cabeza apenas llegaba a la cintura del capo, pero estiró sus bracitos hacia los lados, intentando protegerme.

—No le grites a mi mami, señor malo —dijo Haru, mirándolo fijamente con esos ojos grises idénticos a los de él—. Si la haces llorar, te voy a romper tus trajes negros. Ella es buena. Tú eres el monstruo de hielo que la hace tener pesadillas.

Dorian se quedó petrificado. Sus ojos bajaron lentamente hacia el niño, y por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, vi al temido líder de la mafia Clark completamente desarmado. Sus puños se abrieron y cerraron de forma espasmódica. La lógica de sus negocios criminales y su paranoia no servían de nada contra la pureza de un niño de cuatro años que lo desafiaba sin una pizca de temor. Dorian se acuclilló con lentitud, quedando a la altura de Haru. Intentó estirar una mano enguantada para tocar el rostro del niño, pero Haru dio un paso atrás, pegándose a mis piernas.

—Se parece a ti en el carácter, Jasmine. Es igual de terco —murmuró Dorian, con una voz extrañamente rota, antes de ponerse de pie nuevamente y recuperar su postura rígida—. Pero el temperamento no es una prueba legal. El doctor Vance me juró que mi cuerpo estaba destruido. Me mostró los análisis de laboratorio de la clínica del cartel. ¿Cómo pretendes que crea en un milagro cuando toda la ciencia que me rodea dice que soy un hombre estéril?

—Porque la ciencia puede comprarse, Dorian, pero la envidia de mi hermana y la corrupción de tus propios médicos es algo que nunca quisiste ver —escupí con desprecio, dando un paso al costado para abrazar a Haru contra mi cuerpo—. Kathryn te quería para ella, y cuando me entregaron en su lugar, prefirió envenenar tu mente antes que vernos felices. Pero ya es tarde para tus dudas. No me importa lo que creas. No somos tus prisioneros. Vámonos, Haru.

Tomé la mano de mi hijo y me di la vuelta dispuesta a caminar hacia la salida de la mansión, pero el sonido metálico de un cerrojo al activarse me detuvo en seco. Dos guardias armados bloquearon las puertas principales desde el interior, cruzando sus armas largas.

—Nadie sale de esta propiedad hasta que yo lo ordene, Jasmine —la voz de Dorian volvió a adquirir ese tono letal y absoluto del verdugo—. Ya no estamos en la mansión de la ciudad; aquí yo soy la única ley. Y no voy a cometer el mismo error dos veces. No voy a dejar que te lleves a ese niño a esconderse en los suburbios de un puerto de mala muerte mientras mi cabeza da vueltas.

Me giré, con el corazón latiendo desbocado, apretando la mano de Haru con fuerza. —¿Nos vas a encerrar otra vez? ¿Esa es tu gran solución? ¡Eres un cobarde!

Dorian caminó con pasos lentos hacia un escritorio de roble en la esquina del salón. Abrió el cajón principal y sacó un sobre de plástico sellado al vacío, dentro del cual se encontraban dos hisopos médicos de laboratorio y un documento con el membrete de una clínica internacional de alta seguridad.

—Esto es una prueba de paternidad exprés con tecnología forense de la mafia —dijo Dorian, sosteniendo el sobre frente a mí mientras sus ojos brillaban con una fijeza peligrosa—. Los resultados tardan exactamente cuarenta y ocho horas. Si el examen sale negativo, te daré un millón de dólares y podrás largarte con tu bastardo a donde te dé la gana y no volveré a molestarte.

Dorian guardó el sobre en su saco, avanzó hacia mí con paso felino, se inclinó hasta que su aliento rozó mi oído y pronunció las palabras que me hicieron perder el control:

—Pero si el resultado es positivo y ese niño lleva mi sangre... Jasmine, te juro por la tumba de mi madre que te quitaré la patria potestad, te desterraré del país y nunca más en tu miserable vida volverás a ver la luz del sol ni a tocar a mi heredero.

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